“Prefiero equivocarme creyendo en un Dios que no existe, que equivocarme no creyendo en un Dios que existe. Porque si después no hay nada, evidentemente nunca lo sabré, cuando me hunda en la nada eterna; pero si hay algo, si hay Alguien, tendré que dar cuenta de mi actitud de rechazo”Blas Pascal

jueves, 31 de mayo de 2012

Libros Selectos (parte 1)

"Las Maravillas de la Gracia Divina"
Matthias Joseph Scheeben

LIBRO PRIMERO
"LA ESENCIA DE LA GRACIA"

Capítulo I:
Del lamentable desprecio que los hombres hacen de la gracia

La gracia de Dios -objeto de este libro- es un destello de la bondad divina que, viniendo del cielo al alma, la llena, hasta sus profundidades, de una luz tan dulce y a la vez tan potente que embelesa el mismo ojo de Dios; se convierte en objeto de su amor y se ve adoptada como esposa y como hija, para ser finalmente elevada, sobre todas las posibilidades de la naturaleza. De esta suerte, en el seno del Padre celestial, junto al Hijo divino, participa el alma de la naturaleza divina, de su vida, de su gloria y recibe en herencia el reino de su felicidad eterna.
Estas palabras, cada una de las cuales anuncia una nueva maravilla, exceden con mucho el alcance de nuestra razón. Ni podemos extrañarnos de no podernos formar una idea acerca de estos bienes, siendo así que los mismos ángeles, aun poseyéndolos, apenas pueden apreciar su valor. Fijas sus miradas en el trono de la misericordia divina, no pueden hacer otra cosa que adorar con el más profundo respeto, si es que no se asombran otro tanto al considerar nuestra locura, al ver que tan poco estimamos la gracia de Dios y somos tan negligentes para procurarla, como fáciles para rechazarla. Lloran nuestro infortunio cuando por el pecado perdemos esta dignidad celeste a la que Dios nos había elevado. Estábamos sobre los ángeles y ahora nos encontramos en el fondo del abismo, entre las bestias y los demonios. ¡Cómo estaremos de endurecidos, insensatos, que apenas lo sentimos!

Enseña el Ángel de la Escuela que el mundo entero, con todo lo que contiene, a los ojos divinos tiene menos valor que un solo hombre en estado de gracia[1]. San Agustín va más lejos y afirma que el cielo y todos los coros de ángeles no pueden comparársele[2]. El hombre debiera estar más reconocido a Dios por la menor gracia que si recibiera la perfección de los espíritus puros o el dominio de los mundos celestiales. ¿Cómo no ha de aventajar entonces la gracia a todos los bienes de la tierra?

A pesar de todo, se le prefiere cualquiera de estos bienes y se la canjea, ¡sacrilegio horrendo!, con los más abominables; se juega con ella, se burla de ella.
No se avergüenzan los hombres de sacrificar a la ligera esta plenitud de bienes que Dios nos ofrece a una consigo mismo, ¡y todo por no tenerse que privar de· una· mirada impura! Más insensatos que Esaú, venden su herencia por el miserable goce de un instante. ¡Y eso que sobrepujaba en valor a todo el mundo!
“Asombraos, cielos; puertas del empíreo, declaraos en duelo”[3].

¿Quién sería tan temerario e insensato que, para procurarse un breve deleite, hiciera desaparecer el sol del mundo, y decretara la caída de las estrellas e introdujera la confusión en todos los elementos? ¿Quién osaría sacrificar todo el mundo a un capricho, a una codicia? ¿Qué supone la pérdida del mundo en comparación de la pérdida de la gracia? ¡Y pensar que esto se lleva a cabo con tanta facilidad y frecuencia! Tal hecho acontece, no digo a diario, sino a cada instante y en muchísimos hombres. ¿Cuántos son los que se esfuerzan por impedirlo sea en sí mismos, sea en otros? ¿Cuántos los que se entristecen y lloran por ello?
Nos estremecemos cuando se oscurece el sol por un instante, cuando un terremoto devasta una ciudad, cuando una epidemia siega a hombres y animales. Sin embargo se da algo mucho más terrible y más triste, que se repite a diario sin que nos conmovamos: el que tantos hombres pierdan de continuo la gracia de Dios y desprecien las ocasiones más favorables de procurarla y acrecentarla.

Temblaba Elías ante la conmoción de la montaña[4]; el profeta Jeremías estaba inconsolable en vista de la destrucción de la ciudad santa; el derrumbe del bienestar de Job sumergió a sus amigos, durante siete días, en un dolor mudo. ¡Lloremos nuestra desdicha! Nunca será suficientemente intenso nuestro duelo, si hemos llegado a destruir en nuestra alma el paraíso de la gracia. Pues en tal caso, perdemos el reflejo de la naturaleza divina; nos privamos de la reina de las virtudes, la caridad, con todos los efectos sobrenaturales; arrojamos de nosotros los dones del Espíritu Santo y al mismo huésped celestial; rechazamos· nuestra filiación divina, las ventajas de la amistad de Dios, el derecho a su herencia, el fruto de los sacramentos y de nuestros méritos; en una palabra, desechamos a Dios, el cielo, la gracia con todos sus tesoros.
El alma que pierde la gracia puede aplicarse a sí propia la lamentación de Jeremías sobre Jerusalén: “¿Cómo el Señor, en su cólera, ha cubierto de una nube a la hija de Sión? Ha precipitado del cielo sobre la tierra la magnificencia de Israel; en el día de su cólera no se acordó del escabel de sus pies. El Señor ha destruido sin piedad la morada espléndida de Jacob”[5]. ¿Dónde encontrar a quien reflexione en su infortunio, al que se lamente, al que se ponga en guardia contra nuevos pecados? “Toda la tierra fue cubierta de destrucción, porque no se encontró una persona que se inquietara[6].

Salta a la vista que amamos poco nuestra verdadera dicha y que apenas reconocemos el amor infinito con que Dios nos previene y los tesoros que nos ofrece. Obramos como aquellos Israelitas a los que Dios quería sacar de la esclavitud de Egipto y del árido desierto, para llevarlos a un país en el que fluían leche y miel. Despreciaron este don inmerecido; desdeñaron hasta la mano que Dios les tendía en el camino, le volvieron las espaldas y ansiaron nuevamente “las ollas de carne de Egipto”[7]. La tierra de promisión era una imagen del cielo, prometido por Dios a sus elegidos; el maná significaba la gracia de que debemos alimentamos y tomar fuerzas en el camino de la patria celestial. Si ya entonces “levantó Dios su mano vengadora contra los que despreciaban un país tan bello, tan apetecible, y los hizo perecer en el desierto”[8], ¿cuál será el precio que deberemos pagar nosotros por haber despreciado el cielo y la gracia?

Causa de este deplorable menosprecio es que nuestros sentidos nos dan una idea demasiado alta de los bienes perecederos, y nuestro conocimiento de los bienes eternos es sobrado superficial. Consideremos con más atención estos dos extremos y procuremos reparar nuestro error. El aprecio de los bienes celestiales aumentará en nosotros en la misma medida en que baje el aprecio de los bienes terrenos[9]. Acerquémonos todo lo posible a esta fuente inagotable de la gracia divina; esas riquezas robarán nuestra atención y harán que despreciemos los bienes de la tierra. En esa forma, aprenderemos a estimarla. Aquél que venera y alaba la gracia -dice san Juan Crisóstomo- la guardará y vigilará celosamente[10].

Comencemos, pues, con la ayuda de Dios, “la alabanza de la gloria de su gracia”[11].
Dios todopoderoso y bueno, Padre de las luces y de las misericordias, “de quien procede todo don”[12], “Tú que, según el designio de tu voluntad nos has adoptado por la gracia, que desde el principio del mundo escogiste y predestinaste para nosotros a tu Hijo, para que como hijos tuyos seamos santos e inmaculados en tu presencia con un santo amor”[13], concédenos el espíritu de sabiduría y de revelación, aclara los ojos de nuestro corazón, y así conoceremos “la esperanza de tu elección, las riquezas de la gloria de tu herencia en tus santos”[14]. Dame luz y fuerza, para que consiga no disminuir con mis palabras este don de la gracia, por la cual tú arrancas a los hombres del polvo de su raza mortal y los adoptas en tu divina familia.
Señor Jesucristo, Salvador Nuestro, Hijo de Dios vivo, por tu sangre divina derramada para salvarnos y restituirnos la gracia, haz que logre mostrar, según mis débiles fuerzas, el valor inestimable de esa gracia comprada por ti a semejante precio.
Y tú, Espíritu supremo y santo, sello y prenda del divino amor, huésped santificador de nuestra alma, por quien la gracia y la caridad se derraman en nuestro corazón, tú que mediante tus siete dones las nutres y las sostienes y que jamás das la gracia sin que te des a ti mismo, revélanos su esencia y su valor inapreciable.
Santa Madre de Dios, Madre de la divina gracia, haz que pueda mostrar a los hombres, convertidos por la gracia en hijos de Dios e hijos tuyos, los tesoros por los cuales ofreciste a tu divino Hijo.
Santos ángeles, espíritus glorificados por el resplandor de la gracia divina, y vosotras, almas santas, que pasasteis de este destierro al seno del Padre celestial, todos cuantos allá arriba gozáis del fruto de la gracia, ayudadme con vuestras plegarias para que, disipadas las nubes que ocultan a mis ojos y a los ojos de los demás el sol de la gracia, luzca éste en todo su brillo y, por su resplandor, despierte en nuestros corazones el amor y la nostalgia de la vida imperecedera.

