“Prefiero equivocarme creyendo en un Dios que no existe, que equivocarme no creyendo en un Dios que existe. Porque si después no hay nada, evidentemente nunca lo sabré, cuando me hunda en la nada eterna; pero si hay algo, si hay Alguien, tendré que dar cuenta de mi actitud de rechazo”Blas Pascal

miércoles, 2 de noviembre de 2011

SERMONES DEL PADRE CERIANI

La Conmemoración de los Difuntos


"Del amor que debemos a la Iglesia Purgante"



Sin interrupción, a los cánticos de triunfo y alabanza con que la Iglesia celebra a todos los Santos, Ella hace seguir las súplicas a Dios para obtener la liberación de las Benditas Almas que sufren en el Purgatorio.
Con la palabra Purgatorio se designa el lugar de las almas de los Justos que murieron en gracia y amistad con Dios, pero con el reato de alguna pena temporal debida por sus pecados, es decir, imperfectamente purificadas de las faltas cometidas.
Si bien es cierto que la contrición borra los pecados, no quita del todo el reato de pena que por ellos se debe; ni tampoco se perdonan siempre los pecados veniales aunque desaparezcan los mortales.
Ahora bien: la justicia de Dios exige que una pena proporcionada restablezca el orden perturbado por el pecado.Luego hay que concluir que todo aquel que muera contrito y absuelto de sus pecados, pero sin haber satisfecho plenamente por ellos a la divina justicia, debe ser castigado en la otra vida.
Negar el Purgatorio es, pues, blasfemar contra la justicia divina.
Es, pues, un error, y un error contra la fe.A esto obedece la costumbre de la Iglesia universal, que reza por los Difuntos, cuya oración sería inútil si no se afirmara la existencia del Purgatorio después de la muerte; porque la Iglesia no ruega por quienes están en el término del bien o del mal, sino por quienes no han llegado todavía.

&&&

Descendamos en espíritu a la oscura prisión en que están detenidas las Almas del Purgatorio hasta la entera y perfecta expiación de sus pecados.
Adoremos la justicia infinita de Dios, que no transige con ninguna falta, por ligera que sea; su incomprensible pureza, que no puede admitir en su corte nada que no sea enteramente puro; su inefable santidad, que no se puede aliar con ninguna mancha; y a la vista del Purgatorio digamos lo que a la vista del Cielo: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos.
Debemos socorrer a las Almas del Purgatorio por amor a Dios.Ellas son sus elegidas, sus hijas queridas, las herederas de su gloria, llamadas a bendecirle eternamente en el Cielo, sus esposas, a quienes ama tiernamente…
Debemos socorrer a las Almas del Purgatorio por amor al prójimo.
Porque son personas que sufren la privación de Dios, y porque sufren penas cuya naturaleza nos es desconocida incomparablemente superiores a las más grandes que se pueden sufrir aquí abajo.
Debemos socorrer a las Almas del Purgatorio por nuestro propio interés.
Porque estas Benditas Almas que habremos sacado de su prisión e introducido en el Cielo, serán nuestros protectores delante de Dios y ahí rogarán sin cesar por nosotros.

&&&

Consideremos hoy, solamente, que esta Iglesia Purgante es claramente nuestro prójimo; y todas las Benditas Almas del Purgatorio son nuestras hermanas.
Es necesario amar esta Iglesia, y aliviar a estas Almas.
Los motivos y razones para asistir y ayudar a las Almas del Purgatorio son poderosos y numerosos.
Ante todo, estas Almas sufren, y sufren indeciblemente.
Lo que llama primero la atención, al tratar de darse cuenta de la situación de estas Almas, es que sufren de manera muy diferente de la que se sufre en este mundo.
San Agustín, Santo Tomás, San Buenaventura, Santa Catalina de Génova, son unánimes en enseñar que, considerando su naturaleza, la pena del Purgatorio es similar a la del infierno. Lo cual significa que, tanto en uno como en el otro, se sufre ese dolor indescriptible de la privación de Dios, además del sufrimiento del fuego y otras penas de sentido.
Sin lugar a dudas, el estado de gracia en que se encuentran estas Almas y la certeza absoluta que tienen de su salvación establece un abismo entre ellas y los condenados, y es un gozo inefable el que llena este abismo.
Sin embargo, Santa Catalina de Génova afirma que “su placer inefable no disminuye en nada su tormento”; y agrega que este tormento es tal que “no solamente ninguna lengua podría expresarlo, sino que, salvo una iluminación especial Dios, no hay un entendimiento que pueda concebirlo.”
No sé si esto dice más o menos que las afirmaciones doctrinales de San Agustín y Santo Tomás, según los cuales, “la más pequeña de las penas del Purgatorio supera a todas las penas que se pueden sufrir en este mundo.“
Básicamente, el dolor de estas Almas es el mismo Dios; de donde se deduce que es personalmente respecto de Él que se mide su sufrimiento. La esencia de su pena, de hecho, es el amor que tienen por Dios.
Es inevitable que este amor irradie en infinitos deseos de verlo y poseerlo. Pero, ¿cómo llamaremos a esos deseos? Es un hambre, una sed, una fiebre…, el hambre de Dios, la sed de Dios, la fiebre de Dios…
Todo el estado, toda la vida, toda la ocupación de esta Almas, es tener hambre de Dios, no tienen y no pueden tener otra.
Están convertidas en hambre; son un hambre viviente. Pero el pan del que tienen hambre, quema; el agua que desean beber, arde. Ese Bien que codician, ese Ser que es toda su vida, su descanso, su felicidad, y hacia el que tienden para abrazarlo, está ausente, está lejano…

&&&

La inmovilidad de estas Almas es su impotencia. Como el paralítico de la piscina, son completamente incapaces de ayudarse a sí mismas. Ellas no pueden hacer penitencia, ni merecer, ni satisfacer, ni ganar indulgencias. Se les priva de los Sacramentos, no tienen Sacramentales.
Si no se las ayuda, permanecen allí, indigentes e incapaces de todo, salvo de permanecer pasivas, entregadas al río de lágrimas y de fuego, que las lleva lentamente hasta el mar del Cielo.

&&&

“En el Purgatorio —escribe Santo Tomás— hay una doble pena: una de daño, en cuanto que se les retrasa la visión de Dios; y otra de sentido, en cuanto son castigados con fuego corporal. Y son ambas tan intensas, que la pena mínima del Purgatorio excede a la mayor de esta vida”
La tradición católica está perfectamente de acuerdo en que las almas del Purgatorio, además de la pena de dilación de la gloria, sufren una especie de pena de sentido en castigo de los goces ilícitos de los bienes creados que se permitieron durante su permanencia en el cuerpo mortal.
La tradición de los Padres latinos es casi unánime en favor del fuego real y corpóreo, en todo semejante al del infierno. Lo mismo opinan casi todos los teólogos escolásticos antiguos y modernos. Santo Tomás de Aquino identifica realmente ambos fuegos al colocar el purgatorio junto al infierno, de tal suerte que un mismo fuego atormentaría a los condenados y purificaría a los habitantes del purgatorio,
¡El fuego del Purgatorio!… Lo cierto es que hay fuego…. Esta es otra pena; secundaria, pero formidable.¿Quién puede decir lo que sufren esas Almas?
En el Purgatorio, el dolor lo cubre todo, todo lo penetra, todo lo llena al máximo.
Dice Santa Catalina de Génova en el capítulo X de su libro:
Veo, además, ciertos rayos de luz emanando del amor divino hacia las almas y penetrándolas tan fuertemente que parecería destruir no solo el cuerpo sino el alma; esos rayos pueden cumplir dos funciones. La primera, purificación; la segunda, destrucción.
Miren el oro, cuanto más se lo funde, mejor se vuelve. Ustedes podrían fundirlo hasta que desaparezca toda imperfección. Así actúa el fuego sobre las cosas materiales. El alma no puede ser destruida en tanto está en Dios, pero en sí misma, como tal, sí puede ser destruida; cuanto más purificada, más se destruye en sí misma hasta que al final es pura en Dios.
Cuando el oro ha sido purificado hasta 24 quilates, ya no puede ser consumido por el fuego, porque no es el oro sino las impurezas lo que el fuego consume. Así funciona el fuego divino con las almas. Dios mantiene a las almas en el fuego hasta llegar a la perfección, igual que el ejemplo de los 24 quilates; cada alma según el grado de imperfección que trae. Y, cuando el alma ya está por completo con Dios y nada de egoísmo queda en ella, pues Él la ha limpiado para llevarla hacia Sí Mismo, ya el alma no sufre, no hay más pena. El fuego de amor divino es como la vida eterna, y en ningún caso, contrario a ella.

