“Prefiero equivocarme creyendo en un Dios que no existe, que equivocarme no creyendo en un Dios que existe. Porque si después no hay nada, evidentemente nunca lo sabré, cuando me hunda en la nada eterna; pero si hay algo, si hay Alguien, tendré que dar cuenta de mi actitud de rechazo”Blas Pascal

martes, 27 de septiembre de 2011


LA EDUCACION DE LOS HIJOS



                La doctrina tradicional nos enseña que la procreación y la educación de la prole es el fin primario del matrimonio, mientras que la ayuda mutua y el remedio de la concupiscencia constituyen su fin secundario.

                Bien sabemos que la tendencia moderna es la de insistir en el fin secundario a costa del primario; pero quiero llamar vuestra atención sobre ese segundo aspecto que forma parte del fin primario y que muchas veces es descuidado o mal interpretado: la educación de los hijos.

                Santo Tomás, en diversas obras y ocasiones, reitera esta noción, por ejemplo:

"Al referirse a la prole, no sólo ha de tomarse en cuenta su procreación, sino también su educación"

"El matrimonio tiene como fin principal el engendrar y educar a la prole"

"El fin al que la naturaleza tiende por la unión carnal es engendrar y educar a la prole"

"La razón natural exige que el hombre use del acto generativo según lo que conviene a la generación y educación de los hijos".

                La prole constituye, pues, el objeto de una doble actividad: la procreadora y la educativa.

                El hijo es algo a lo que se engendra y a lo que se educa; no basta con traerlo a la existencia; es preciso, además, hacer con él eso que se denomina educación y que, tomado como distinto y complementario de la procreación, no se reduce únicamente a la nutrición, ni se puede entender tan sólo como instrucción, puesto que no sería suficiente para perfeccionar la obra procreadora.

                En efecto, Santo Tomás dice que "la naturaleza no tiende solamente a la generación de la prole, sino también a su conducción y promoción al estado perfecto del hombre en cuanto hombre, que es el estado de virtud".

                ¡Qué importante es que los padres comprendan que, como enseña también el santo doctor, "el matrimonio está principalmente establecido para el bien de la prole, que consiste no sólo en engendrarla, para lo cual no es necesario el matrimonio, sino además en promoverla al estado perfecto, porque todas las cosas tienden naturalmente a llevar sus efectos a la perfección"!

                La realidad de todos los días nos muestra, clara y lamentablemente, que para traer “críos” al mundo no hace falta la institución matrimonial.

                Otra realidad, no tan clara pero sí más lamentable, es que la obra de la naturaleza no es realizada: "la naturaleza no tiende solamente al ser de la prole, sino a su ser perfecto, para lo cual se requiere el matrimonio", insiste Santo Tomás.

                ¡Cuántos matrimonios, aparentemente buenos, no cumplen con su misión!
                ¡Cuántos niños, adolescentes y jóvenes quedaron truncados, sin llegar a la perfección de hombres por falta de una verdadera educación!
                ¡Cuánta instrucción abunda hoy y cómo escasea la educación!
               
                Las ideas de conducción y de promoción, que aparecen en el texto citado más arriba, constituyen como una cierta prolongación del engendrar, a la manera de un complemento.

                No por engendrada tiene ya la prole cuanto debe tener. En tal sentido, le educación es como una segunda generación. De ahí que Santo Tomás considere a la prole, en tanto que objeto de la solicitud educativa de los padres, como algo que se halla "sub quodam spirituali utero", es decir, como en cierto útero espiritual.

                De todo lo dicho se siguen, entre otras, dos conclusiones importantes:

1ª) La conducción y la promoción educativas no son un mero proceso de madurez o desarrollo biológico, espontáneamente realizado.

2ª) Si bien los abortos físicos son numerosísimos, no son menos los abortos espirituales.



¿Cuándo comienza la educación de los hijos?


                En una oportunidad, una madre que llevaba a su hijito de la mano preguntó a San Pío X: "¿Cuándo comienza la educación de los hijos?". El santo pontífice preguntó a su vez: "¿Cuántos años tiene su hijo?". "Cuatro", respondió la madre... y escuchó como respuesta: "Usted ha perdido ya cuatro años".

                Si bien la especial solicitud del ser humano por sus hijos en la primera etapa de su existencia radica en el entendimiento y en la voluntad de los padres y no afecta directamente las facultades del niño, sin embargo, debemos afirmar que la actividad educativa comienza antes del nacimiento, desde el momento mismo en que la madre percibe la presencia de una nueva vida en su seno.