Capítulo II:
La gracia es superior a los bienes de la naturaleza

Examinemos primeramente la gracia en su aspecto menos noble. Aun así, opinan los teólogos, es infinitamente superior a todas las cosas naturales.
Dice san Agustín: “Según las palabras del Salvador, el cielo y la tierra pasarán, pero la salvación y la justicia de los elegidos permanecerán; los primeros contienen las obras de Dios, los segundos la imagen de Dios[15]. Enseña santo Tomás, ser cosa más notable conseguir que el pecador vuelva a la gracia que crear el cielo y la tierra[16]. Esta última obra termina en las criaturas contingentes; la gracia nos introduce a participar de la naturaleza inmutable de Dios. Cuando Dios creó las cosas visibles, se construía una morada; cuando da al hombre una naturaleza espiritual, puebla su mansión de servidores; pero cuando le da su gracia, lo adopta en su seno, lo hace hijo suyo, le comunica su vida eterna.
En una palabra, la gracia es un bien sobrenatural, es decir, un bien que ninguna naturaleza creada lo puede poseer por sí misma, ni exigirlo; pues de suyo corresponde únicamente a la naturaleza divina. Tan es así que la mayoría de los teólogos establecen que Dios, a pesar de su omnipotencia, es incapaz de crear un ser al que corresponda la gracia por su misma naturaleza[17]; llegan hasta afirmar que, si una tal criatura se diera en efecto, no se distinguiría de Dios.
A ello se agrega lo que con tanta claridad y frecuencia ha afirmado la Iglesia[18]: ningún hombre, ninguna criatura lleva en sí el germen de la gracia. Como tantas veces lo ha hecho notar san Agustín[19], la naturaleza se refiere a la gracia como la materia inanimada al principio de vida. La materia, como muerta que es en sí misma, no puede darse la vida, debe recibirla de otro cuerpo viviente. Del mismo modo, la criatura racional de suyo no posee la gracia, ni la puede adquirir por su actividad ni por sus méritos; sólo Dios, en su bondad, puede otorgársela, haciendo gala de su poder, envolviendo la naturaleza en su virtud divina.

¿Cuál no será la grandeza de este bien que de tan lejos aventaja a la naturaleza y hasta al poder y los méritos de los mismos ángeles?[20]
Un hombre muy piadoso e instruido afirmó que todas las cosas visibles están infinitamente por debajo del hombre[21]. Observó san Juan Crisóstomo que nada en el mundo es comparable al hombre. Añade san Agustín que prefiere ser justo y santo que hombre o ángel[22], Y santo Tomás agrega que la gracia tiene más valor que el alma.
La gracia supera todas las cosas creadas como Dios mismo, ya que no es otra cosa sino la luz sobrenatural que desde la profundidad de la divinidad se expande sobre la criatura racional. El sol y su luz son inseparables. Si el sol es mucho más precioso y perfecto que la tierra, de suyo oscura, su luz lo será de la misma manera. Con la gracia pasa otro tanto. Nuestra naturaleza es la tierra que recibe los rayos del sol divino, que la penetran y la glorifican; se convierte en una especie de naturaleza divina. Dios, a quien poseemos por la gracia, no encierra únicamente las perfecciones de todas las cosas; es infinitamente más perfecto que todas ellas juntas. Igualmente, la gracia es más preciosa que todos los bienes creados. Se puede afirmar de ella lo que se ha dicho de la Sabiduría: “Ella es superior a los tesoros más preciosos; ninguna cosa, por apetecible que sea, puede comparársele”[23].

Elevemos, pues, nuestras miradas hacia esos tesoros; veamos si deben desdeñarse o si por el contrario son dignos de que los busquemos con todo el ardor de nuestro corazón. Aun cuando poseyéramos todos los bienes de la naturaleza, oro, plata, poderío, reputación, ciencia, artes, todas estas riquezas se esfumarían ante la gracia como un montón de tierra junto a una piedra preciosa. Por el contrario, aunque seamos pobres en absoluto, la gracia de Dios por sí sola nos hace más ricos que todos los reyes de este mundo; poseemos lo mejor que Dios puede darnos. Canta el Salmista: “La misericordia de Dios se extiende sobre todas las criaturas”[24]. Reza la Iglesia en su oración: “… Oh Dios que manifiestas tu poder singularmente al perdonarnos y al usar de misericordia”.
¡Seamos reconocidos a Dios por semejante don! Agradezcámosle porque nos sacó de la nada. Como canta el Salmista, “todas las cosas las ha puesto bajo nuestros pies, las ovejas y los bueyes, las aves del cielo y los peces del mar”[25]. Es hora de que exclamemos con él: “¿Quién es el hombre para que lo recuerdes y el hijo del hombre para que lo visites?”[26]. ¡Cuánto más debemos agradecerle los tesoros sobrenaturales de la gracia y guardarlos con sumo cuidado!
Esa es la razón por la que un sabio teólogo, el Cardenal Cayetano, asegura que no debemos perder de vista los castigos reservados para los que desprecian la gracia. Nuestro castigo será, semejante al de aquellos hombres del Evangelio que, invitados por el rey a su festín, prefirieron su propio interés o su goce. También nosotros, atolondrados e ingratos, despreciamos la invitación al festín de Dios, para ceder luego a la invitación del mundo y del demonio, que con sus viles placeres nos vendan los ojos. El demonio nos da cosas harto inferiores a las de Dios; no lo hace para que seamos felices, sino para perdemos. Dios, con liberalidad y por amor, nos da una piedra de valor incalculable, en tanto que el demonio, con avaricia y por odio, nos da una moneda resplandeciente, pero vil. Se necesita ser loco para abandonar la piedra preciosa y comprar esta moneda falsa, con la que nos arruinamos.
La distancia inconcebible que hay entre la gracia y los bienes de la naturaleza no solamente debe impedirnos la pérdida de aquélla por el pecado mortal, sino que debe impulsarnos a practicar con empeño las virtudes que aumentan la gracia en nosotros. Te concedo que nada pierdes con dejar la misa negligentemente entre semana, con omitir una oración no impuesta o una obra de misericordia, de mortificación, de humildad; con todo, no puedes negar que es una pérdida incalculable para ti el no aumentar tu capital cuando tan fácilmente lo podrías conseguir, puesto que el menor grado de gracia excede en valor a todos los bienes de este mundo.

Si a un avaro le fuera dado ganar, mediante un ayuno o una oración, toda una flota, cargada de tesoros de la India, ¿quién sería capaz de impedirle esas prácticas? ¿Creéis que le detendrían las reflexiones acerca de lo pesado de su obra o del peligro a que exponía su salud? ¿Con qué derecho entonces nos apoyamos en motivos parecidos, siendo así que se trata de una recompensa, cuya menor parte supera infinitamente a todos los tesoros de la India, a todos los mundos juntos? A pesar de todo, ¡qué lentos somos para extender la mano, para imponemos la molestia de dar vuelta a un campo que en seguida produciría espigas de oro! Bastaría un suspiro, una lágrima, una buena resolución, un deseo piadoso, la sola invocación de Cristo, un gesto de amor, una súplica. Quién nos diera el imprimir bien profundamente en nuestro corazón las maravillas de la gracia, el repetir con una convicción profunda y viva estas palabras de un piadoso doctor: La gracia es la soberana y la reina de la naturaleza[27].

Capítulo III:
La gracia aventaja a los milagros

No bastaría afirmar que la gracia supera las cosas naturales, excede también a los milagros obrados por Dios.
Sabemos que la gracia divina se manifiesta preferentemente en las obras de su misericordia. Cuando más se destaca esta misericordia es al otorgar Dios su gracia al hombre. Veamos cómo interpreta san Agustín[28] esta notable promesa del Salvador: Los que creen en él realizarán cosas mayores que las llevadas a cabo por él mismo en la tierra[29]. Como ejemplo de ello -dice- podría servir el caso de san Pedro que, con su sombra[30], curaba los enfermos, cosa que no se lee de Nuestro Señor. Pero esta verdad aparece todavía con mayor claridad en la obra de la justificación, a la que los fieles deben cooperar personalmente en lo que a ellos se refiere y a los demás, cada cual a su manera. Es cierto que no somos nosotros los que producimos la gracia, pero no lo es menos que, con la ayuda de Dios, podemos prepararnos a recibirla, haciéndonos dignos de ella, infundiendo aliento a los demás, en una palabra, que podemos llevar a cabo cosas mayores que los milagros de Cristo.

Tanto para Dios como para la gracia es algo más glorioso que los milagros. Mediante el milagro, obrado de ordinario sobre la materia, Dios devuelve la salud o la vida. Por la gracia, su acción termina en el alma, por así decirlo la vuelve a crear, la eleva sobre su naturaleza, deposita en ella el germen de la vida sobrenatural, se reproduce en ella, le imprime la imagen de su propia naturaleza. ¿No es acaso éste el milagro más estupendo de la omnipotencia divina? La gracia supera la creación del cielo y de la tierra; no se la puede comparar sino con la eterna generación del propio Hijo de Dios. Es asimismo sobrenatural, grande, misteriosa, ya que, según la frase de san León, “nos hacemos participantes de la generación de Cristo”[31].
Cuando los santos obran milagros, Dios se vale de ellos como de intermediarios; para nada interviene el poder de los mismos. Cuando nos da la gracia, Dios exige de nosotros una cooperación más estrecha; quiere que, con su ayuda, nos preparemos a recibida; quiere que la aceptemos, que la conservemos, que la aumentemos.
¡Dignidad maravillosa la que Dios nos ha conferido! El se ha unido a nuestra alma como el esposo a su esposa. Nuestra alma, por la virtud que recibe, puede reproducir en sí misma la imagen divina, convertirse en hija de Dios. Admirable es también el poder que Dios ha dado a su Iglesia de comunicar, mediante su enseñanza y sus sacramentos, la gracia a sus hijos. ¿Puedes desear cosa mejor y colaborar a obra más bella? ¿Quieres llevar a cabo cosas grandes que causarán admiración, no digo a los hombres sumergidos en su locura, sino a los mismos ángeles? ¿Quieres convertirte en espectáculo para los ángeles y para el mundo? Trabaja por adquirir y aumentar la gracia en ti y en tu prójimo.