&&&

Ciertamente, estas Almas puede realizar determinados actos, y los que practican son buenos. Pueden amar, bendecir, alabar, adorar, rezar, esperar…; pero, de una manera u otra, todo lo que hacen implica dolor, y sus acciones están impregnadas de su ser, de modo que todo lo que hacen, en definitiva, es sufrir.
Por otra parte, como están en el estado de gracia y plenamente poseídas por la gracia, persisten como lo eterno y resisten como lo inmutable.

&&&

Son hermosas y son también muy dignas, su valor es inmenso y, aunque desiguales en cantidad y calidad, todas tienen una verdadera santidad: otros tantos nuevos títulos para nuestra condolencia y nuestra asistencia eficiente y cordial.
Hay, sin duda, algunas que diríamos han escapado del infierno. Parece como que una larga y cruel enfermedad les ha desvanecido su belleza natural.Otras, al contrario, tienen una belleza tan encantadora, que uno se pregunta lo qué les falta para entrar en la gloria.Pero todas creen, esperan, aman. Son un trono de la Santísima Trinidad, miembros de Cristo, un miembro inamisible. Todas tienen en el fondo la misma forma eterna, la infinita belleza, la imagen y el carácter de la sustancia del Padre.
Y por ser tan bellas en su languidez, esconden grandes tesoros en su angustia evidente.
Tienen en ellas, como capital divino, la infinita riqueza de la redención de Jesús, los dones de Dios, gracias, virtudes y méritos…
La menos poderosa tiene, sin embargo, sobre la frente los rudimentos de una corona, en su mano la raíz de un cetro, y en todo ser un aire de majestad y de poder incomparable con cualquiera de la tierra.
La más pequeña de todas es un mundo real, donde la gloria de Jesús resplandecerá eternamente. La menos preciosa vale más que todo el universo físico.
Finalmente, cada una es santa, no sólo está fuera del pecado, muerta al pecado, e impecable, sino que ella ha visto la Verdad, la Bondad, la Belleza, la Justicia…, a Dios. Ella ama a Dios sobre todas las cosas, absolutamente, necesariamente, y Dios no puede dejar de amarla por la eternidad.

¡Qué lección de teología el estado de las Almas del Purgatorio! Es él un espejo para contemplar a Dios; el bien y el mal; el fin, el camino y los obstáculos; el valor de la gracia y la malicia del pecado; la profundidad de la Pasión de Jesús y la mayor profundidad de la invencible bondad de su Corazón; el significado y el precio de las cruces; la necesidad del trabajo; la importancia de la vida; la futilidad de lo que pasa; la locura inexplicable del mundo; la inmensa alegría de pertenecer a la Santa Iglesia Católica.
&&&

Pero el punto culminante de la santa compasión por las Almas del Purgatorio es su perfecta dulzura, su suavidad, su tranquilidad imperturbable, su religioso silencio, profundo y continuo; es la humilde docilidad y abandono perfecto con el que sufren.
La Iglesia denomina a su estado sueño de la paz.
Aquí es donde la justicia y la paz se abrazan.
En el infierno, la justicia persiste y reina; pero la paz no está allí…
En el Paraíso, la justicia y la paz no tienen que ponerse de acuerdo, porque se identifican.
En la tierra se encuentran inevitablemente, pero rara vez se abrazan.
En el Purgatorio todo cede. A lo que la justicia dice, a lo que ella quiere, a lo que hace, la paz siempre responde afirmativamente; ellas están inseparablemente unidas, y caminan del brazo.
La condición y estado de estas Almas, su vida, todo su ser, es un eco suave, lleno y perpetuo del cántico que nunca se interrumpe en el Cielo: “Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos”. Y Dios recibe una gloria admirable.
No quieren de ninguna manera que este castigo sea menos intenso ni por menos tiempo del que debe ser.Si tienen deseos de ser liberadas del mismo, y a veces con insistencia, es más por amor de Dios que para escapar del dolor.

&&&

¡Cuántas razones y qué motivos para amar a estas Benditas Almas, y ejercitar la misericordia para con Ellas!
El que ayuda a salir del Purgatorio a un Alma hace exclamar en un grito de amor a los Santos, alegra a los nueve coros de Ángeles, recompensa a María Santísima sus lágrimas, hace resplandecer la Cruz y el Calvario, glorifica la Preciosísima Sangre, y pone un escalón de más en el trono del Cordero.
Estos son los principales frutos de la devoción para con las Almas del Purgatorio, y para comprender que hay miles otros, basta con recordar la generosidad con que Dios se complace en premiar nuestros menores servicios.
Basta con darse cuenta de que las Almas liberadas se unen por una gratitud inmortal a su benefactor, y teniendo en la mano todos los tesoros de Dios, su ocupación más urgente es sacar de ellos en beneficio desus libertadores.
Conozcamos nuestro poder; y porque el ejercicio es tan fácil, hagamos uso en favor de estas Almas Benditas.
Hagamos uso en favor de las más santas: son más amadas por Dios, y la verdadera teología enseña que, en muchos aspectos, sufren más que las otras.
Hagamos uso en favor de las más abandonadas: desde otro punto de vista, tienen un título especial para reclamar una piedad y compasión más vivas y activas.
Hagamos uso en favor de las que están próximas a salir, tal vez hoy mismo…
Hagamos uso en favor de las que acaban de llegar y estarán allí por mucho tiempo…
Hagamos uso en favor de las que más amaron a la Santísima Virgen María…
Hagamos uso en favor de aquellas a quienes la Santísima Virgen ama más…
Recordemos de que en este tema, como en tantos otros, somos el complemento del mundo; porque el mundo, incluso aquellos que creen, reza lamentablemente poco por los difuntos.
En primer lugar, su fe es débil, su caridad tibia, su memoria muy infiel, distraído su espíritu y su vida desperdiga y disipada….
Y sin embargo, paradójicamente, por lo general tan severo y riguroso para juzgar a los vivientes, el mundo tiene una facilidad asombrosa para canonizar a los difuntos: costumbre muy compleja, donde fácilmente se puede discernir, sea la indulgencia cómplice, sea el deseo natural de propinarse un vano consuelo.
Nos toca a nosotros reparar estos errores y rellenar estos vacíos.

fuente:Radio cristiandad

martes, 1 de noviembre de 2011

ESTUDIO TEOLOGICO

EN BUSCA DE LA UNIDAD PERDIDA:
SOBRE EL PROBLEMA DEL CISMA INTERNO


El título, que recuerda a la obra de Marcel Proust (En busca del tiempo perdido) debe fijar como tema una recapitulación. En la situación actual puede servir de ayuda reconquistar terreno perdido si, más allá de los problemas religiosos y eclesiásticos cotidianos, se piensa en la difícil situación en que nos encontramos todos nosotros. Esta situación ha conducido a un fatalismo eclesiástico que día a día se hace más palpable: por cuanto concierne a la reconstrucción de la Iglesia, e incluso a la construcción de estructuras comunes, se está encerrado, por así decirlo, en el propio centro misal, sin contactos y sin perspectivas. ¿Cuál ha sido nuestro error? ¿Se pueden corregir los errores cometidos? ¿Estamos dispuestos a revisar nuestras propias posiciones? Pero no sólo nosotros, los cristianos católicos que afirmamos -en parte tan ufanos- ser los verdaderos cristianos. No: la sociedad occidental en su conjunto se encuentra en una profunda crisis espiritual que, por supuesto, también repercute en nuestra crisis eclesiástica.

La falta de autoridad y de dirección entre los cristianos católicos que se proponen querer permanecer fieles a la Iglesia de Jesucristo gusta de criticarse como paralizante -a menudo, quienes lamentan el discentimiento de modo más sonoro son precisamente aquellos que lo han provocado con su búsqueda de reconocimiento y falta de disciplina-, pero entonces habría que tener claro que la falta de cooperación y dirección pastoral-eclesiástica se encuentra principalmente en aquellos cuya tarea en tanto que pastores sería propiamente encabezar como pastores los rebaños y ejercer la autoridad espiritual que les fue concedida con la aceptación del ministerio sacerdotal y episcopal., por el bien de toda la Iglesia, y no solamente para el reparto de los sacramentos en una comunidad sectaria de catacumba.

Una postura falsa especialmente grave hacia el ministerio aceptado ha obrado de modo especialmente atroz en una serie de obispos (sin comillas) en relación a nuestros esfuerzos por la reconstrucción de la Iglesia como institución sagrada: a saber, la concepción de que los plenos poderes obtenidos por la consagración se tendrían a una disposición puramente personal, que legitimarían a su posesor a consagrar como obispo a quien quisiera. Esta postura falsa ha provocado en nuestras filas un grave desarrollo erróneo.