                Es cierto que en esa primera etapa de la vida debe atenderse especialmente a las necesidades propias de la subsistencia y del desarrollo del cuerpo del niño; es verdad que sólo más tarde llega el momento de ocuparse de las necesidades educativas propiamente dichas: la formación del entendimiento y de la voluntad.

                Pero, ocuparse de las exigencias físicas de la prole es asentar las condiciones que hacen posible el desarrollo del espíritu.

                La educación, en el sentido de instrucción, comienza cuando el niño llega a los años de la discreción, es decir, aquella edad en que puede distinguir, por medio del raciocinio, entre lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo.

                Santo Tomás nos habla de un desarrollo gradual de la razón a lo largo de los tres primeros septenios: "el primero es el que existe cuando el hombre ni entiende por sí mismo ni puede comprender por medio de otro. El segundo es el estado en el que puede comprender por medio de otro, pero en el que no se basta a sí mismo para entender y comprender. El tercero es el que se da cuando el hombre no sólo puede comprender por medio de otro, sino también por sí mismo. Y como quiera que la razón se desarrolla en el hombre de un modo gradual, conforme se halla el dinamismo y la flexibilidad de los humores, el hombre se halla en el primer estado de la razón antes de cumplir los siete primeros años. Comienza, en cambio, a llegar al segundo estado al final del primer septenio, y de ahí que sea entonces cuando se mandan los niños a las escuelas. Y al tercer estado llega el hombre hacia el final del segundo septenio, en lo que atañe a su propia persona; pero en lo referente a lo que le es externo, al final del septenio tercero".

                Para Santo Tomás, el uso de la razón está impedido, durante más o menos tiempo, por factores fisiológicos. Por esta razón, el cuidado físico del niño en los primeros años no es simplemente previo, sino también preparatorio de la formación intelectual y moral.



                                     Etapas de la educación

                Cabe ahora preguntarse cuáles son las etapas de la educación. En vuestro caso, queridos padres católicos, el niño que debe ser educado es un bautizado en el cual permanecen las heridas del pecado original: un hombre elevado al orden sobrenatural, que por la gracia bautismal se transformó en hijo de Dios; pero en el cual subsiste el desorden, las malas inclinaciones en sus facultades.

                Vuestro hijito ha sido rescatado, lleva en su alma los gérmenes de vida; pero debe ser educado para que las heridas del pecado original en sus potencias (ignorancia en la inteligencia, malicia en la voluntad, concupiscencia en el apetito concupiscible, debilidad en el apetito irascible) no lo conduzcan a la muerte del pecado.
                Conforme a lo dicho anteriormente, podemos dividir la actividad educativa en tres etapas:

* Hasta el despertar de la razón: debe educarse toda la parte sensitiva.
* A partir del uso de razón hasta la pubertad: hay que educar principalmente la voluntad.
* Desde la pubertad en adelante: es necesario formar la inteligencia.



    
                             Educación de la sensibilidad                

              
  Comencemos por la primera etapa. El bebé está dotado de una sensibilidad exquisita: es muy sensible al placer y al dolor, y sus primeras reacciones tienden a rechazar las sensaciones desagradables y a buscar lo que le proporciona placer sin distinguir entre lo útil y lo nocivo, lo normal y el exceso.

                No debemos abandonar al bebé a su instinto, porque está sometido a desviaciones, consecuencias del pecado original. Los padres deben controlar, dirigir y reprender los instintos egoístas y caprichosos del bebé: regular su alimento y su descanso, sin dejarse dominar por sus llantos y gritos.

                A medida que el niño va creciendo, hay que educar sus sentidos y su cuerpo. El dominio y la disciplina de la sensualidad son indispensables para desarrollar bien más tarde las facultades superiores.

                El juego es muy importante en esta edad para adquirir agilidad, habilidad, destreza, poder de observación, inventiva. El valor físico servirá un día de fundamento para el valor moral y espiritual.
                El contacto con la naturaleza formará sus sentidos y desarrollará sus talentos sensitivos. Otros puntos importantes son el orden, la prolijidad, la higiene, las buenas costumbres, la perseverancia en los trabajos, el buen gusto.

                Hay que evitar la ociosidad y la pereza, madre de todos los vicios. El niño no debe estar nunca desocupado. Los padres deben ser conscientes de que la televisión no es el mejor entretenimiento para sus hijos, aunque sea un medio eficaz temporario de tenerlos tranquilos... ¡más tarde se cosechan los huracanes!



                                Educación de la voluntad


                Sigue, luego, la educación de la voluntad. Ella es la facultad de nuestra alma por la cual buscamos el bien conocido por el entendimiento.