¡Si conocieran los hombres lo grande de su actitud, por un arrepentimiento sincero, romperían con el pecado y comenzarían una nueva vida! Aquí tenéis una obra más grande que resucitar un muerto, que sacar a un hombre de la nada. “Si Dios te ha hecho hombre, dice san Agustín, y tú -con la ayuda de Dios, se entiende- te haces justo, realizas una cosa mejor que la producida por Dios”[32].
Si, mediante un acto de arrepentimiento, pudieras devolver a tu hermano la vida, ¿serías tan cruel que no lo quisieras hacer? Por un acto de contrición, puedes resucitar, no ya tu cuerpo, sino tu alma y librarla de la muerte eterna. A pesar de ello, vacilas, rehúsas el socorro maravilloso que Dios te ofrece.
Nos enseña san Juan Crisóstomo que todavía excede en mucho el resucitar un alma herida a resucitar un cuerpo muerto[33]. Y en efecto; a menos que uno esté completamente ciego, ¿cómo puede preferir llevar una vida disipada, placentera, a introducir un alma a la vida eterna y a la gloria celestial? Si deseamos milagros para la conservación de nuestra vida terrena, ¿por qué no hemos de colaborar al milagro que devuelve la vida del alma?
El arrepentimiento, bien que de eficacia maravillosa, no es el único medio de obtener la gracia; todos los actos buenos, sobrenaturales, realizados en estado de gracia, aumentan ésta en nuestras almas. Cada grado de gracia adquirido nos coloca muy por encima de nuestra naturaleza y nos une más íntimamente con Dios. Si estuviera en nuestra mano obrar milagros materiales o llevar a cabo con toda facilidad grandiosos trabajos, de seguro que pondríamos sumo empeño en usar de tal poder. Haríamos cuestión de honor el no dejar improductivo semejante capital. Imitaríamos a los artistas y poetas que se esfuerzan en producir de continuo obras cada vez más bellas.
Consideremos la eficacia de toda buena acción para aumentar la gracia y para merecer la gloria eterna; no dejemos pasar un solo instante sin amar a Dios, sin rogarle y adorarle; avergoncémonos de emitir un suspiro que no sea para él. Alegrémonos con los Apóstoles por haber sufrido siquiera algo por Dios[34]. Si conociéramos cuánto sirve para aumentar nuestra dignidad un solo acto de virtud, buscaríamos todas las ocasiones propicias para realizarlo.

Nadie sería tan cruel que rehusara curar a un enfermo o hacer rico a un pobre, si lo pudiera conseguir mediante una modesta limosna. ¿No somos mucho más crueles nosotros con nuestra alma cuando, a tan poco costo, le negamos un aumento de la gloria celestial? Impregnemos todas nuestras acciones del espíritu de fe y de caridad, convencidos de que por cada una de ellas adquirimos un grado superior de gracia, cosa que excede en hermosura a todo lo natural y aventaja en grandeza a los mismos milagros.
Ya la adquisición de la gracia es uno de los mayores milagros. Entonces, ¿cómo es que no quedamos llenos de asombro por tal fenómeno? En primer lugar, porque es invisible, y además porque, a diferencia de otros milagros que suceden raras veces y por excepción, la gracia se adquiere de acuerdo a una ley general. Con todo, las características mencionadas debían hacérnosla más preciosa.

No es visible, pues afecta al alma y no al cuerpo; no la podemos ver, como tampoco podemos ver a Dios, a quien ella nos une. Dios dejaría de ser infinito, si naturalmente alcanzáramos a verlo. Así también la gracia, si nos fuera visible, dejaría de ser tan maravillosa.
Se nos da ésta según una ley general. La podemos adquirir mediante determinadas acciones. Tanto mejor se manifiesta por ello el amor y el poder de Dios. Y esta obra portentosa de la gracia no la realiza Dios, como en los milagros, parcamente, en casos raros y extraordinarios, en algunos sujetos determinados, sino que hace que acompañe todos nuestros actos; por decido así, desaparece en la corriente de nuestra actividad diaria.
¡Señor! ¿Desdeñaremos este don porque tú lo ofreces a todos, de continuo y con tanta facilidad? Si lo otorgara a un solo hombre y por una sola vez, ¿cómo podría pensar siquiera en rechazado? ¡Señor! Que tu generosidad excite en nosotros el recuerdo de tu bondad. ¡Señor! Haz que lo custodiemos con todas nuestras fuerzas y que hagamos honor a tu benevolencia.


[1] Santo Tomás, Suma teológica, I, II, q. 113, a. 9 ad 2. Acerca de la gracia en general véanse las cuestiones 109 a 114 de la misma parte.
[2] Ad Bonif., c. II, epist. Pel. l. 2, c. 6.
[3] Jeremías, II, 12.
[4] Libro tercero de los Reyes, XIX, 11. Dios sacudía la montaña ante Elías, para mostrarle que no se halla en la agitación.
[5] Lamentaciones, II, 1-2.
[6] Jeremías, XII, 11.
[7] Éxodo, XVI, 3,
[8] Salmo, CV, 24.
[9] San Bernardo, In ascensione Domini, s. 3, n. 7.
[10] In Ephes., Homil. I, n. 3.
[11] Efesios, 1, 6.
[12] Epístola de Santiago, I, 17.
[13] Efesios, I, 4-6.
[14] Efesios, I, 17-18.
[15] In Ioannem, tr. 72, 3.
[16] S. Th., I, II, q. 113, a. 9.
[17] Por ejemplo, SUÁREZ, De divina substantia, l. II, c. 9.
[18] San Celestino I. De gratia Dei indiculus. Segundo concilio de Orange. Concilio de Trento.
[19] Serm. 62, n. 2; 65, n. 3; 156, n. 6. In ps. 70, enarr. 2, n. 3; De Genesi ad lit., l. X, c. 6, n. 10.
[20] San Agustín, De civit. Dei, l. XII, c. 9. Santo Tomás, I, q. 62, a. 2.
[21] LESSIUS, De div. Perf., l. 1, c. 1.
[22] Serm. 15. De verbis Apostoli.
[23] Proverbios, VIII, 2.
[24] Salmo, CXLIV, 9.
[25] Salmo VIII, 7-9.
[26] Salmo VIII, 5.
[27] Gerson, Serm. de circumc.
[28] In loannem, tr. 72, 3.
[29] Juan, XIV, 12.
[30] Hechos, V, 15-16.
[31] Serm. 21, c. 3.
[32] Serm. 169 (15 De verbis Apostoli), c. II, n. 13.
[33] Tom. IV, hom. 4, Antiq. ad.
[34] Hechos, V, 41.




miércoles, 30 de mayo de 2012

"DE PADRES A HIJOS" (cuentos fabulas y demás)

"Fabulas Morales"
Felix.Samaniego

El muchacho y la fortuna
A la orilla de un pozo,
Sobre la fresca yerba, 
Un incauto Mancebo 
Dormía a pierna suelta. 
Gritóle la Fortuna: 
«Insensato, despierta; 
¿No ves que ahogarte puedes, 
A poco que te muevas?
Por ti y otros canallas 
A veces me motejan, 
Los unos de inconstante, 
Y los otros de adversa. 
Reveses de Fortuna 
Llamáis a las miserias; 
¿Por qué, si son reveses 
De la conducta necia?»




La codorniz

Presa en estrecho lazo 
La Codorniz sencilla, 
Daba quejas al aire, 
Ya tarde arrepentida.
«¡Ay de mí miserable 
Infeliz avecilla,
Que antes cantaba libre, 
Y ya lloro cautiva! 
Perdí mi nido amado, 
Perdí en él mis delicias, 
Al fin perdilo todo, 
Pues que perdí la vida. 
¿Por qué desgracia tanta? 
¿Por qué tanta desdicha? 
¡Por un grano de trigo! 
¡Oh cara golosina!»»
El apetito ciego
¡A cuántos precipita, 
Que por lograr un nada, 
Un todo sacrifican!


A los Lectores:

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Esperamos sus comentarios,criticas,sugerencias sera todo tomado en el Señor para mayor Gloria de Dios y la Santa Iglesia.Gracias por su tiempo.

Libros Selectos (parte1)

"EL SECRETO ADMIRABLE DEL SANTO ROSARIO"
San Luís María Grignion de Montfort


"Saludad a María, que ha trabajado mucho en vosotros" (Rom 16, 6)

Primera decena

Excelencia del Santo Rosario manifestada por su origen y su nombre

1ª Rosa: Las oraciones del Santo Rosario

El Rosario encierra dos realidades: la oración mental y la vocal. La oración mental en el Santo Rosario es la meditación de los principales misterios de la vida, muerte y gloria de Jesucristo y de su Santísima Madre. La oración vocal consiste en la recitación de quince decenas de Avemarías precedidas de un Padrenuestro, unida a la meditación y contemplación de las quince principales virtudes que Jesús y María practicaron, conforme a los quince misterios del Santo Rosario. En la primera parte, que consta de cinco decenas, se honran y consideran los cinco misterios gozosos; en la segunda, los cinco dolorosos; y en la tercera los cinco misterios gloriosos. De este modo, el Rosario constituye un conjunto sagrado de oración mental y vocal para honrar e imitar los misterios y virtudes de la vida, muerte, pasión y gloria de Jesucristo y de María.

2ª Rosa: Origen del Santo Rosario

El Santo Rosario, compuesto fundamental y sustancialmente por la oración de Jesucristo (el Padrenuestro), la salutación angélica (el Avemaría) y la meditación de los misterios de Jesús y María, constituye, sin duda, la primera plegaria y la primera devoción de los creyentes. Desde los tiempos de los apóstoles y discípulos ha estado en uso, siglo tras siglo, hasta nuestros días. Sin embargo, el Santo Rosario, en la forma y método de que hoy nos servimos en su recitación, sólo fue inspirado a la Iglesia, en 1214, por la Santísima Virgen que lo dio a Santo Domingo para convertir a los herejes albigenses y a los pecadores. Ocurrió en la forma siguiente, según lo narra el beato Alano de la Rupe en su famoso libro titulado “Dignidad del Salterio Mariano”. Viendo Santo Domingo que los crímenes de los hombres obstaculizaban la conversión de los albigenses, entró a un bosque próximo a Tolosa y permaneció allí tres días dedicado a la penitencia y a la oración continua, sin cesar de gemir, llorar y mortificar su cuerpo con disciplina para calmar la cólera divina, hasta que cayó medio muerto. La Santísima Virgen se le apareció en compañía de tres princesas celestiales, y le dijo: «¿Sabes, querido Domingo, de qué arma se ha servido la Santísima Trinidad para reformar el mundo?». «Señora, Tú lo sabes mejor que yo – respondió él –, porque, después de Jesucristo, Tú fuiste el principal instrumento de nuestra salvación». «Pues la principal pieza de combate ha sido el salterio angélico, que es el fundamento del Nuevo Testamento. Por ello, si quieres ganar para Dios esos corazones endurecidos, predica mi Salterio Mariano».