No en vano la consagración (y el nombramiento: cfr. CIC canon 329 § 2) de nuevos obispos está reservada al Papa, porque esto concierne a la existencia y a la estructura jerárquica de la Iglesia en su totalidad, por lo cual tienen que ser llevadas centralizadamente. El CIC de 1917 prescribe de modo vinculante en el canon 953: "La administración de la consagración episcopal está reservada al Papa. Por tanto, sin una encomendación papal especial nadie puede administrar las consagraciones episcopales."

Los infringimientos de este canon se consideran normalmente y con razón como rebelión contra la autoridad suprema y la unidad de la Iglesia y como actos cismáticos, y son castigados con sanciones.

Cuando Monseñor Ngô-dinh-Thuc consagró a los primeros obispos sin un mandato papal formal -a causa de la vacancia de la silla apostólica-: al Padre Guerard des Lauriers el 14 de mayo de 1981 y los Padres Carmona y Zamora el 18 de noviembre de 1981, o sea, hace veinte años, eso se hizo exclusivamente para salvar la sucesión apostólica amenazada. Los problemas vinculados con la vacancia y con la necesidad -condicionada por la vacancia- de consagrar sin mandato papal fueron discutidos por extenso en el tiempo posterior, también en relación a la situación global de la Iglesia que había en aquel momento. En cambio, desde diversos lados (meros tradicionalistas, y lo que aún fue más peligroso, ciertos legalistas) se lanzó el reproche de que Monseñor Ngô-dinh-Thuc, lo mismo que los padres ordenados obispos, actuaban cismáticamente. La auténtica razón para la falta de mandato papal la dio por fin oficialmente el propio Monseñor Ngô-dinh-Thuc en la DECLARATIO del 28 de febrero de 1982 sobre la sedevacancia.

Desde diversos lados se planteó (y se sigue planteando hasta hoy) la exigencia de que la DECLARATIO tendría que haberse publicado antes de las consagraciones, porque sólo a partir de la aceptación de esta posición podrían haberse considerado las consagraciones como legitimadas. Las personas que argumentan así suponen que la posición del arzobispo en el momento de la primer consagración habría diferido de la posición en el momento de la redacción de la DECLARATIO. Esta concepción no puede tenerse por válida: ya en nuestra primera visita a Monseñor Thuc junto con el luego fallecido Dr. Katzer, que se había puesto a disposición como primer candidato para una consagración, se discutieron por extenso y se unificaron las posiciones sobre la sedisvacnacia, sobre la amenazada sucesión apostólica y sobre las falsificaciones de la Santa Misa. Y sólo sobre esta base se administraron las consagraciones posteriores.

Por otro lado, las circunstancias concretas no permitían otra solución más que realizar estas consagraciones en secreto. (En este sentido, piénsese en la precipitada huida del arzobispo a Alemania, porque temía con razón persecuciones, después de que el Padre Barbara revelara a la prensa las consagraciones episcopales, pero piénsese también en su posterior secuestro del Seminario en Rochester, EE.UU.)

Pero para expresar que se compartía la fundamentación teológica y jurídica de que el Papa tiene la potestad exclusiva para consagrar obispos, a saber, porque la ocupación de sillas episcopales representa un asunto de toda la Iglesia, se acordó entre los obispos que -como equivalente para el mandato papal que faltaba- las demás consagraciones episcopales posteriores sólo podrían ser tras el acuerdo y la aprobación de todos los obispos. Ante la vacancia de la silla romana, el grupo de los obispos habría de representar así a toda la Iglesia. En cambio, las simples ordenaciones sacerdotales quedarían bajo la responsabilidad de los obispos concretos, porque los sacerdotes respectivos también quedarían sometidos directamente a su autoridad.

De este modo, las posteriores consagraciones episcopales de Fr. Musey, P. Vezelis, P. Martínez y P. Bravo se administraron sólo tras el acuerdo y con la aprobación expresa de Su Eminencia Monseñor Ngô-dinh-Thuc o bien del obispo Musey (bajo asistencia de Monseñor Carmona). Decisivo para estas consagraciones era que se tuviera presente la reconstrucción de las estructuras eclesiásticas, pero también se quería custodiar la unidad. De ello también dan testimonio los intentos de los obispos Vezelis y Musey de delimitar mutuamente sus esferas de influencia episcopal, aun cuando con ello se forzara el concepto de "jurisdicción" regular. Este proceder, a saber, comunicar previamente una consagración episcopal planeada a todos los obispos y recoger su aprobación -como equivalente para el mandato papal que falta-, fue desatendido por vez primera por Monseñor Guerard des Lauriers en la consagración del Dr. Storck, cuando lo consagró incluso contra las reservas explícitas de Monseñor Vezelis. Monseñor Vezelis viajó de propio a Etiolles, cerca de París, para exponer sus consideraciones a Monseñor Guerard des Lauriers.

Tras la consagración del Dr. Storck, Monseñor Guerard des Lauriers se dejó incluso inducir por indicación de una señora anciana a consagrar al Padre McKenna, y luego también al ex-econista Munari (sin haberlo consagrado posteriormente sub conditione), que entre tanto ha renunciado por completo tanto a su ministerio episcopal como a su ministerio sacerdotal. También se le había prevenido de la consagración del Padre McKenna.

Con este proceder, Monseñor Guerard des Lauriers ya no consieraba la consagración de un obispo como decisión de toda la Iglesia -representada por el gremio de los obispos-, sino que había hecho de ella su asunto propio, es decir, la había puesto bajo la decisión de un obispo particular.

Desde luego que a la provisionalidad de la representación del gremio de los obispos en tanto que
equivalente para el mandato papal que falta no se le puede atribuir ninguna dignidad jurídicamente vinculante. Pese a ello no dudaré un momento en calificar tal postura y tal comportamiento -de modo análogo a la concepción del CIC según la cual las consagraciones episcopales están reservadas al Papa- cuanto menos como latentemente cismáticos (en este caso, hay suposiciones justificadas de que Monseñor Guerard des Lauriers seguía sólo intereses personales), incluso sectarios. Pues aquí se vulneró conscientemente el principio de unidad.

Si por una vez se pasa revista a las acciones de aquella época, es decir, a las consagraciones episcopales con las que en realidad debería asegurarse la sucesión apostólica, o a la DECLARATIO de Su Eminencia Monseñor Ngô-dinh-Thuc, que trazó una clara línea de separación frente a la llamada "Iglesia conciliar", es decir, acciones que en realidad deberían y podrían haber llevado a un giro en nuestra lucha eclesiástica, no puede menos de constatarse que la unidad entre los obispos se perdió por las vías particulares de Monseñor Guerard des Lauriers, y que la fuerza de imposición de nuestra lucha eclesiástica sufrió con ello un daño considerable. Con su teoría del "Papa materialiter, non formaliter", G. des Lauriers había desatado artificiosamente otra nueva lucha. Y sin cohesión, también se perdió la autoridad, es decir, se parcializó. Aquí habría que emplearse de nuevo para volver a soldar la unidad.

En el tiempo siguiente, y esto fue bastante vergonzoso para la resistencia, los obispos de cuya validez de consagración se dudaba, siguieron consagrando sin consulta ni acuerdo con los otros obispos a unos candidatos que se caraterizaban por su ignorancia teológica y su deficiencia moral -a algunos se les sugirió retirarse "tras las rejas"-. Estos fueron presentados luego al pueblo atónito de los creyentes como los llamados obispos de Thuc, como obispos de la resistencia. En realidad eran y siguen siendo sólo sectarios catolizantes. A causa de este modo de sucesión, en el que cada obispo consagra a un candidato de su elección sin reparar en las relevancias objetivas de la reconstrucción de la Iglesia, se desarrolló un "cisma" interno total, y con ello casi se paralizó la reconstrucción. Si uno asume esta mirada crítica y echa un vistazo a la lista de los obispos consagrados, constatará que sólo unos pocos pueden considerarse como obispos de la Iglesia católica.

Un ejemplo especialmente craso de tal comportamiento internamente cismático, pero también sectario, lo ha dado el obispo Dr. López Gastón con las consagraciones que ha recibido y administrado.
Junto con el mero problema de la validez sacramental, que se puede conceder sin más también a todo auténtico cismático, pero también a muchos sectarios -pero ni con mucho a todos-, ha pasado completamente por alto que, desatendiendo a la autorización, se niega la relevancia eclesiástica de tal acción consagradora.