                La formación de la voluntad es fundamental para que el niño sea libre y bueno. Esa voluntad debe ser suficientemente fuerte como para dominar y mandar el cuerpo, la sensibilidad y las pasiones; deber ser también flexible como para obedecer y someterse a Dios y a los superiores.

                Hemos dicho que, luego de educar los sentidos, a partir del uso de razón hasta la pubertad, hay que educar principalmente la voluntad porque en ese período el niño "puede comprender por medio de otro, pero no se basta a sí mismo para entender y comprender".

                Mucho antes de comprender la importancia y la necesidad de una ley, debe trabajar en someterse a ella; sin esperar a que entienda la gravedad del pecado (transgresión de la ley), hay que enseñarle a desterrarlo de su vida, dominando sus caprichos y sus humores.

                Hay que forjar su voluntad, siendo su propio consejero y censor. Esta etapa puede dividirse en tres períodos: uno de violencia, otro de apoyo y un tercero de vigilancia.

                Mientras el niño no pueda dominar su voluntad, el educador debe animar los actos de voluntad e incluso generarlos o forzarlos, para que el niño adquiera voluntad, capacidad de gobernarse.

                En este período es necesaria una cierta violencia exterior, que podrá ejercerse, según los casos y las disposiciones del niño, por el amor, el temor o el castigo.

                El niño deje ejecutar las órdenes dadas por sus padres y sus legítimos superiores por el solo hecho de que provienen de los representantes de la autoridad de Dios, sin pretender entender y estar de acuerdo con aquellas; de otro modo se obedecería a sí mismo.

                Llegará el momento en que habrá que formar la inteligencia y el juicio del adolescente, explicando las razones que justifican las órdenes.

                A medida que el niño avanza en el dominio de sí mismo y se va formando su voluntad, hay que orientarla hacia fines nobles, estimulando y sosteniendo al niño, pero imponiendo o forzando cada vez menos, a fin de que él mismo comience a ejercer el dominio de su facultad. Es el período del apoyo.

                Finalmente, poco a poco, el educador se limitará simplemente a señalar iniciativas y a vigilar de lejos, absteniéndose de intervenir, salvo en caso de necesidad.

                Para ejemplificar los tres pasos de la formación de la voluntad, tomemos un hecho cotidiano: una mamá que enseña a su hijito a conducirse en la calle. Primero, lo sujeta fuertemente por la mano e impide que se suelte, forzándolo a caminar y a cruzar por donde debe, aunque se queje y quiera ir por otro lado. Luego, lo deja caminar a su lado e incluso a cierta distancia, pero sin apartar su vigilante mirada, y pronta a intervenir. Por último, lo dejará solo, sugiriéndole fines y caminos.



                                              Educación de la inteligencia




                Finalmente viene la etapa en que debe formarse la inteligencia. Su educación tiene, a su vez, sus etapas.

                En primer lugar es necesario que el niño fije su atención en la realidad, en los objetos que tiene ante sí; de otro modo será superficial y pasará frente a la realidad sin apreciarla, con tendencia a la fantasía y al idealismo. Hay que ayudarle a concentrar su esfuerzo sobre un objeto, a conocerlo y a descubrir el uso del mismo.

                Llega luego el momento no sólo de aprender a hablar, sino también, y fundamentalmente, de adquirir un amplio vocabulario, rico en sinónimos y matices. Los padres deben ser conscientes de que las palabras son expresión de los conceptos, de las ideas, las cuales, a su vez, expresan la realidad. Cabe destacar que la televisión es una gran deformadora del vocabulario y, por lo mismo, de la realidad.

                Para conocer la realidad de las cosas es preciso el conocimiento sensible. Por lo tanto, resulta lo más normal que el niño quiera tocar, mirar, oír; es importante que adquiera las sensaciones básicas: frío, calor, humedad, sólido, blando, etc. Una vez más llamo la atención sobre la necesidad del juego y del contacto con la naturaleza.

                Llega la edad de los por qué y de los cómo de las cosas, de capital importancia para la formación del juicio y de la inteligencia. Hay que evitar dos errores: por un lado, el de tomar a la ligera o en broma sus preguntas; por otro, no tomarse el tiempo para escucharlo y responderle.

                En las respuestas, el educador debe decir siempre la verdad, aunque adaptada al alcance y a la conveniencia del niño. No decir toda la verdad no es mentir; y a veces se hace mucho daño adelantando una información o un conocimiento.

                Si no se responde a sus problemas, el niño quedará librado a sí mismo y, sin experiencia ni conocimientos, tenderá a exacerbar su imaginación, su fantasía, su ensoñación.