Se levantó el Santo muy consolado. Inflamado de celo por la salvación de aquellas gentes, entró en la catedral. Al momento repicaron las campanas para reunir a los habitantes. Al comenzar él su predicación, se desencadenó una horrible tormenta, tembló la tierra, se oscureció el sol, truenos y relámpagos repetidos hicieron palidecer y temblar a los oyentes. El terror de éstos aumentó cuando vieron que una imagen de la Santísima Virgen expuesta en lugar prominente, levantaba los brazos al cielo tres veces para pedir a Dios venganza contra ellos, si no se convertían y recurrían a la protección de la Santa Madre de Dios.

Quería el cielo con estos prodigios promover esta nueva devoción del Santo Rosario y hacer que se la conociera más. Gracias a la oración de Santo Domingo, se calmó finalmente la tormenta. Prosiguió él su predicación, explicando con tanto fervor y entusiasmo la excelencia del Santo Rosario, que casi todos los habitantes de Tolosa lo aceptaron, renunciando a sus errores. En poco tiempo se experimentó un gran cambio de vida y costumbres en la ciudad.

3ª Rosa: El Santo Rosario y Santo Domingo

El establecimiento del Santo Rosario en forma tan milagrosa, guarda cierta semejanza con la manera de que se sirvió Dios para promulgar su Ley en el Monte Sinaí, y manifiesta claramente la excelencia de esta maravillosa práctica. Santo Domingo, iluminado por el Espíritu Santo e instruido por la Santísima Virgen y por su propia experiencia, dedicó el resto de su vida a predicar el Santo Rosario con su ejemplo y su palabra, en las ciudades y los campos, ante grandes y pequeños, sabios e ignorantes, católicos y herejes. El Santo Rosario, que rezaba todos los días, constituía su preparación antes de predicar y su acción de gracias después de la predicación.

Se preparaba el Santo, detrás del altar mayor de Nuestra Señora de París, con el rezo del Santo Rosario, para predicar en las fiestas de San Juan Evangelista, cuando se le apareció la Santísima Virgen y le dijo: «Aunque lo que tienes preparado para predicar sea bueno, ¡aquí te traigo un sermón mejor!» El Santo recibe de las manos de María el escrito que contiene el sermón, lo lee, lo saborea, lo comprende y da gracias por él a la Santísima Virgen. Llegada la hora del sermón, sube al púlpito y, después de haber recordado en alabanza de San Juan, tan sólo que había sido el guardián de la Reina de los Cielos, dijo a la asamblea de nobles y doctores que habían venido a escucharlo y estaban acostumbrados a oír sólo discursos artificiosos y floridos, que no les hablaría con palabras elocuentes de la sabiduría humana, sino con la sencillez y fuerza del Espíritu Santo. Les predicó el Santo Rosario, explicándoles palabra por palabra, como a los niños, la salutación angélica, sirviéndose de comparaciones muy sencillas, leídas en el escrito que le diera la Santísima Virgen. Aquí están las palabras del Sabio Cartagena que él tomó, en parte, del libro del Beato Alano de la Rupe, “Dignidad del Salterio” Afirma el Beato Alano que su padre, Santo Domingo, le dijo un día en una revelación: ¡Hijo mío!, tú predicas. Pero, para que no busques la alabanza humana sino la salvación de las almas, escucha lo que me sucedió en París. Debía predicar en la Iglesia Mayor de Santa María y quería hacerlo ingeniosamente, no por jactancia, sino a causa de la nobleza y dignidad de los asistentes. Mientras oraba, según mi costumbre, casi durante una hora, mediante la recitación de mi Salterio (es decir el Rosario) antes del sermón, tuve un éxtasis. Veía a mi amada Señora, la Virgen María, que ofreciéndome un libro me decía: «¡Por bueno que sea el sermón que vas a predicar, aquí traigo uno mejor!» Muy contento, tomé el libro, lo leí todo y, como María lo había dicho, encontré lo que debía predicar. Se lo agradecí de todo corazón. Llegada la hora del sermón, subí a la cátedra sagrada. Era la fiesta de San Juan, pero sólo dije del Apóstol que mereció ser escogido para guardián de la Reina del Cielo. En seguida hablé así a mi auditorio: «¡Señores e ilustres Maestros! Uds. están acostumbrados a oír sermones sabios y elegantes. Pero no quiero dirigirles doctas palabras de sabiduría humana, sino mostrarles el espíritu de Dios y su virtud». Entonces –añade Cartagena siguiendo al Beato Alano– Santo Domingo les explicó la salutación angélica mediante comparaciones y semejanzas muy sencillas.

El Beato Alano, como dice el mismo Cartagena, relata muchas otras apariciones del Señor y de la Santísima Virgen a Santo Domingo para instarle y animarle más y más a predicar el Santo Rosario a fin de combatir el pecado y convertir a los pecadores herejes. Oigamos este pasaje: «El Beato Alano refiere que la Santísima Virgen le reveló que Jesucristo, su Hijo, se había aparecido después de Ella a Santo Domingo y le había dicho: Domingo, me alegro de que no te apoyes en tu sabiduría y de que trabajes con humildad en la salvación de las almas sin preocuparte por complacer la vanidad humana. Muchos predicadores quieren desde el comienzo tronar contra los pecados más graves, olvidando que, antes de dar un remedio penoso, es necesario preparar al enfermo para que lo reciba y aproveche. Por ello deben exhortar antes al auditorio al amor a la oración y, especialmente, a mi salterio angélico. Porque si todos comienzan a rezarlo, no hay duda de que la clemencia divina será propicia con los que perseveran. Predica, pues, mi Rosario» (Alano de la Rupe, De D.P., c. 17; Cartagena, De S.A.D., L. 16, h. 1; CN. pág. 156.). En otro lugar dice: Todos los predicadores hacen rezar a los cristianos la salutación angélica al comenzar sus sermones, para obtener la gracia divina. La razón de ello es la revelación de la Santísima Virgen a Santo Domingo: «Hijo mío no te sorprendas de no lograr éxito con tus predicaciones. Porque trabajas en una tierra que no ha sido regada por la lluvia. Recuerda que cuando Dios quiso renovar el mundo, envió primero la lluvia de la salutación angélica. Así se renovó el mundo. Exhorta, pues, a las gentes en tus sermones a rezar el Rosario y recogerás grandes frutos para las almas." Lo hizo así el Santo constantemente y obtuvo notable éxito con sus predicaciones. Me he complacido en citarte palabra por palabra los pasajes de estos serios autores, en favor de los predicadores y personas eruditas que pudieran dudar de la maravillosa eficacia del Santo Rosario. Mientras los predicadores, siguiendo el ejemplo de Santo Domingo, enseñaron la devoción del Santo Rosario, florecían la piedad y el fervor en las Órdenes Religiosas que lo practicaban y en el mundo cristiano, pero cuando se empezó a descuidar este regalo venido del Cielo, sólo vemos pecados y desórdenes por todas partes.

4ª Rosa: El Santo Rosario y el beato Alano
Todas las cosas, inclusive las más santas, en la medida en que dependen de la voluntad humana, están sujetas a cambio. No hay, pues, por qué extrañarse de que la Cofradía del Santo Rosario no haya subsistido en su primitivo fervor sino hasta unos cien años después de su fundación. Después estuvo casi sumida en el olvido. Además la malicia y envidia del demonio han contribuido seguramente para que se descuidara el Santo Rosario, a fin de detener los torrentes de gracia divina que esta devoción atrae al mundo. Efectivamente la justicia divina afligió todos los reinos europeos en el año 1384 con la peste más temible que se haya visto jamás. Ésta se extendió desde Oriente por Italia, Alemania, Francia, Polonia, Hungría, devastando casi todos estos territorios, ya que de cada cien hombres sólo quedaba uno vivo. Las ciudades, los pueblos, las aldeas y los monasterios quedaron casi desiertos durante los tres años que duró la epidemia. Después de que, por la misericordia divina, cesaron estas calamidades, la Santísima Virgen ordenó al Beato Alano de la Rupe, célebre doctor y famoso predicador de la Orden de Santo Domingo del convento de Dinán en Bretaña, renovar la antigua Cofradía del Santo Rosario, a fin de que un Religioso del mismo lugar tuviera el honor de restaurarla. Este bienaventurado Padre comenzó a trabajar en tan noble empresa en el año 1460, sobre todo después de que el Señor, como lo cuenta él mismo, le dijo cierto día desde la Sagrada Hostia, mientras celebraba la Santa Misa, a fin de impulsarlo a predicar el Santo Rosario: «¿Por qué me crucificas de nuevo?». «¿Cómo Señor?», respondió sorprendido el Beato Alano. «Tus pecados me crucifican – respondió Jesucristo –. Aunque preferiría ser crucificado de nuevo, a ver a mi Padre ofendido por los pecados que has cometido. Tú me sigues crucificando, porque tienes la ciencia y cuanto es necesario para predicar el Rosario de mi Madre e instruir y alejar del pecado a muchas almas... Podrías salvarlas y evitar grandes males. Pero al no hacerlo, eres culpable de sus pecados». Tan terribles reproches hicieron que el Beato Alano se decidiera a predicar intensamente el Rosario. La Santísima Virgen le dijo también cierto día, para animarlo más todavía a predicar el Santo Rosario: «Fuiste un gran pecador en tu juventud. Pero yo te alcancé de mi Hijo la conversión. He pedido por ti y deseado, si fuera posible toda clase de trabajos por salvarte, ya que los pecadores convertidos constituyen mi gloria, y hacerte digno de predicar por todas partes mi Rosario».
Santo Domingo, describiéndole los grandes frutos que había conseguido entre las gentes por esta hermosa devoción que él predicaba continuamente le decía: «Mira los frutos que he alcanzado con la predicación del Santo Rosario. Que hagan lo mismo tú y cuantos aman a la Santísima Virgen, para atraer, mediante el Santo ejercicio del Rosario, a todos los pueblos a la ciencia verdadera de la virtud». Esto es, en resumen, lo que la historia nos enseña acerca del establecimiento del Santo Rosario por Santo Domingo y su restauración por el Beato Alano de la Rupe.