Todavía peor que este explosivo "cismático" fue y sigue siendo el sectarismo que se introdujo en la resistencia por la ambición y la vanidad de diversos clérigos, clérigos que a causa de la necesidad de validez se hicieron consagrar por alguno de aquellos "obispos de Thuc". Ahí les era igual a estos señores si sus consagradores eran obispos auténticos o sólo obispos entre comillas, o sólo presuntos obispos de la escena de los vagantes. Algunos incluso recibieron el apoyo de los representantes de la teoría de la llamada "intención externa". Lo que les importa fundamentalmente a estos obispos (u "obispos") es llevar una mitra que los "legitime" para recaudar dinero entre los creyentes ingenuos.

Un caso especialmente craso lo representa el llamado obispo Roux, que falseó su certificado de consagración, en el que testimoniaba haber sido consagrado por Monseñor Ngô-dinh-Thuc en un momento en el que, como podemos demostrar, éste se encontraba en Munich con nosotros. (Tras una consagración "sub conditionale" [sic] "opera" desde entonces en Francia, donde se ha hecho una reputación como "Monseñor Tartufo".) El llamado "obispo" Franck ha llegado a ser un caso criminal, el cual se presentó a los creyentes alemanes como el obispo de la resistencia, y resultaba que no cabía ni plantear la validez de sus "consagraciones". (Entre tanto está encarcelado en Bélgica por abuso de menores.) Este sectarismo, o esta vagancia, bajo el pretexto de la defensa de la verdadera fe, se ha abierto paso en la auténtica resistencia como una infección cancerígena. Una y otra vez me asombra ver cómo estos sectarios son venerados como guardianes del Grial.

Las turbulencias en el campo de los sedisvacantistas son desatadas además por un grupo de clérigos que, por ejemplo, han abandonado a Econe a causa del convencimiento de que a un herético no se le puede reconocer más como autoridad. Pero a este paso consecuente, la mayoría de las veces le sigue el segundo paso ya menos consecuente. En lugar de esforzarse por ser admitidos en el círculo de sus cofrades sedisvacantistas -en esto, el problema de su consagración de momento puede posponerse-, empiezan como solitarios a reunir en torno de sí a un rebaño de ovejitas descarriadas catolizantes y la mayor parte de las veces poco informadas. De estructuras eclesiásticas ya dadas se ocupan más bien poco. Sólo en los casos más raros están dispuestos a una cooperación. Esta conducta documenta que también en el caso de este grupo se trata de sectarios catolizantes.

Me gusta que se me reproche que juzgo demasiado radicalmente. A todos estos críticos les pido que hagan por una vez el siguiente experimento mental: supongamos que de hecho se hubiera logrado instalar una autoridad legítima, es decir, un Papa elegido válidamente. ¿Cuál de todos estos clérigos "independientes" y "autónomos", que tan a gusto proclaman sus convicciones eclesiásticas, que afirman de sí mismos ser lo únicos que predican lo que es la doctrina de la Iglesia, estaría dispuesto a someterse a este Papa? ¿No sucedería más bien que todos estos señores buscarían evasivas para conservar su "independencia", es decir, para proseguir sin estorbo su sectarismo?

Estas posturas erróneas ("cisma" interno, sectarismo, vagancia, "independencia") y las conductas
que resultan de ellas han conducido a que hay toda una serie de obispos pero sin embargo no hay
ninguna autoridad, a que se han formado muchos grupos pero ninguna comunidad ni tampoco ninguna unidad eclesiástica. Hasta ahora las actividades han tenido y tienen que seguir siendo estériles, porque en ellas no puede haber ninguna verdadera bendición. La idea de la Iglesia como un organismo global espiritual, como dice Pío XII, un "cuerpo místico" en el que los miembros están unificados entre sí, se ha perdido. Y me permito la advertencia crítica de que por ahora no veo en qué parte alguno de los obispos actúe preocupado por el bien total de la Iglesia.

Entiéndase bien que sólo me interesa mostrar lo que habría que hacer desde la visión de sedisvacantistas consecuentes para reconstruir las estructuras eclesiásticas, lo cual incluiría la construcción de comunidades y asociaciones eclesiásticas, así como la elección de un Papa, aun cuando aún no se sepa cómo deba llevarse a cabo tal elección.

Una mejora de este estado eclesiástico desgarrado en muchos sentidos sólo se puede alcanzar comenzando a pensar de otro modo. Ya se ha ganado mucho si cada clérigo comienta a plantearse en serio la pregunta de cómo puede fundamentar y legitimar su acción pastoral concreta en atención a los problemas de toda la Iglesia (aunque no con el argumento de "los fieles necesitan sacramentos": la pregunta de qué "necesitan" los fieles sólo puede responderse en conexión con la aclaración de los problemas eclesiásticos), para de este modo crear al menos el pesupuesto teológico y mental para una acción de la que quepa responder, lo cual tendría que incluir una fructífera cooperación con los otros sacerdotes y obispos.

Hemos tratado de mostrar qué aspecto podría ofrecer el resultado de tal reflexión. Para un comienzo se habría ganado ya mucho si los clérigos respectivos tuvieran claro que no les es lícito hacer todo lo que pueden hacer, es decir, si comprendieran que no les es lícito ejercer sus plenos poderes espirituales por propia plenitud de poder, sino sólo por encomienda de la Iglesia -como encomendados por ésta-, si se consideraran a sí mismos como ministros atributados por mandato. Un objetivo intermedio esencial sería la visión de que podrían hallarse en un cierto dilema, que consiste en que sólo pueden actuar lícitamente por encargo de la Iglesia, por mandato de la autoridad, pero que a esta Iglesia le falta hoy la autoridad encomendante. Sin esta vinculación a la Iglesia, todo ejercicio ministerial representa un acto desempeñado con el sello del cisma (o del sectarismo). Con ello vuelve a plantearse la pregunta por la autoridad perdida y por la unidad. En la nueva "Declaración" hemos tratado de mostrar el dilema de la encomendación sacerdotal por un lado y la falta de autoridad por otro lado. En atención a la encomendación sacerdotal hay que constatar:

"Por un lado falta por ahora la jurisdicción eclesiástica necesaria para el cumplimiento de estas tareas, puesto que la jerarquía ha apostasiado, pero por otro lado el cumplimiento de estas tareas es el presupuesto necesario para el restablecimiento precisamente de esta autoridad eclesiástica. Pero el restablecimiento de la autoridad eclesiástica es exigido por la voluntad de salvación de Cristo. En mi opinión, el dilema sólo puede resolverse si todas las actividades hechas hasta ahora quedan bajo la reserva de una legitimación posterior y definitiva a cargo de la jerarquía restablecida. De este modo, por ejemplo la celebración de la misa y la administración de los sacramentos sólo puede legitimarse entre tanto merced a que quedan bajo el aspecto de la restitución global de la Iglesia como institución sagrada y se someten al posterior enjuiciamiento a cargo de la autoridad legítima restablecida. Por tanto, la administración y la recepción de los sacramentos (incluida la celebración y la visita de la Santa Misa), al margen de su validez sacramental, serían inautorizadas si se efectuaran sin referencia a esta única legitimación posible."

TOMADO DEL PORTAL SURSUM CORDA,ORIGINAL DE LA REVISTA EINSICHT("Einsicht": XXXI/ No. 2, pag. 32 seq: "Auf der Suche nach der verlorenen Einheit ...")

DOCUMENTO BILINGUE QUE CONTIENE LA DECLARACION SEDEVACANTISTA DEL OBISPO PETRUS MARTINUS NGO DINH THUC (25 DE FEBRERO DE 1982)

Fuente: http://vida-en-el-soledad.over-blog.net/article-sobre-la-division-del-tradicionalismo-por-rev-padre-abad-basilio-79238281.html