                No basta con enriquecer su espíritu con conocimientos; hay que hacerle adquirir un juicio prudente, sereno, equilibrado; capaz de discernir entre la verdad y el error, entre el bien y el mal, entre la justicia y la injusticia.

                La inteligencia debe estar conformada a la verdad, y la verdad pasa por la realidad de las cosas. El arte del educador es inducir al niño a buscar la explicación de las cosas y a comprobar si sus explicaciones con verdaderas.

                La educación del juicio se realiza enseñando al adolescente a no ceder a sus primeras impresiones o a sus pasiones; ayudándolo a pensar en las consecuencias; dándole el gusto y el respeto por la verdad y la belleza; combatiendo la mentira y la hipocresía. Hay que vigilar para que este juicio sea objetivo, es decir, que las pasiones o el interés no se infiltren en la apreciación de las cosas.

                Las conversaciones de los padres con sus hijos tienen una importancia incalculable. ¡Cuántos padres se quejan de que tienen problemas de relación y de trato con sus hijos! ¡Cuántos adolescentes sufren la ausencia, si bien no física, al menos espiritual de sus padres!

                "¡Es que no tengo tiempo!"... Maldito tiempo desperdiciado en tantas cosas sin importancias, cuando no en pecados..., en lugar de dedicarlo a los hijos. Maldita televisión, que ocupa el primer lugar durante las comidas, en lugar de aprovechar las mismas para sanas y constructivas conversaciones con los adolescentes.

                A medida que va creciendo y a fuerza de observaciones, el joven podrá hacer reflexiones, inducciones, deducciones. Hay que ayudarlo a reflexio­nar, a buscar las causas, las relaciones, la explicación de las cosas.



Educación del Carácter


                También es necesario educar el carácter. Sólo tienen carácter los que en empeñada lucha consigo mismo han merecido tenerlo.

                Un hombre sin carácter es un hombre sin influencia e influenciable, que se deja arrastrar por sus pasiones y las de los otros: nunca tiene opinión firme, le falta valor en los momentos decisivos, se deja llevar por la corriente, la moda y los slogans.

                El hombre de carácter es una fuerza que arrastra tras de sí, que se coloca encima de los cambios, capaz de alcanzar con valor y perseverancia los fines que se ha propuesto.

                El carácter es la resultante habitual de las múltiples tendencias que se disputan la vida del hombre; es como la síntesis de nuestros hábitos; la manera de ser habitual de un hombre, que le distingue de todos los demás y la da una personalidad moral propia.

                Formar el carácter de un joven, es formar sus facultades de tal suerte que sea capaz de tender y de alcanzar un ideal elevado y digno, sin dejarse conmover o detener por los obstáculos y dificultades.

                Tres factores principales intervienen en su origen y formación: el nacimiento, el ambiente exterior y la propia voluntad.

                Los factores de la herencia tienen mucha importancia en la constitución del carácter; sin embargo, una sabia formación puede llegar a modificar profundamente las tendencias innatas y mantenerlas controladas por la razón y la voluntad.

                Los agentes exteriores, tanto físicos (clima, alimentación) como morales (familia, educación, amistades, medios de comunicación) tienen una gran influencia sobre el carácter. Cada uno es tributario del ambiente que le rodea y es hijo de su época: dime con quién andas y te diré quién eres...


                Con todo, una voluntad enérgica y tenaz puede contrarrestar el peso de la herencia y del ambiente.


                Desde el punto de vista psicológico, el mejor carácter es el que posee las facultades en proporciones equilibradas:

* la inteligencia es clara, penetrante, ágil, capaz de tanta amplitud como profundidad;
* la voluntad es firme, tenaz, perseverante;
* la sensibilidad es fina, delicada, serena, perfectamente controlada por la razón y la voluntad.


                Considerado moralmente, las características de un gran carácter son:

* rectitud de consciencia, que hace de quien la posee un hombre sincero y leal, cumplidor de su deber, honrado, que no conoce la esclavitud del respeto humano ni la mentira e hipocresía;
* fuerza de voluntad, por la que se llega al perfecto dominio de sí mismo, libre de la malas influencias exteriores;
* bondad de corazón, para no caer en arisca intransigencia ni en fría terquedad. La afabilidad hace al hombre sencillo, compasivo, misericordioso, suave, delicado, paciente, benigno;
* la perfecta compostura en los modales, que pone el último complemento a un gran carácter.
                Perfectamente equilibradas la inteligencia, la voluntad y la sensibilidad, es necesario que los modales exteriores estén a tono con la belleza interior. Ademanes, palabras, tono de voz, posturas, actitudes, etc., deben convenir al decoro de la persona y deben acomodarse a sus circunstancias, estado y situación.
                Los buenos modales son como el ropaje moral del hombre y se relacionan con el carácter de tres modos: lo manifiestan, influyen sobre él y aumentan o disminuyen su poder social.