5ª Rosa: La Cofradía del Santo Rosario


Estrictamente hablando, no hay sino una Cofradía del Rosario, compuesto de ciento cincuenta Avemarías. Pero en relación a las personas que lo practican, podemos distinguir tres clases: el Rosario común u Ordinario, el Rosario Perpetuo y el Rosario Cotidiano.
La Cofradía del Rosario Ordinario sólo exige recitarlo una vez por semana. La del Rosario Perpetuo, una vez al año. La del Rosario Cotidiano, en cambio, rezarlo completo, es decir, las ciento cincuenta Avemarías, todos los días. Ninguna de estas Cofradías implica obligación bajo pecado, ni siquiera venial, si no lo rezamos. Porque el compromiso de rezarlo es totalmente voluntario y de supererogación. Pero no debe alistarse en la Cofradía quien no tenga voluntad decidida de rezarlo, conforme lo exige la Cofradía y siempre que pueda sin faltar a las obligaciones del propio estado. De suerte que, cuando el rezo del Rosario coincide con una obligación de estado, hay que preferir ésta al Rosario, por santo que éste sea. Cuando, a causa de enfermedad, no se le pueda recitar todo o en parte sin agravar el padecimiento, no obliga. Y cuando, por legítima obediencia, olvido involuntario o necesidad apremiante, no fue posible rezarlo, no hay pecado ninguno, ni siquiera venial. Y no por ello dejas de participar en las gracias y méritos de los cofrades del Santo Rosario que lo rezan en todo el mundo. Y si dejas de rezarlo por pura negligencia, pero sin desprecio formal, absolutamente hablando, tampoco pecas. Pero pierdes la participación en las oraciones, buenas obras y méritos de la Cofradía. Y por tu negligencia en cosas pequeñas y de supererogación, caerás insensiblemente en la infidelidad a las cosas grandes y de obligación esencial: «Quien desprecia lo pequeño, poco a poco se precipita» (Eclo 19,1).

6ª Rosa: El Salterio o Rosario de la Santísima Virgen María

Desde que Santo Domingo estableció esta devoción, hasta el año 1460, en que el Beato Alano la restauró por orden del Cielo, se la denominó el “Salterio de Jesús y de la Santísima Virgen”. Porque contiene tantas Avemarías como salmos tiene el Salterio de David y porque los sencillos e ignorantes que no pueden rezar el Salterio davídico sacan de la recitación de Santo Rosario tanto o mayor fruto que el que se consigue con la recitación de los salmos de David: 1º. Porque el Salterio Angélico tiene un fruto más noble, a saber, el Verbo encarnado, a quien el salterio davídico solamente predice; 2º. Porque así como la realidad supera a la imagen y el cuerpo a la sombra, del mismo modo el Salterio de la Santísima Virgen sobrepasa al de David, que sólo fue sombra y figura de aquél; 3º. Porque la Santísima Trinidad compuso directamente el Salterio de la Santísima Virgen, es decir, el Rosario, compuesto de Padrenuestros y Avemarías. El sabio Cartagena refiere al respecto: «El sapientísimo de Aix-la-Chapelle (J. Beyssel) en su libro sobre la Corona de Rosas, dedicado al Emperador Maximiliano, dice: 
«No puede afirmarse que la salutación mariana sea una invención reciente. Se extendió con la Iglesia, los fieles más instruidos celebraban las alabanzas divinas con la triple cincuentena de salmos davídicos. Entre los más humildes, que encontraban diversas dificultades en el rezo del Oficio Divino, surgió una santa emulación. Pensaron, y con razón, que en el celestial elogio (el Rosario) se incluyen todos los secretos divinos de los salmos. Sobre todo porque los salmos cantaban al que debía venir, mientras que esta fórmula de plegaria se dirige al que ha venido ya. Por eso comenzaron a llamar “Salterio Mariano” a las tres series de cincuenta oraciones, anteponiendo a cada decena la oración dominical como habían visto hacer a quienes recitaban los salmos». El Salterio o Rosario de la Santísima Virgen se compone de tres Coronas de cinco decenas cada una, con el fin de: 1º. Honrar a las personas de la Santísima Trinidad; 2º. Honrar la vida, muerte y gloria de Jesucristo; 3º. Imitar a la Iglesia triunfante, ayudar a la peregrinante y aliviar a la paciente; 4º. Imitar las tres partes del salterio, la primera de las cuales mira a la vía purgativa; la segunda, a la vía iluminativa; la tercera, a la vía unitiva; 5º. Colmarnos de gracia durante la vida, de paz en la hora de la muerte, y de gloria en la eternidad.

7ª Rosa: El Santo Rosario: Corona de rosas
Desde cuando el Beato Alano de la Rupe restauró esta devoción, la voz del pueblo que es la voz de Dios, la llamó ROSARIO, es decir, corona de rosas, lo cual significa que cuantas veces se recita el Rosario como es debido, colocamos en la cabeza de Jesús y de María una corona de ciento cincuenta y tres rosas blancas y dieciséis rosas encarnadas del Paraíso, que no perderán jamás su belleza ni esplendor. La Santísima Virgen aprobó y confirmó el nombre de Rosario, revelando a varias personas, que le presentaban tantas rosas agradables cuantas Avemarías recitaban en su honor y tantas coronas de rosas como Rosarios.

El Hermano San Alfonso Rodríguez, jesuita, rezaba con tanto fervor, que veía con frecuencia salir de su boca una rosa encarnada a cada Padrenuestro y una rosa blanca a cada Avemaría: iguales ambas en belleza y fragancia y sólo diferentes en el color.
Cuentan las crónicas de San Francisco que un joven religioso tenía la laudable costumbre de rezar todos los días antes de la comida la Corona de la Santísima Virgen. Cierto día, no se sabe por qué, faltó a ella. Cuando sonó la campana para la comida, rogó al Superior le permitiera rezar la Corona antes de sentarse a la mesa. Obteniendo el permiso, se retiró a su celda. Pero, como tardase mucho en volver, el Superior envió a un Religioso a llamarlo. Éste lo encontró en su celda, iluminado de celestiales resplandores. La Santísima Virgen y dos Ángeles estaban al lado de él. A cada Avemaría salía de la boca del Religioso una bellísima rosa. Los Ángeles recogían las rosas, una tras otra, y las colocaban sobre la cabeza de la Santísima Virgen que se mostraba evidentemente complacida de ello. Otros Religiosos, enviados para saber la causa de la demora de sus compañeros, vieron el mismo prodigio. La Santísima Virgen no desapareció hasta que terminó el rezo de la Corona. El Rosario es, pues, una gran corona, y el de cinco decenas una diadema o guirnalda de rosas celestiales que se coloca en la cabeza de Jesús y de María. La rosa es la reina de las flores. El Rosario, a su vez, es la rosa y la primera de las devociones.

8ª Rosa: Maravillas del Santo Rosario


No es posible expresar cuánto prefiere la Santísima Virgen el Rosario a las demás devociones, cuán benigna se muestra para recompensar a quienes trabajan en predicarlo, establecerlo y cultivarlo y cuán terrible, por el contrario, contra quienes se oponen a rezo del Santo Rosario.

Santo Domingo no puso en nada tanto empeño durante su vida como en alabar a la Santísima Virgen, predicar sus grandezas y animar a todo el mundo a honrarla con el Rosario. La poderosa Reina del Cielo, a su vez, no cesó de derramar sobre el Santo bendiciones a manos llenas. Ella coronó sus trabajos con mil prodigios y milagros y él alcanzó de Dios cuanto pidió por intercesión de la Santísima Virgen.
Para colmo de favores, le concedió la victoria sobre los albigenses y le hizo padre y patriarca de su gran Orden. Y ¿qué decir del Beato Alano de la Rupe, restaurador de esta devoción? La Santísima Virgen lo honró varias veces con su visita para ilustrarlo acerca de los medios de alcanzar la salvación, convertirse en buen Sacerdote, perfecto Religioso e imitador de Jesucristo. Durante las tentaciones y horribles persecuciones del demonio que lo llevaban a una extrema tristeza y casi a la desesperación, Ella lo consolaba, disipando, con su dulce presencia, tantas nubes y tinieblas. Le enseñó el modo de rezar el Rosario, lo instruyó acerca de sus frutos y excelencias, lo favoreció con la gloriosa cualidad de esposo suyo y, como arras de su casto amor, le colocó el anillo en el dedo y al cuello un collar hecho con sus cabellos, dándole también un Rosario. El Abad Tritemio, el sabio Cartagena, el doctor Martín Navarro y otros hablan de él elogiosamente. Después de atraer a la Cofradía del Rosario a más de cien mil personas, murió en Zwolle, Flandes, el 8 de setiembre de 1475. Envidioso el demonio de los grandes frutos que el Beato Tomás de San Juan, célebre predicador del Santo Rosario, lograba con esta práctica, lo redujo con duros tratos a una larga y penosa enfermedad en la que fue desahuciado por los médicos. Una noche creyéndose a punto de morir, se le apareció el demonio, bajo una espantosa figura. Pero él levantó los ojos y el corazón hacia una imagen de la Santísima Virgen que se hallaba cerca de su lecho y gritó con todas sus fuerzas: «¡Ayúdame! ¡Socórreme! ¡Dulcísima Madre mía!». Tan pronto como pronunció estas palabras, la imagen de la Santísima Virgen le tendió la mano y agarrándole por el brazo le dijo: «¡No tengas miedo, Tomás, hijo mío! ¡Aquí estoy para ayudarte! ¡Levántate y sigue predicando la devoción de mi Rosario, como habías empezado a hacerlo! ¡Yo te defenderé contra todos tus enemigos!». A estas palabras de la Santísima Virgen huyó el demonio. El enfermo se levantó perfectamente curado, dio gracias a su bondadosa Madre con abundantes lágrimas y continuó predicando el Rosario con éxito maravilloso.
La Santísima Virgen no favorece solamente a quienes predican el Rosario, sino que recompensa también gloriosamente a quienes con su ejemplo atraen a los demás a esta devoción. Alfonso IX (1188-1230), rey de León y de Galicia, deseando que todos sus criados honraran a la Santísima Virgen con el Rosario, resolvió, para animarlos con su ejemplo, llevar ostensiblemente un gran rosario, aunque sin rezarlo. Bastó esto para obligar a toda la corte a rezarlo devotamente. El rey cayó enfermo de gravedad. Ya lo creían muerto, cuando, arrebatado en espíritu ante el tribunal de Jesucristo, vio a los demonios que le acusaban de todos los crímenes que había cometido. Cuando el divino Juez lo iba ya a condenar a las penas eternas, intervino en favor suyo la Santísima Virgen. Trajeron, entonces, una balanza: en un platillo de la misma colocaron los pecados del rey. La Santísima Virgen colocó en el otro el rosario que Alfonso había llevado para honrarla y los que, gracias a su ejemplo, habían recitado otras personas. Esto pesó más que los pecados del rey. La Virgen le dijo luego, mirándole benignamente: «Para recompensarte por el pequeño servicio que me hiciste al llevar mi Rosario, te he alcanzado de mi Hijo la prolongación de tu vida por algunos años. ¡Empléalos bien y haz penitencia!» Volviendo en sí el rey exclamó: «Oh bendito Rosario de la Santísima Virgen, que me libró de la condenación eterna!» Y después de recobrar la salud, fue siempre devoto del Rosario y lo recitó todos los días. Que los devotos de la Santísima Virgen traten de ganar el mayor número de fieles para la Cofradía del Santo Rosario, a ejemplo de estos santos y de este rey. Así conseguirán en la tierra la protección de María y luego la vida eterna: «Los que me den a conocer, alcanzarán la vida eterna» (Eclo 24,31).