Libros Selectos

                       JESUCRISTO VIDA DEL ALMA 
                     Dom Columba Marmion

COLUMBA MARMION
Columba Marmion nació en Dublín, Irlanda, el 1 de abril de 1858, para un padre irlandés (William Marmion) y madre francesa (Herminie Cordier). Teniendo en cuenta el nombre de José Luis en el nacimiento, entró en el seminario diocesano de Dublín en 1874 y completó sus estudios teológicos en el Colegio de la Propagación de la Fe en Roma. Fue ordenado sacerdote en Santa Ágata de los Godos, el 16 de junio de 1881.
Él soñaba con convertirse en un monje misionero en Australia, pero fue ganado por la atmósfera litúrgica de la abadía recientemente fundada de Maredsous en Bélgica, país que visitó a su regreso a Irlanda en 1881. Su obispo le pidió que esperara y le nombró vicario en Dundrum, entonces profesor en el seminario mayor de Clonliffe (1882-86). A medida que el capellán de un convento de monjas redentoristas y en una cárcel de mujeres, que aprendió a guiar a las almas, oír confesiones, aconsejar y ayudar a los moribundos.
En 1886 recibió el permiso de su obispo para convertirse en monje. Él renunció voluntariamente a una prometedora carrera eclesiástica y fue recibido por el abad de Maredsous Plácido Wolter. Su noviciado, bajo la férula de Dom Benoît D'Hondt y entre un grupo de jóvenes novicios (cuando tenía casi 30), resultó más difícil porque tenía que cambiar los hábitos, la cultura y el lenguaje. Pero diciendo que había entrado en el monasterio de aprender la obediencia, se dejó modelar por la disciplina monástica, vida comunitaria y la oración coral hasta su profesión solemne el 10 de febrero de 1891.
Él recibió su primera "obediencia" o la misión cuando fue asignado a un pequeño grupo de monjes enviados a fundar la abadía de Mont César en Lovaina. A pesar de que le molestaba, le dio todo a él por el bien de la obediencia. Allí se le encomendó la tarea de Prior junto abad de Kerchove, y se desempeñó como director espiritual y profesor a todos los monjes jóvenes que estudian filosofía o teología en Lovaina.
Empezó a dedicar más tiempo a la predicación de retiros en Bélgica y en el Reino Unido, y se entregó a la dirección espiritual de muchas comunidades, especialmente las de las monjas carmelitas. Se convertirá en el confesor de Mons. Joseph Mercier, futuro cardenal, y los dos formaron una amistad duradera.
Durante este período, Maredsous Abbey estaba gobernada por Dom Hildebrand de Hemptinne, su segundo abad, que en 1893 se convertiría, a petición de León XIII, el primer primate de la Confederación Benedictina. Sus frecuentes estancias en Roma requiere que sea reemplazado como abad de Maredsous, y es Dom Columba Marmion, que fue elegido el tercer abad de Maredsous el 28 de septiembre de 1909, recibiendo la bendición abacial el 3 de octubre. Fue puesto a la cabeza de una comunidad de más de 100 monjes, con una Facultad de Humanidades, una escuela de comercio y una granja para funcionar. También tuvo que mantener una buena reputación para la investigación sobre las fuentes de la fe y continuar la edición de varias publicaciones, incluyendo elBénédictine Revue.
Su cuidado continuo de la comunidad no se detuvo Dom Marmion de la predicación de retiros o de la dirección espiritual regular. Se le pidió ayuda a los monjes Anglicana de Caldey cuando deseaban convertirse al catolicismo. Su mayor prueba fue la Primera Guerra Mundial. Su decisión de enviar a los monjes jóvenes a Irlanda para que puedan completar su educación en la paz llevado a un trabajo adicional, los viajes peligrosos y muchas ansiedades. También causó malentendidos y conflictos entre las dos generaciones dentro de esta comunidad sacudida por la guerra. Alemán hermanos laicos, que había estado presente desde la fundación del monasterio de Beuron abadía, tuvo que ser enviado a casa (a pesar del voto benedictino de la estabilidad) en el comienzo de las hostilidades. Después de la guerra, un pequeño grupo de monjes fue enviado con urgencia al Monasterio de la Dormición en Jerusalén para reemplazar a los monjes alemanes expulsados ​​por las autoridades británicas. Finalmente, los monasterios belgas fueron separados de la Congregación Beuron, y en 1920 la Congregación de Bélgica de la Anunciación fue creado con Maredsous, César y Mont St André de Zevenkerken.
Su único consuelo durante este periodo fue la predicación y la dirección espiritual. Su secretario, Don Raymond Thibaut, preparó a sus conferencias espirituales para su publicación: Cristo, vida del alma (1917), Cristo en sus misterios (1919) y Cristo el ideal del monje (1922). Se le consideraba ya un abad en circulación (Reina Elisabeth de Bélgica consultado largamente con él) y un autor espiritual.
Murió durante una epidemia de gripe el 30 de enero de 1923. 



Sermones del Padre Juan Carlos Ceriani


                                 



  FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

"Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y abriendo entonces la boca, les enseñaba diciendo:
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados seréis cuando os maldijeren, y os persiguieren, y dijeren con mentira toda clase de mal contra vosotros por causa de Mí. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros."
La solemnidad de este día nos enseña lo que es ser santo.
Nuestra pereza, ingeniosa para forjarse ilusiones, querría persuadirnos que para ir al Cielo hay una vía cómoda en la cual se puede uno dejar de mortificar y vivir a sus anchas, huir de la cruz y darse gusto en todo; seguir la voluntad propia y sus caprichos; el amor propio y su vanidad…
Pero, preguntemos a los Santos si hay uno siquiera que se haya salvado siguiendo esta vía. Nos responderán con el Evangelio que hoy se lee solemnemente como una protesta contra este sistema de moral relajada.
La solemnidad de este día nos recuerda que debemos ser santos.
En efecto, durante la eternidad, no habrá término medio entre ser santo o réprobo, como no lo habrá entre el Cielo y el infierno.
A nosotros nos toca elegir entre estas dos alternativas: ¿podemos vacilar un instante y no decir desde el fondo del corazón: Sí, yo quiero ser santo, reconozco que debo serlo, porque si no seré réprobo?
La solemnidad de hoy demuestra que podemos ser santos.
¿No es ésta una empresa superior a mis fuerzas? nos dirá nuestra flaqueza. ¡No!, responden hoy, con su ejemplo, todos los Santos del Cielo.
En efecto, vemos entre ellos Santos de todas las edades, condiciones, estados, oficios… Lo que ellos han podido ¿por qué no lo hemos de poder nosotros?

Debemos considerar el tema y fundamento de este Sermón de la Montaña; porque, mirando Cristo Nuestro Señor el tesoro de virtudes que tenía dentro de su alma, sacó de allí ocho principalísimas, en que se suma toda la perfección evangélica; virtudes muy antiguas, pero muy nuevas y nunca oídas en el mundo, con un nombre nuevo que las puso de Bienaventuranzas, aunque a la naturaleza son amargas.
Estas ocho Bienaventuranzas son como ocho escalones de la escalera del Cielo, por los cuales se sube a la cumbre de la santidad y unión con Dios.
Consideremos brevemente cada una de ellas.

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el reino de los Cielos.
Los actos de la pobreza de espíritu, son cinco.
El primero, es renunciar con el espíritu y corazón las cosas temporales, quitando las aficiones desordenadas de ellas, y estando aparejado a dejarlas cuando fuere necesario para cumplir la voluntad de Dios.
El segundo, más perfecto, es dejar con efecto todas las cosas que poseo, moviéndome a esto con una voluntad espiritual y pura de agradar sólo a Dios, por obedecer el impulso del divino Espíritu, que a ello me inclina.
Lo tercero, es vaciar y limpiar mi alma de todo espíritu y viento de vanidad, y de toda hinchazón y presunción vana, despreciando cuanto pudiere con el corazón las pompas del mundo, o dejándolas con efecto cuanto puedo y me conviene para el divino servicio.
El cuarto, es vaciar mi espíritu de toda propiedad, desnudándome del propio juicio y de la propia voluntad con todos sus propios deseos, salvo que sean conformes con los de Dios, porque en tal caso ya no serán propios.
El quinto y supremo, es vaciarme de mi mismo, conociéndome por tan pobre, que de mi cosecha ninguna cosa buena tengo, si Dios no me la da de limosna y gracia, pues ni aun el ser que tengo es mío, sino de Dios, sin el cual soy nada.
Considerando estos cinco actos, me avergonzaré por la falta que de ellos tuviere, suplicando al divino Espíritu me ayude a procurarlos según mi estado.

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.
La perfecta mansedumbre abraza estos actos:
El primero, reprimir los ímpetus de la ira y las turbaciones del corazón, conservando la quietud interior y exterior en el semblante del rostro y en los gestos del cuerpo.
El segundo, ser afable con todos, con palabras blandas, sin decir ninguna injuriosa ni desabrida, ni con voz desordenada o con porfía que cause turbación.
El tercero, no solamente no vengar las injurias, ni volver mal por mal, más bien no resistir con violencia injuriosa al que me hace injuria, llevando con serenidad mi desprecio, ofreciendo, si es menester, la mejilla derecha a quien me diere una bofetada en la izquierda, volviendo bien por mal, excusando al que me injuria y rogando a Dios que le perdone.
Y esta mansedumbre se ha de conservar con todos y en todos los negocios y sucesos, sin que se pierda, incluso si es necesario usar del celo de la justicia.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
El llanto bienaventurado abraza cuatro actos.
El primero, refrenar los demasiados entretenimientos, risas y juegos, cercenando no solamente los ilícitos, sino también algunos que pudieran tomarse sin pecado.
El segundo, es llorar los pecados personales, no tanto por el daño propio, cuanto por la ofensa divina. Esta son las primeras lágrimas son de contrición.
El tercero, llorar por los pecados de los hombres, tanto por su daño y condenación, como por la injuria que hacen a Dios, doliéndonos de ver cuán mal servido es. He aquí lágrimas de compasión.
El cuarto, es llorar nuestro destierro y la ausencia de Dios, suspirando por gozar de su presencia. Son estas, en fin, lágrimas de devoción.