                Tales son las notas distintivas de un carácter noble. La rectitud de consciencia constituye su honradez, la fuerza de voluntad le da su verdadero valor, la bondad de corazón le proporciona encanto, las buenas maneras realzan su dignidad.

                Es difícil reunir todas estas excelentes cualidades, pero no es imposible, y una buena educación precoz, unida a la acción de la gracia y de los sacramentos, es capaz de formar un carácter grande y bueno.



                                  ¿Cuándo termina la educación?


                Hemos hablado ya del comienzo de la educación y de las diversas etapas de la misma. Cabe hablar ahora, aunque más no sea brevemente, del término de la educación: ¿cuándo concluye la actividad educativa?

                Podría pensarse que el cuidado de los padres no se extiende más allá de la edad infantil de los hijos. Sin embargo, Santo Tomás afirma lo contrario. Por ejemplo, hablando de la indisolubilidad del matrimonio, dice: "el matrimonio, por intención de la naturaleza, está ordenado a la educación de la prole, no sólo por algún tiempo, sino por toda la vida de la prole. De ahí que sea de ley natural que los padres atesoren para los hijos y que éstos sean herederos de aquellos; y, por lo tanto, ya que la prole es un bien común del marido y su mujer, es necesario, según dictamen de la ley natural, que la sociedad de éstos permanezca perpetuamente indivisa; y de este modo es de ley natural la inseparabilidad del matrimonio".

                La duración de la actividad educativa por toda la vida funda nada menos que la indisolubilidad del matrimonio; dicho de otro modo, la indisolubilidad matrimonial es de ley natural porque el matrimonio se halla naturalmente ordenado a la educación de la prole durante toda la vida de la misma.

                Porque esto es así y no de otro modo, mientras los padres viven deben tener solicitud respecto de sus hijos, y éstos deben guardar reverencia para con sus padres. Dice Santo Tomás: "a ningún género además del hombre dio otra solicitud en todo tiempo respecto de los hijos, ni reverencia respecto de los padres; por el contrario, a los demás animales, más o menos tiempo, según sean más o menos necesarios, bien los hijos a los padres, bien los padres a los hijos".

                La educación es una forma de cuidado paterna respecto de los hijos, y no está limitada sino por los términos accidentales de la vida de los padres y la de los hijos.

                Evidentemente, el término educación se toma en su acepción más fuerte cuando la actividad correspondiente se aplica hasta la edad perfecta; una vez alcanzada la misma, la educación es algo que conviene seguir dando al hijo, pero sólo en la forma y en la medida en que éste la necesita, que es, especialmente, a través del ejemplo y del consejo.



                                         Conclusión

                Queridos padres, la misión que Dios les encomendó al confiarles la educación de vuestros hijos dura toda la vida. Desde el momento mismo que conocen la existencia de un nuevo ser en el seno materno hasta la edad adulta tiene lugar la actividad educadora propiamente dicha, formando la sensibilidad, la voluntad y la inteligencia de vuestro hijo.

                Cuando el joven ya está formado y se apronta a constituir su propio hogar, comienza aquella etapa en que por el ejemplo y el consejo continúan la solicitud por vuestros hijos.

                ¡Qué responsabilidad! ¡Cuánto trabajo! ¡Cuántas fatigas, preocupaciones, dudas y temores! Pero también, ¡cuánto gozo proporciona la labor cumplida!
                Ser padre y madre cabal no es fácil, y menos en el mundo que nos toca vivir. Para que todos ustedes puedan ser fieles necesitan sacerdotes que, a su vez, sean fieles a sus compromisos; y aquellos que lo son constituyen para ustedes un fundamento y un estímulo. Pues bien, nosotros, los sacerdotes, tenemos necesidad de padres y de madres conscientes de su misión, y cuando encontramos matrimo­nios así, eso nos consuela y nos anima.

                Ustedes comprenderán todo lo que estas pocas líneas sugieren y exigen de la misión tan noble a la que han sido llamados. Encontrarán estas y otras ideas y reflexiones en el magnífico trabajo del Padre Delagneau "La Educación Cristiana", del cual tomamos muchos conceptos.

                Quedan pendientes otros temas, como la formación religiosa, la educación mixta, el Estado como educador, etc.




Cuál gran riqueza, aun para alguien pobre, tener unos buenos padres. La familia bien consolidada es como un diamante indestructible.

AMDG



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