9ª Rosa: Lo enemigos del Santo Rosario
Veamos ahora cuán injusto es impedir el progreso de la Cofradía del Santo Rosario y cuáles son los castigos que Dios inflige a los infelices que la han despreciado o intentado destruirla. Aunque la devoción del Santo Rosario ha sido autorizada por el Cielo con muchos milagros y ha recibido la aprobación de la Iglesia mediante Bulas pontificias, no faltan hoy libertinos, impíos y gentes orgullosas que se atreven a difamar la Cofradía del Santo Rosario o alejar de ella a los fieles. Es fácil reconocer que sus lenguas están infectadas con el veneno del infierno y que se mueven a impulso del maligno. Nadie, en efecto, podría desaprobar la devoción del Santo Rosario sin condenar al mismo tiempo lo más piadoso que existe en la religión cristiana, a saber: la oración dominical, la salutación angélica, los misterios de la vida, muerte y gloria de Jesucristo y de su Santísima Madre. Estos orgullosos no pueden soportar que se rece el Rosario y caen con frecuencia, inconscientemente, en el criterio reprobable de los herejes que detestan el Rosario y la Corona. Aborrecer las Cofradías es alejarse de Dios y de la auténtica piedad, dado que Jesucristo asegura que se halla entre quienes se reúnen en su nombre. Ni es ser buen católico despreciar tantas y tan grandes indulgencias como la Iglesia concede a la Cofradía. Finalmente, disuadir a los fieles de que pertenezcan a la Cofradía del Santo Rosario, es obrar como enemigo de la salvación de las almas, ya que por medio de ella abandonan el pecado para abrazar la piedad. San Buenaventura afirma con razón en su Salterio (Psalterium, lect. 4), que quien desprecia a la Santísima Virgen morirá en pecado y se condenará. ¡Qué castigos no deben esperar quienes alejan a los demás de la devoción hacia Ella!

10ª Rosa: Los milagros del Santo Rosario
Mientras Santo Domingo predicaba esta devoción en Carcasona, un hereje se dedicó a ridiculizar los milagros y los quince misterios del Santo Rosario. Impedía así la conversión de los herejes. Dios permitió, para castigo de este impío, que 15.000 demonios se apoderaran de su cuerpo. Sus padres lo condujeron entonces al Santo para que lo librara de los espíritus malignos. Se puso Santo Domingo en oración y exhortó a la multitud a rezar con él en alta voz el Rosario. Y he aquí que a cada Avemaría la Santísima Virgen hacía salir cien demonios del cuerpo del hereje, en forma de carbones encendidos. Una vez liberado, el hereje abjuró de sus errores, se convirtió y se hizo inscribir en la Cofradía del Rosario, con muchos otros correligionarios suyos, conmovidos ante este castigo y la fuerza del Rosario. El sabio Cartagena, franciscano, y otros autores refieren que en el año 1482, cuando el venerable Padre Diego Sprenger y sus Religiosos trabajaban con gran celo por el restablecimiento de la devoción y Cofradía del Santo Rosario en la ciudad de Colonia, dos célebres predicadores, envidiosos de los frutos maravillosos que los primeros obtenían mediante esta práctica, intentaban desacreditarla en sus propios sermones. Gracias al talento y fama que gozaban, apartaban a muchos de inscribirse en la Cofradía. Para conseguir mejor sus perniciosos intentos, uno de ellos preparó expresamente un sermón para el domingo siguiente. Llega la hora de la predicación, pero el predicador no aparece. Se le espera. Se le busca, y finalmente lo encuentran muerto, sin que hubiera podido ser auxiliado por nadie. Persuadido el otro predicador de que se trataba de un accidente natural, resuelve reemplazar a su compañero en la triste empresa de abolir la Cofradía del Rosario. Llegan el día y la hora del sermón. Pero Dios lo castigó con una parálisis que le quitó el movimiento y la palabra. Reconociendo su falta y la de su compañero, recurrió de corazón a la Santísima Virgen, prometiéndole predicar por todas partes el Rosario con tanto empeño como aquel con que lo había combatido. Le suplicó que para ello le devolviera la salud y la palabra. La Santísima Virgen accedió a su petición. Sintiéndose repentinamente curado, se levantó como otro Saulo, cambiado de perseguidor en defensor del Santo Rosario. Reparó públicamente su culpa y predicó con gran celo y elocuencia las excelencias del Santo Rosario. No dudo de que las gentes críticas y orgullosas de hoy, al leer estas historias, pongan en duda su autenticidad, como han hecho siempre. Yo sólo las he trascrito de muy buenos autores contemporáneos, y en parte, de un libro reciente del P. Antonino Thomas, dominico, titulado El Rosal Místico.

Todo el mundo sabe, por otra parte, que hay tres clases de fe para las diferentes historias. A los acontecimientos narrados en la Sagrada Escritura debemos una fe divina. A los relatos profanos, que no repugnan la razón y han sido escritos por serios autores, una fe humana. A las historias piadosas referidas por buenos autores y no contrarias a la razón, la fe o las buenas costumbres, aunque a veces sean extraordinarias, una fe piadosa. Confieso que no debemos ser ni muy crédulos ni muy críticos, sino optar siempre por el justo medio para descubrir dónde se hallan la verdad y la virtud. Pero estoy convencido igualmente que así como la caridad cree fácilmente cuanto no es contrario a la fe ni a las buenas costumbres –«La caridad todo lo cree» (1 Cor 13,7)–, del mismo modo, el orgullo lleva a negar casi todas las historias bien fundadas, so pretexto de que no se encuentran en la Sagrada Escritura. En la trampa tendida por Satanás, en la que cayeron los herejes que negaban la Tradición. Trampa en la que caen, sin darse cuenta, los críticos de hoy, que no creen lo que no comprenden o no les agrada, sin más motivo que su orgullo y autosuficiencia.


CONTINUARA......

sábado, 26 de mayo de 2012

Sermones del RP.Juan Carlos Ceriani

FIESTA DE PENTECOSTÉS

Pentecostés es la fiesta de la manifestación pública de la Iglesia. Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo. Como hijos de la Iglesia y como almas espirituales estimulémonos a solemnizar día tan memorable.
Los Apóstoles hallábanse reunidos con las piadosas mujeres y la Virgen Santísima en el Cenáculo. Es el día quincuagésimo después de Pascua, y hacia las nueve de la mañana. Todos oran. De repente un ruido como de viento huracanado llena toda la casa, y unas lenguas de fuego se posan sobre la cabeza de los discípulos del Señor, quedando todos repletos del Espíritu Santo.

Efecto de aquel prodigio fue que los que hasta ese momento se habían escondido de los judíos, sienten sus mentes saturadas de luces divinas, y sus corazones repletos de un arrojo y coraje más que humanos.

Hablan diversas lenguas, publicando las maravillas de Dios ante la admiración de gentes de numerosas regiones.

La promesa de Jesús quedaba cumplida con este milagro.

El Espíritu Santo, al descender sobre aquella pequeña congregación de fieles, le infunde impulso y vigor conforme había predicho Cristo.

Bendigamos a ese Espíritu divino, y felicitemos a nuestra Santa Madre Iglesia en el día de su alumbramiento.
Todo el mundo se regocija con indecibles gozos; y las mismas Virtudes del Cielo y las Potestades angélicas cantan himnos de gloria.

No permanezcamos en silencio cuando todos cantan llenos de indescriptible júbilo tributemos honor al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

El día de Pentecostés no sólo conmemoramos un acontecimiento histórico, sino que celebramos también algo que sucede en nuestra presencia y en este mismo día.

La venida del Espíritu Santo no es un episodio que pasó, sino más bien un hecho que se repite continuamente en la Iglesia, y de una manera particular en la presente festividad, en la que, a consecuencia de las promesas que oímos de labios de Jesús en las semanas que acaban de transcurrir, y de las oraciones de la Iglesia, el Espíritu Santo se derrama copiosamente sobre todos aquellos que se han preparado a su venida.

No dejemos pasar sin provecho fiesta tan prometedora. Sería verdadera lástima que después de haber estado largos días preparándonos a recibir el Espíritu Santo, llegado el gran día esperado, quedase tanta preparación sin recompensa. Recojámonos, no desperdiciemos ocasión tan propicia.

Hincados también de rodillas, invoquemos al «Paráclito, Don del Altísimo, Fuente viva, Fuego, Caridad y espiritual Unción».

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El Espíritu Santo es el principio vital de la Iglesia y de cada cristiano. Cristo reina desde su trono celestial; pero gobierna su Iglesia por medio de su Espíritu. Los Sacramentos son los canales por los cuales se nos comunica este divino fuego. Lo que Jesús hizo con los suyos mientras anduvo en carne mortal, lo hace hoy el Espíritu divino en las almas.

¡Qué misterios tan insondables! Cual savia misteriosa se comunica continuamente a nuestra alma el Espíritu Santo, vivificándola y dándole propiedades celestiales, sobrenaturales. Se derramó con las aguas bautismales, haciéndonos templo de la Santísima Trinidad. Vino sobre nosotros con la imposición de las manos del Obispo constituyéndonos en soldados de Cristo. Irrumpió en nuestro interior cuando por la absolución sacerdotal recuperamos la gracia perdida. Él, en fin, penetra en el alma cada vez que recibimos un Sacramento.