Bien aventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán hartos.
El tener hambre y sed de justicia, abraza diversos actos, entre los cuales:
El primero es desear cumplir todas las cosas que son de justicia y obligación’ para con Dios y para con los prójimos, sin dejar ninguna, haciéndolas con mucho gusto, sin tedio ni fastidio, aunque sean desabridas a la carne.
El segundo acto es desear crecer más y más en las virtudes, pareciéndole ser poco lo que tiene y mucho lo que le falta.
El tercer acto es tener hambre y sed de que en el mundo haya esta justicia, y que todos la procuren y guarden.
El cuarto es tener entrañable hambre de recibir sacramental o espiritualmente a Cristo Nuestro Señor, que es nuestra justicia, y desear beber el agua viva de su gracia, corriendo con gran sed a los Sacramentos y a la oración y meditación, que son las fuentes de donde manan.
El quinto es desear fervientemente la corona de la justicia, suspirando por ver a Dios para sentarse con Cristo a su mesa y comer y beber lo que para siempre nos ha de hartar.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
La misericordia abrasa las catorce obras que llamamos de misericordia, siete corporales y siete, espirituales, ejercitándolas con tres condiciones para ser muy excelente.
La primera, que se extienda a todos los prójimos que padecen miseria, sin excluir a ninguno, aunque sea enemigo.
La segunda, que se extienda a remediar todo género de miseria corporal o espiritual, conforme a nuestro caudal; y si no tuviere posibilidad para remediar tal necesidad, a lo menos desear remediarla y pedir a Dios que la remedie, y procurar que otros la remedien.
La tercera es que se ejercite con interior compasión de la miseria ajena, sintiéndola como si fuera propia, dando primero el corazón compasivo, y después el don por sola caridad, sin esperar otra retribución, si no es de Dios.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
La perfecta pureza de corazón es la perfecta caridad, con las tres condiciones que pone San Pablo, diciendo que sea de corazón puro, con buena conciencia y fe no fingida.
La primera condición es pureza de corazón, purificándole, no sólo de pecados mortales, sino lo más que pudiere de veniales; de modo que, aunque toquen al corazón, no arraiguen ni se detengan por costumbre o acción estable.
La segunda, es limpieza y santidad de la conciencia, llenándola de limpios pensamientos y deseos, con limpias y santas obras.
La tercera, es sencillez en el trato con Dios y con los hombres, andando en verdad con todos, con sencillez y pura intención, sin doblez o engaños.
Esta pureza se llama de corazón, porque principalmente pertenece al alma y a la voluntad, y de allí se deriva al cuerpo en la pureza de la castidad conforme al estado de cada uno.

Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios.
Pacíficos son los que hacen paz; en lo cual hay cuatro grados muy excelentes:
El primero es pacificarse a sí mismo, sujetando su carne al espíritu, sus pasiones a la razón, y todo su espíritu a Dios.
El segundo es pacificarse con los demás hombres, procurando, cuanto es de su parte, tener paz con todos, sin darles ocasión de turbación, sino de mucha unión.
El tercero es pacificar a los prójimos entre sí, procurando concordar a unos con otros.
El cuarto y supremo es pacificar las almas con Dios, ayudando a reconciliarlas con Él y a reducir las criaturas al servicio de su Criador.

Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque suyo es el reino de los Cielos.
Las persecuciones son todo género de injurias y aflicciones, en bienes, honra, contento, salud y vida, de las cuales, o de algunas de ellas, ninguno se escapa. Porque regla general es, dice San Pablo, que todos los que quieren vivir con piedad en Cristo han de padecer persecuciones por Él.
Estas procuran los demonios por el odio que tienen a Dios nuestro Señor y a la virtud, y también sus ministros los hombres, así los enemigos descubiertos como los que se precian de amigos, con título de piedad; y hasta los padres, hermanos y deudos, dice Cristo nuestro Señor, nos entregarán a la muerte, pensando a veces que hacen servicio a Dios en ello.
La causa de estas persecuciones no serán delitos propios, como dice el apóstol San Pedro, sino la justicia; esto es, por guardar la fe y religión; por hacer las obras de virtud a que están obligados; por reprender los vicios y cumplir con sus oficios; por seguir la vida perfecta y religiosa a que son llamados.
El modo como se han de sufrirlas es con grande paciencia y alegría, teniendo por especial favor de Nuestro Señor padecer algo por su amor; porque padecer por la injusticia, o con impaciencia, no toca a esta bienaventuranza.

Elevémonos en espíritu al Cielo, contemplemos la gloria y la felicidad de los Santos y bendigamos al Señor que recompensa a sus escogidos con tanta magnificencia.
Unamos nuestras adoraciones y alabanzas a las de los bienaventurados que no cesan de exaltarle ni de día ni de noche, diciendo: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos.
Rindamos también nuestros homenajes a los Santos, a fin de reparar de este modo las faltas cometidas en la celebración de cada una de sus fiestas particulares, y suplir también el culto que no hemos dado a tantos Santos a quienes la tierra aún no conoce y que el Cielo ha coronado ya.
fuente:Radio Cristiandad

sábado, 29 de octubre de 2011

Sermones del Padre Juan Carlos Ceriani


FIESTA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO REY
(Extractado en su mayor partedel Cardenal Primado de España,Don Isidro Gomá y Tomás)