Aun más. Así como el alma es principio de todo pensamiento, como lo es de toda la vida del hombre, así también de la fuerza vital del Espíritu procede todo buen pensamiento, las inspiraciones divinas, las mociones espirituales, en una palabra, todo cuanto nos incita a seguir el camino de la perfección.

A Él debemos todo progreso y adelanto, a Él todo mérito. El mismo Jesús nos lo dijo: «Él os enseñará».
Convenzámonos de la necesidad que tenemos de ese Divino Espíritu. Ansiemos su presencia. Anhelemos su venida. Vaciemos nuestro corazón de todo lo que le embarga, para que quede lleno del Espíritu Santo.
Él desea comunicársenos. Sólo exige que se lo pidamos. Arranquemos, pues, con nuestros insistentes ruegos al Salvador ese Consolador que nos prometió: «Ven, Espíritu Santo…»
Oh Dios, que enseñaste en este día a los corazones de los fieles con la ilustración del Espíritu Santo: haz que guiados por este mismo Espíritu, saboreemos la dulzura del bien y gocemos siempre de sus divinos consuelos.

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Durante toda esta semana vive la Iglesia bajo la impresión de la gracia del Espíritu Santo, derramado en este día sobre los hijos de adopción.

Ella quiere que profundicemos más y más en el secreto de la operación del Divino Espíritu, para obligarnos a pedir su venida con voces más apremiantes. Con esta intención, presenta a nuestra consideración diversos cuadros de la historia de la Iglesia primitiva.

Así vemos el lunes como el Espíritu Santo desciende sobre los gentiles. Pedro, hospedado en Joppe en casa de un tal Simón, es arrebatado en éxtasis y ve descender del cielo como un mantel enorme, cuyas cuatro puntas colgaban del firmamento y contenía en sí toda clase de animales inmundos, es decir, de aquellos cuya comida estaba vedada a los judíos.

«Mata y come», le dice una voz del cielo. «No haré tal, Señor, pues nunca probé cosa inmunda», contesta Pedro. Y la voz misteriosa: «No llames profano, oh Pedro, lo que Dios purificó».
Por tres veces se repite el diálogo, subiéndose luego el mantel al cielo. Pedro queda perplejo; pero pronto viene a sacarle de sus dudas la visita de tres soldados romanos, enviados al Apóstol por el Centurión Cornelio; aquellos paganos eran los figurados por los animales inmundos de la visión. Hasta aquel día ningún gentil había entrado en la Iglesia.
Por manos del Príncipe de los Apóstoles debían abrirse sus puertas también a la gentilidad, purificada ésta por la Sangre del Redentor, no podía llamarse ya profana.

El Apóstol se encamina entonces en compañía de los soldados a Cesárea, y entra en casa de Cornelio. Allí dirige la palabra a las personas congregadas. Aún no había terminado de hablar, cuando el Espíritu Santo se derrama sobre aquellos gentiles, dándoles el don de lenguas.

Profundamente consternado ante tamaño prodigio, exclamó Pedro: «¿Quién puede negar las aguas del bautismo a los que como nosotros han recibido ya el Espíritu Santo?» Y así entraron los primeros gentiles en la Iglesia.

Episodio muy instructivo. El día de Pentecostés, bajo la acción directa del Espíritu Santo, la Iglesia sale del Cenáculo y comienza su peregrinación por este mundo. Al descubrírsenos el ingreso de la gentilidad en esa Arca de Salvación: aparece de nuevo la acción extraordinaria del Espíritu Santo.

El Pentecostés del Cenáculo y el Pentecostés de Cesárea vienen a ser dos símbolos. En ambos aparece el Espíritu Santo, guiándonos al camino de la salud.

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En la Epístola del martes presenciamos la Confirmación de los fieles de Samaría: «Imponiéndoles las manos, recibieron el Espíritu Santo». Recordemos que también nosotros fuimos admitidos un día al mismo Sacramento. Renovemos la gracia de la Confirmación.

Por el Bautismo nace el hombre a la vida espiritual; pero queda como niño; es necesario que ese niño se robustezca, que alcance virilidad. Estos efectos los produce el Sacramento de la Confirmación.

El Bautismo nos consagra como hijos de Dios; la Confirmación, en soldados de Cristo, en caballeros del Rey de cielos y tierra. Ni falta el simbólico espaldarazo, que expresa el valor y coraje de que nos inviste interiormente el Espíritu Santo. El cristiano confirmado queda ya armado para luchar contra el diablo y sus trampas, contra el mundo y sus asechanzas y contra las pasiones y su furor.

Nada puede hacerle caer si no abandona su armadura. Se siente fuerte en «Aquél que le conforta»; y sin alardear de arrojo, sabe dar testimonio de Cristo y de su doctrina con sus palabras, con su conducta y hasta con su sangre.

De esta fortaleza hemos sido revestidos por la Confirmación. Y, sin embargo, ¡cuántas caídas, cuánta flaqueza y miseria, cuánta cobardía! ¿Qué sucede? Es que no entendemos el uso de las armas espirituales; es que no hacemos caso de los medios que el Espíritu Santo nos pone en las manos; es que no dejamos obrar en nosotros a ese Divino Espíritu y le tenemos más bien como maniatado.

Ahora bien; finalidad de la festividad de Pentecostés es romper esas ataduras, a fin de que el Espíritu pueda obrar con completa libertad en nuestra alma y tome plena posesión de todo nuestro ser; es abrir las venas del alma al Espíritu de Vida, a fin de salir del raquitismo espiritual que nos tiene postrados.

Despertemos a la luz de estas verdades. Comprendamos cuál debe ser nuestra tarea en estos días santos, y emprendámosla con pecho varonil. No dejemos ni un momento de implorar ese Espíritu de Vida; suspiremos continuamente por que se derrame sobre nosotros con la plenitud de sus dones.

**********
Por la Confirmación desciende sobre el cristiano el septiforme Espíritu, es decir, la plenitud de los dones sagrados.
Esos dones, según doctrina de los Santos Doctores, facilitan la acción de las virtudes, es decir, prestan habilidad a las facultades ya capacitadas para obrar por las virtudes sobrenaturales.
Recapacitemos sobre cada uno de dichos dones.

El Temor de Dios, fundamento de los demás dones, nos llena de respeto y reverencia hacia la Majestad augusta, haciéndonos ver la abominable malicia del pecado. No abandonemos nunca este santo temor.

El don de Fortaleza robustece nuestra voluntad en el servicio divino. Ven, Espíritu Creador, fortalece con tu virtud nuestra flaqueza.

El don de Piedad inclina suavemente nuestro ánimo al amor de Dios y le hace agradable el camino de la perfección. Espíritu divino, infunde tu amor en nuestros corazones.
El don de Ciencia ilumina nuestra razón, dándonos a entender el verdadero valor de las cosas. Enciende con tu luz nuestros sentidos.

El don de Consejo nos adiestra en los momentos de duda e incertidumbre. Sé, Tú, nuestro guía, y evitaremos todo lo nocivo.

El don de Entendimiento nos deja ver envueltas de luz las verdades de la fe. Oh Luz beatísima, llena las intimidades del corazón de tus fieles.

El don de Sabiduría perfecciona el entendimiento y la voluntad, elevando nuestros corazones hacia las cosas celestiales, purificando nuestros afectos y dándonos a conocer los secretos divinos. Conozcamos al Padre y al Hijo por Ti, oh Espíritu que de entrambos procedes.

Apreciemos esa virtud divina que con los siete Dones nos infunde el Consolador. Convencidos de la necesidad que de ellos tenemos, hinquemos las rodillas suplicando humildemente al Cielo los derrame de nuevo sobre nosotros. Concede, oh Luz beatísima, a los fieles que en Ti confían, el sagrado septenario, los siete dones.

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El Sábado de Témporas de Pentecostés es la despedida del tiempo Pascual, pero Pentecostés debe perdurar a través de nuestra vida.

Al final de la Misa de ese Sábado hay una nota que dice textualmente: Después de la Misa expira el tiempo pascual.

El fiel que aprecia la Liturgia siente cada año al leerla una dulce melancolía; no puede menos de despedirse con triste semblante de los felices días pasados desde la Pascua Florida.

Los antiguos cristianos celebraban una función de despedida muy sentida. Al anochecer se reunían en la iglesia, presentaban ante el altar las primicias de la cosecha, y pasaban la noche ocupados en santas lecciones, cánticos y oraciones. El final de aquella asamblea lo constituía la celebración de la Misa de Vigilia.

Hoy día los cristianos, en su inmensa mayoría, no se dan siquiera cuenta del cambio que sufre la Liturgia en esta fecha.

No debe ser así para nosotros. Y puesto que no nos es dado asistir a aquella impresionante vigilia de la antigüedad, hemos de acercarnos en espíritu a ella cuanto nos sea posible. La Liturgia nos ayudará a hacerlo.


Ella nos habla de la lluvia de gracias que el Espíritu Santo ha derramado sobre las almas y de la abundancia de bienes con que el Cielo nos ha bendecido, al propio tiempo que nos anima a la gratitud.

Impulsados por Ella, nos presentamos ante el altar llevando nuestras primicias, los frutos que hemos recogido en el pasado trimestre, los cuales depositaremos ante el ara del sacrificio, diciendo: «Yo glorifico en este día al Señor Dios nuestro, el cual nos oyó y volvió los ojos para mirar nuestro abatimiento y nuestros trabajos y angustias; y nos sacó de la cautividad del diablo con mano fuerte y brazo poderoso, y nos introdujo en la patria de los elegidos, país que mana leche y miel. Y por eso ofrezco ahora las primicias de los frutos que el mismo Señor nos ha dado, y con ellos me ofrezco yo mismo en oblación».

Jesús se aparecerá luego «e impondrá las manos sobre cada uno de nosotros», infundiéndonos en este último día el Espíritu Santo que nos ha de acompañar con su hálito y consejo por los caminos pedregosos de la vida. «Y al hacerse de día, partirá Jesús de nosotros»; es decir, acabada la vigilia, terminará también el tiempo pascual.