De la Carta del Apóstol San Pablo a los Colosenses: Hermanos: gracias damos al Padre que os ha hecho aptos para participar en la herencia de los santos en la luz. Él nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino del Hijo de su dilección, en quien tenemos la redención, el perdón de los pecados. Él es la imagen del Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en Él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por Él y para Él. Él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en Él su consistencia. Él es también la Cabeza del Cuerpo de la Iglesia. Él es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea Él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la Plenitud, y reconciliar por Él y para Él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos, en Cristo Jesús Nuestro Señor.
Por el hecho de la unión hipostática, Jesucristo quedó ungido Rey, Sacerdote y Maestro, sobre todos los reyes, sacerdotes y maestros de la humanidad.
Al tratar el tema de Jesucristo Rey, por ser hoy su Solemnidad, sean nuestras primeras palabras para proclamar su realeza a la faz del mundo: ¡Viva Jesucristo Rey!
Sí; Jesucristo es Rey, reconocido tal por todos los siglos cristianos desde su Encarnación. Desde el momento en que se le reconoció como Mesías, Jesucristo ha sido confesado Rey sobre todos los reyes.
Rey magnífico y poderoso, descrito por los antiguos Profetas, que debía someterlo todo al imperio de su cetro.
Sobre las sagradas rodillas de su Madre le adoraron como Rey los Magos de Oriente, y como tal le ofrecieron oro.
A los tres siglos de su nacimiento reyes y emperadores le rendían vasallaje, y su trono, la Cruz, era el símbolo de la realeza de Cristo que coronaba las mismas coronas reales.
Clavado en Cruz, en las primeras representaciones plásticas de su afrentoso suplicio, nos le ofrece el arte cristiano en la forma clásica de las antiguas majestades, cubierto de púrpura y ceñida la frente con real corona.
El Renacimiento lo reproduce ora sentado en rico trono con todos los atributos de la dignidad real, ora sosteniendo sobre sus rodillas el globo terráqueo, símbolo de su dominación universal.
El siglo XVI ve levantarse en Roma, en el centro de la plaza de San Pedro, un famoso monolito con la inscripción: Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera.
Sobre las colinas, montes y montañas, las generaciones le levantaron a Cristo Rey cruces monumentales, reproducción de su trono; y en los dinteles de los templos le pusieron lápidas conmemorativas de su reinado con la inscripción: Christus regnat.
Invitadas por el Sumo Pontífice Pío XI, las multitudes cristianas aclaman y adorar al gran Rey Jesús.
Y al grito de ¡Viva Cristo Rey! derramaron su sangre los mártires del siglo XX, sea en México, sea en España, sea en los gulags soviéticos o en las mazmorras castristas…
&&&
Pero este Rey, si bien no vacila en su trono, que tiene la firmeza de las cosas eternas, es discutido por los hombres que quieren sustraerse al poder de su cetro.
La falsa teología, la filosofía quimérica, la imaginaria ciencia, la política corrupta, el desviado derecho y las horribles artes de los tiempos modernos enfrentan la Realeza de Cristo y desean sacudir su autoridad e imperio.
Mientras Cristo Rey es discutido y falseado por hombres de voluntad perversa, es preciso que digamos a los hombres del laicismo político, filosófico o teológico, que quieren substraer las cosas humanas de la influencia del cetro dulcísimo y santísimo de nuestro Rey, que Jesucristo es el Rey universal y absoluto que tiene sobre todas las cosas creadas supremo y absolutísimo imperio, y que el ejercicio de su realeza es absolutamente necesario para el buen régimen del mundo, en todos los órdenes.
Y esto debe proclamarse, no sólo a la faz de los pueblos y de los que los gobiernan, sino que también debe confesarse paladinamente ante aquellos que ocupan indignamente los más altos cargos en la Iglesia, comenzando por Benedicto XVI.
En esta Fiesta de Cristo Rey debemos hacer nuestras las palabras que Monseñor Lefebvre dirigiera al Cardenal Ratzinger en julio de 1987: No podemos colaborar con ustedes, es imposible, porque trabajamos en dirección diametralmente opuesta: ustedes trabajan en favor de la descristianización de la sociedad, de la persona humana y de la Iglesia, mientras que nuestros esfuerzos están dirigidos hacia la cristianización; no podemos, por tanto, entendernos.
Para nosotros N.S.J.C. lo representa todo. Es nuestra vida; la Iglesia es N.S.J.C., es su Esposa Mística; el sacerdote es otro Cristo; su Misa es el sacrificio de Jesucristo y el triunfo de Jesucristo por la Cruz.
En nuestros seminarios se enseña a amar a Cristo y todo se haya dirigido hacia el Reinado de Nuestro Señor Jesucristo. Esto es lo que somos, y ustedes se dedican a hacer lo contrario.
Usted acaba de decirme que la sociedad no debe ni puede ser cristiana, que eso sería ir contra su naturaleza.
Usted acaba de intentar demostrarme que Nuestro Señor Jesucristo no puede reinar en las sociedades.
Usted ha intentado demostrar que la conciencia humana se halla libre de responsabilidad con respecto a N.S.J.C., que hay que dejarle en libertad y concederle, usando sus mismas palabras, un espacio autónomo: eso es la descristianización.
Pues bien, nosotros somos partidarios de la cristianización, no podemos, por tanto, entendernos.
Y a los descreídos y a los ilusos hay que decirles que las vicisitudes de las cosas humanas, que los cálculos de la política humana, no son capaces de cambiar la naturaleza de las cosas; y que Jesucristo es Rey, y lo será eternamente, por su misma naturaleza, pese a todas las democracias, de cualquier matiz que sean; pese a toda tendencia igualitaria; pese a toda fuerza ideológica que se empeñara en disminuir su realeza o aniquilarla.
Y está escrito que toda raza y nación que no sirva a este Rey perecerá, y tales pueblos serán destruidos y asolados.
Ningún pueblo podrá invocar jamás título alguno, ni en nombre de la democracia, ni de la moda política, ni de la religión o de la irreligión, que pueda ser atentatorio a los derechos sustantivos e imprescriptibles del Rey Jesús, cuyas divinas credenciales, cuyos títulos hereditarios, cuya posesión histórica y cuyos derechos personales están a una distancia infinita de las pequeñeces humanas.
&&&
Cuanto más reinan el laicismo, la apostasía y el ateísmo, tanto más hemos de proclamar la Soberana Realeza de Jesucristo.
Contemplemos, pues, a Cristo Rey, para nuestra edificación espiritual; para aumentar nuestra fe en esta verdad tan consoladora como magnífica; para que sepamos dar la razón de nuestra creencia a nuestros enemigos; para intensificar en nosotros y en nuestros prójimos el Reino de Jesucristo.
La Misa de Cristo Rey es rica en enseñanzas y matices: la Epístola nos presenta los Títulos que Jesucristo tiene a la Realeza; el Evangelio nos instruye sobre la Naturaleza del Reino de Jesucristo; y el Prefacio proporciona las principales Características del dicho Reino.
Hoy nos detendremos solamente en la Epístola de la Fiesta, es decir en los Títulos de la Realeza de Jesucristo
&&&
Es rey el que tiene derecho a regir; y este derecho se funda en títulos legítimos: la herencia, la conquista, la elección, que dan al sujeto que los posee el carácter y las atribuciones de rey.
Jesucristo ostenta diversos títulos para ejercer la realeza universal y absoluta sobre todo el mundo visible e invisible.
La divina Escritura está llena de pasajes en que se afirma paladinamente la realeza del Mesías.
Pero sobre todos los pasajes que nos representan al futuro Mesías como Rey, Dominador, con amplia potestad legislativa y judicial sobre todo el mundo, está el magnífico texto de la epístola de San Pablo a los fieles de Colosa que se lee en la Misa de esta Fiesta de Jesucristo Rey.
El fragmento no es ya profético, sino histórico. Es una apología de la Persona histórica de Jesucristo Rey, contra el que se han levantado ya las primeras herejías.
Y San Pablo, enamorado como está de la Persona de Jesús, resume en este bellísimo trozo los principales títulos de la Realeza de Jesucristo. Es un tratado de Cristología lleno, breve, pero sintético, en que cada una de las palabras parece gravitar sobre la cabeza del Redentor para formarle una magnífica corona de Rey de cielos y tierra.
&&&
La argumentación de San Pablo contra los enemigos de la fe, que han sembrado la cizaña del error en la ciudad de Colosa, se reduce a vindicar la soberanía universal y absoluta de Jesucristo sobre todo.
Los falsos doctores habían enseñado a aquellos cristianos que sobre Jesús están algunos ángeles; y contra esta afirmación vindica la supremacía de Jesucristo sobre todos ellos por su igualdad de naturaleza con Dios: es el primer argumento del Apóstol.
Los ángeles, decían aquellos predicadores de la mentira, son intermediarios de los hombres con Dios, con ventaja sobre Jesucristo: San Pablo demuestra la unidad de la mediación soberana de Cristo, y ello le da lugar a desarrollar el argumento de la unión hipostática, que constituye a Jesucristo sobre toda criatura, y el de la redención de la humanidad, que le da el título de Rey por conquista del Reino de Dios en el mundo por su victoria sobre Satanás: son dos razones más, poderosísimas, de la Realeza de Jesucristo.
De aquí deriva un cuarto argumento: la capitalidad de Jesucristo sobre toda la Iglesia, lo que le constituye Rey sobre toda Humana criatura.
&&&
Jesucristo, dice el Apóstol, es la imagen de Dios invisible, y con ello inicia el argumento profundo que da de la divinidad de Jesucristo.
Dios es el Rey soberano e invisible del mundo. El título de Creador de todas las cosas le da el derecho inalienable de propiedad, de señorío, de dominio, de autoridad y régimen sobra toda la creación, visible e invisible.
Luego tiene sobre ellos potestad absoluta.
Los reyes en tanto tienen autoridad sobre sus reinos en cuanto participan de la suprema autoridad de Dios sobre todo.
Pues bien, dice San Pablo, Jesucristo es Dios, porque es la Imagen de Dios invisible, imagen sustancial, viva, real de la divina esencia, que constituye a Jesucristo en Persona divina, con todos los derechos anejos a la divinidad.
&&&
Señalada la cumbre de la argumentación, San Pablo indica las características de la Persona divina de Jesucristo. Es el primogénito de toda criatura… Ninguna criatura es, por lo mismo, anterior ni superior a Jesucristo. Al engendrarle, el Padre ha vaciado en Él la plenitud de su naturaleza y le ha hecho partícipe con Él del derecho de primada sobre todo el mundo.
Y sigue el Apóstol dando una razón, bella y profunda, de estos derechos primaciales de Jesucristo sobre todo.
Porque en Él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por Él y para Él… Es decir, todo es inferior a Él; porque es la causa ejemplar, según la cual se han hecho las cosas visibles e invisibles.
No sólo es tipo y ejemplar, sino que es Creador con el Padre.
El tipo o ejemplar, sigue el Apóstol, es no sólo superior, sino anterior a lo que según él se hace. Por lo mismo, Jesucristo es anterior a todas las cosas, porque preexiste antes que todas ellas en cuanto es eterno como el Padre, del cual es imagen eterna.
&&&
Más aún, como el rey es el vigor y sostén de la sociedad que gobierna, porque la autoridad es la forma y el aglutinante de la comunidad, así Dios, Rey inmortal e invisible de todas las cosas, es el vigor tenaz que las sostiene en esta maravillosa cohesión, que hace del mundo un todo armónico.
Este atributo de Dios, sigue el Apóstol, es también propio de Jesucristo: Todas las cosas persisten o subsisten en Él. Por lo mismo, Jesucristo no sólo es el Creador de todo, superior y anterior a todo, sino que sigue siendo el principio de cohesión del universo y la razón de su existencia y armonía.
Un acto de la voluntad divina de Jesucristo reduciría el mundo de la materia y del espíritu a la nada de donde todo salió.
Jesucristo es Dios; es el Unigénito, la Idea única del Padre, Creador con el Padre, que todo lo sostiene y gobierna con el Padre. Por esto es Rey universal y absoluto como el Padre.
Nosotros, pobres seres de la creación, somos vasallos de Jesucristo, siervos de Jesucristo, por título de creación: Venid, adoremos a Jesucristo, Rey de reyes.
Y ponderad la profunda aberración de los hombres al negarse a servir a Jesucristo, o avergonzarse de ello, o al intentar, insensatos, echarle de la sociedad…
&&&
Hay otros, títulos en que se funda la Realeza de Cristo, no en cuanto, es Dios sino en cuanto hombre; porque también como hombre tiene, absoluta soberanía sobre todo.
El Verbo de Dios, eterna Imagen del Altísimo, se hizo carne en las entrañas purísimas de una Virgen Inmaculada, es decir, tomó una naturaleza humana y la unió a su Persona divina, resultando un Hombre-Dios. Dios, porque en Jesucristo hay una Persona y una Naturaleza divina como en el Padre y el Espíritu Santo; Hombre, porque tiene alma y cuerpo como todo hombre; Hombre-Dios, porque la naturaleza humana está substancialmente unida a la Persona divina del Verbo, no formando más que un solo sujeto.
Pues bien, Jesucristo tiene la absoluta preeminencia sobra todas las cosas, es decir, tiene absoluta realeza sobre todo, porque Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la Plenitud de la divinidad, no en una forma accidental y pasajera, sino substancialmente, según toda su plenitud personal.
Más abajo, en la misma Carta, dice el Apóstol, concretando más su pensamiento, que en Cristo habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente, esto es, substancialmente, o mejor, por contraposición al estado del Verbo antes de la Encarnación, conviviendo en un cuerpo humano, con una naturaleza humana.
Pero esta unión substancial con Dios, dice Pío XI siguiendo a San Cirilo de Alejandría, implica en Jesucristo, hasta en cuanto es hombre, el principado sobre todas las cosas.
Ángeles y hombres deben adorar a Cristo como Dios, pero deben estar sujetos a su imperio en cuanto hombre. La unión hipostática importa en Jesucristo-hombre una triple unción de la divinidad: unción de Rey, de Sacerdote y de Maestro.
La jerarquía divina del poder, de la santidad y de la doctrina elevan la naturaleza humana de Jesús sobre todo poder, sobre toda santidad, sobre toda inteligencia creada, porque Dios es el Sumo Poder, la Suma Santidad, la Suma Sabiduría.
¡Qué grande aparece Jesucristo a la luz de estas palabras de San Pablo: En Él habita toda la plenitud de la divinidad!
No nos extraña, pues, que David lo viera en el Salmo sacerdotal y real y dijera de Él: Dijo el Señor a mi Señor, es decir, dijo el Padre al Hijo hecho hombre: Siéntate a mi derecha, mientras pongo a tus enemigos por escabel de tus pies.
Porque el hombre Jesucristo, que es una misma cosa con Dios, tiene que estar investido de la suprema magistratura, del supremo poder legislativo, judicial y ejecutivo, sobre toda la creación.
No debe extrañarnos que el mismo Apóstol dijera que ante el Nombre de Jesús doblan la rodilla el cielo, la tierra y los abismos.
&&&
Jesucristo es Dios; Jesucristo es el Hombre-Dios; por estos dos títulos ciñe la corona de Rey, sobre todos los reyes.
Pero dejando estas alturas de la divinidad y de la unión hipostática, se detiene San Pablo en una de las funciones de Jesucristo que le hacen acreedor por otro título a la corona real: es el título de Redentor de los hombres: …reconciliar por Él y para Él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos
¡Reconciliar con Dios los cielos y la tierra! Esta es la obra capital de Jesucristo; para esto vino al mundo; por esto está clavado en la cruz, para reconciliarnos por la muerte en el cuerpo de su carne, dice gráficamente el texto, y hacernos santos, inmaculados, irreprensibles ante Dios…
Todo está ya reconciliado con Dios por la Sangre del Hombre-Dios. La Sangre de Jesucristo ha hecho la paz entre los cielos y la tierra.
Este Hombre-Dios, por este hecho, ha comprado el mundo de la humanidad pecadora; lo ha recomprado, que este es el sentido de la palabra redención. Y hemos sido comprados con un gran precio, dice San Pablo: la Sangre del Hombre-Dios.
Ya no nos extrañe que en la misma Carta el Apóstol presente a Jesucristo como un conquistador que, arrebatando a los poderes infernales todo el botín, y haciéndolos prisioneros, levanta sobre el derrotado ejército que nos tenía esclavizados la bandera del triunfo…
No nos extrañe que la Iglesia, en los días de la Pasión de Jesucristo, que son los días de su victoria, entone, con voces agudas de clarín guerrero, el himno regio de Cristo vencedor en la Cruz: Vexila Regis prodeunt
¡Viva el Rey!, clamemos ante este incomprensible trono de su Realeza que es la Cruz.
Aquí tenéis a Jesucristo, que en la cumbre del Calvario se levanta sobre todos los hombres, porque es Dios, y es ungido Rey de todos ellos con el óleo divino de su Sangre: ¡Viva el Rey!
&&&
Pero Jesús muere, y de su costado abierto nace la Iglesia; y en este misterio de la formación de la sociedad sobrenatural de los redimidos ve el Apóstol otro título de la realeza de Jesucristo.
Oíd sus palabras, que también son de la Epístola de esta fiesta: Él es también la Cabeza del Cuerpo de la Iglesia.
La Iglesia, a la que por gracia de Dios y dicha nuestra pertenecemos, es un Cuerpo Místico, y es un Reino: es el Reino de los Cielos en la tierra, dice san Gregorio. Y Jesucristo es el Rey de este Reino.
&&&
Por todos estos títulos, concluye el Apóstol, tiene Jesucristo la suprema Realeza, el supremo dominio sobre todas las cosas.
Después de todo ello, y dejando ya el magnífico texto de la Epístola de la Misa de hoy, repitamos con la santa Iglesia: Venid, adoremos a Jesucristo, Rey de reyes… Dios, infinito como el Padre; Hombre-Dios, en quien mora la plenitud de la divinidad que le encumbra sobre los espíritus celestiales, cuanto más sobre la creación visible; Redentor de los hombres, a quienes rescató triunfando de su antiguo dominador; Autor de la Iglesia, que es el reino de Dios en la tierra…
Jesucristo debe tener, por derecho propio fundado sobre todos estos títulos, un trono en el pensamiento y en el corazón de todos los hombres, como lo tiene sobre toda la creación visible, que no es más que el escabel de sus pies.
&&&
Venid, adoremos a Jesucristo, Rey de reyes
Toda la creación doblega sus rodillas ante el gran Rey; sólo el hombre, insensato, por debilidad, por cobardía o por perversidad, es capaz de negarle pleitesía a Jesucristo Rey.
Que no sea así jamás; y para ello, digámosle a Jesucristo Rey aquellas palabras de la Liturgia, que parecen un grito contra la libertad del hombre, pero que de hecho son la salvación del hombre si las hace eficaces:Señor Rey, ¡Subyuga a tu imperio hasta nuestras voluntades rebeldes!
¡Rey nuestro, Jesús, Salvador nuestro! Al celebrar tu realeza, no queremos contentarnos con rendirte los efímeros tributos de nuestra devoción, sino que queremos que tomes posesión de nuestra libertad.
Usa de ella, Rey nuestro, como te plazca, que mejor que en nuestras manos pecadoras, está en las tuyas santísimas, que pueden hacer de ella la obradora de nuestra salvación, temporal y eterna.
¡Rey nuestro, Jesús! Somos rebeldes a tu cetro, lo hemos sido mil veces: recibe nuestra libertad, véncela, subyúgala, para que jamás pueda levantarse contra Ti.
Venga a nos el tu Reino, Jesús Rey…
Venga tu Reino en los individuos, en las familias, en la sociedad, para que después de haber sido dignos súbditos de tu cetro, podamos formar parte del Reino eterno de la gloria, donde con el Padre y el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén
fuente: Radio Cristiandad