Nuestro adiós será imitando a las gentes galileas: «haremos lo posible por detenerle, no queriendo que se aparte de nosotros».


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Al despedirnos del Tiempo Pascual, la Iglesia nos da como un pequeño recordatorio en unas palabras que debemos grabar en el alma: «La caridad de Dios ha sido derramada sobre nuestros corazones por su Espíritu, que habita en nosotros». Meditémoslas.

Ésa caridad de Dios es el espíritu de filiación divina. El Espíritu Santo es su autor. Él vive dentro del alma en gracia como en su templo o santuario.

No perdamos nunca la conciencia de nuestra dignidad; de que llevamos a Dios encerrado en nuestro pecho; de que, doquiera nos movamos, paseamos al Dios vivo por este suelo. No profanemos tan sagrada morada. Concedamos al Divino Espíritu la atención que se merece. Que no se apague nunca ante su presencia la lamparilla de nuestro amor. Que no falten nunca adoradores en ese templo.

La estancia del Espíritu Santo en nuestras almas es un germen que pide desarrollo y que necesita para ello de nuestra colaboración.

Se da en este orden un más y un menos, más y menos que admiten una diferencia gradual indefinida. Por eso pide la Iglesia atención a ese misterio, interesada en que demos desarrollo durante el año a la gracia renovada en nuestras almas en los días de Pentecostés.

El Espíritu divino lucha con el espíritu propio, recibe oposición de la propia voluntad.

Agradecidos a nuestro Bienhechor, resolvámonos a morir a nosotros mismos, para que viva en nosotros el Espíritu de Cristo.

Despojémonos del espíritu propio, no nos busquemos a nosotros mismos; y entonces dominará en nosotros el Espíritu de Cristo, que nos empujará a buscar la honra del Padre, el bien de las almas, aun a trueque de incomodidades y sacrificios personales.

Olvidémonos de nosotros mismos, pues vive en nosotros Cristo. Ésta es la gran realidad de Pentecostés. El Espíritu es el que da vida; pero la carne de nada aprovecha.

¡Y qué de bendiciones trae al alma esa completa y perfecta entrega al Espíritu Santo! ¡Qué consuelo, considerarse conducida por Guía tan seguro!

¡Qué frutos tan copiosos los que se cosechan de ese árbol de vida! El Catecismo los enumera: caridad, gozo espiritual, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia y castidad.

No nos apartemos de su sombra. Demos realidad a la gracia de Pentecostés.

Caminemos por este mundo protegidos e impulsados por el Espíritu Santo.

Te rogamos, Señor, que el Espíritu Santo nos inflame con aquel fuego que Nuestro Señor Jesucristo trajo a la tierna, y en el que tanto ansió verla inflamada.



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lunes, 21 de mayo de 2012

LA VALIDEZ DE LAS CONSAGRACIONES DE MONS. NGO-DINH-THUC (Parte 2 final)

III. LA VALIDEZ DE LAS 
CONSAGRACIONES


Ahora, retomemos la cuestión que diera lugar a este estudio:
- ¿Estamos obligados a considerar que las consagraciones Thuc son válidas, i.e., que sirvieron?
Fundándonos en principios de derecho eclesiástico y teología moral aplicables a todos los sacramentos, estamos obligados a responder afirmativamente.
Para entender porqué, simplemente tenemos que repasar los requisitos mínimos exigidos para que una consagración se realice válidamente, y de qué manera el derecho eclesiástico y los moralistas consideran que tales requisitos se han satisfecho en un caso dado, a menos que exista evidencia positiva en contrario.


A. Una receta para la validez


Dentro de las numerosas ceremonias bellísimas de la Iglesia Católica, el Rito de Consagración
Episcopal es sin duda la más espléndida y compleja. Se lleva a cabo en la festividad de un Apóstol, generalmente ante una gran concurrencia de fieles. En su forma más solemne, el obispo consagrante es asistido por otros dos obispos (denominados «co-consa-grantes»), 11 sacerdotes, 20 acólitos y 3 ceremonieros (24).
Realizar una consagración episcopal tal como lo prescriben todas las elaboradas directivas
del ceremonial demanda aproximadamente cuatro horas.
Por otro lado, realizar una consagración episcopal válidamente demanda aproximadamente
15 segundos. O sea, más o menos el tiempo que le toma a un obispo imponer sus
manos sobre la cabeza del sacerdote y recitar las 16 palabras de la fórmula que exige la Iglesia
para la validez.
Lo que acabamos de decir podría dejar pasmado al lector lego, pero este caso es semejante
a algo que todos hemos aprendido en el catecismo. Todo lo que se necesita para bautizar válidamente a alguien es agua común y la fórmula breve (Yo te bautizo, etc.). Es tan simple que hasta un musulmán o un judío podrían hacerlo bien, en caso de que alguien necesitara
ser bautizado verdaderamente. Y una vez que el agua fue derramada y se recitó la fórmula breve, estará tan válidamente bautizado y será tan cristiano como si el Papa en persona
lo hubiera hecho en la Basílica de San Pedro.


23) McHugh & Callan, 1, 645.
24) J. NABUCO, Pontificalis Romani Expositio Juridico- Practica (New York, Benziger 1945), 1, 218.


La receta que la Iglesia da para que una consagración episcopal sea válida es también así de simple. Además del obispo válidamenteconsagrado que realice el rito y un sacerdote válidamente ordenado que tenga la intención de recibir la consagración, hay solo tres ingredientes esenciales para la


validez:
1) La imposición de manos por el obispo consagrante (denominada técnicamente materia del sacramento).
2) La fórmula esencial de 16 palabras recitada por el obispo consagrante (denominada técnicamente forma del sacramento) (25).
3) Una intención mínima de parte del obispo consagrante «de hacer lo que hace la Iglesia» (denominada intención ministerial).
Aunque se deben observar todas las ceremonias que prescribe el rito, los tres elementos precedentes son todo lo que se requiere para que una consagración episcopal sea válida.


B. El peso de la prueba


Luego de asegurarse del hecho que un verdadero obispo realizó una consagración empleando
un rito católico, ¿es necesario probar en forma positiva que el obispo no omitió alguno de estos elementos esenciales durante la ceremonia?
No. El mero hecho de que un obispo emplee un rito católico es por sí prueba suficiente de la validez, y a partir de entonces no se requiere ninguna evidencia extra. La validez se «da por sentada», y solo puede ser refutada.
Y esto solo puede lograrse si se demuestra que uno de los elementos esenciales para la validez faltó (o probablemente faltó) cuando se realizó la ceremonia.
Esto se aplica a todos los sacramentos y se manifiesta por:


1. La práctica pastoral ordinaria: El registro diario de los sacramentos da por supuesto que el ministro del sacramento cumplió con los requisitos esenciales para la validez.
Las actas oficiales de bautismo y ordenación no mencionan en absoluto términos técnicos como «materia», «forma» o «intención ministerial». Además, los certificados de los sacramentos simplemente declaran que fulano recibió un sacramento «con todas las ceremonias y solemnidades necesarias y oportunas », o sencillamente «según el rito de la Santa Iglesia Romana». No dicen nada más, porque la ley de la Iglesia no requiere nada más.
Dichos sacramentos se consideran válidos sin necesidad de pruebas adicionales.
2. Los canonistas: Los canonistas hablan de «la reina de las presunciones, que tiene por válido el acto o el contrato mientras no se pruebe su invalidez» (26). Y se aplica a los sacramentos de la siguiente forma: si alguien se presenta ante un tribunal eclesiástico para cuestionar la validez de un bautismo católico (27), un matrimonio (28) o una ordenación (29), la responsabilidad de probarlo


25) Para la validez ni siquiera se requiere que el obispo pronuncie todas las palabras en perfecta exactitud, siempre que no cambie el significado sustancialmente. Véase E. Regatillo, Jus Sacramentarium (Santander, Sal Terræ 1949), 873.
26) Wanenmacher, 408.
27) Wanenmacher, 500: «De modo semejante, cuando se ha establecido el hecho del bautismo, pero la validez permanece dudosa, hay una presunción general en favor de la validez. Esto es verdadero sobre todo para el bautismo católico y la presunción es anulada solamente por una prueba rigurosa en contrario».
28) Wanenmacher, 411: «Para el código el matrimonio tiene el favor del derecho: de aquí que cuando hay una duda,
debemos sostener la validez del matrimonio hasta que se pruebe lo contrario» (c. 1014).
29) S. WOYWOOD, Practical Commentary on the Code of Canon Law (New York, Wagner 1952), 1905: «Se presume la validez de una orden sagrada mientras no se establezca su invalidez por prueba al efecto de que se la recibió con falta de intención por parte del peticionante».


[el peso de la prueba] le compete a él. Él debe demostrar que faltó un elemento esencial cuando se confirió el sacramento.


3. El Derecho Canónico y la Teología Moral: Estas fuentes prohíben volver a administrar un sacramento en forma condicional, a menos que exista una duda «positiva» o «prudente» sobre la validez (véase el punto IV.A más adelante). Como ejemplo de una duda que no caería en esta categoría, el teólogo moralista dominico Fanfani habla de un sacerdote que no recuerda si recitó la fórmula sacramental esencial. «No debería repetir nada», dice Fanfani. «Sin duda pecaría si lo hace -puesto que todo lo que se hace se presupone hecho correctamente, a menos que se demuestre positivamente lo contrario» (30).
Que las partes esenciales del rito fueron realizadas es otra vez simplemente tomado por
garantizado.
El canonista Gasparri (que luego fuera Cardenal y compilador del Código de Derecho
Canónico de 1917) proporciona un principio general: «...un acto, en particular uno tan solemne
como una ordenación, debe considerarse válido mientras no se demuestre claramente
su invalidez» (31).


4. Incluso en los casos raros: Los canonistas y los moralistas incluso amplían la aplicación de estos principios a los casos donde alguien que no es el ministro católico normal emplea un rito católico para conferir un sacramento. Si una partera que afirma haber hecho un bautismo de urgencia es una persona seria, confiable e instruida en la manera de realizar el bautismo -dice el teólogo Merkelbach-, «no hay razón para dudar seriamente de la validez de unbautismo»(32).
Por último, la Iglesia sostiene tan firmemente la validez de un sacramento administrado según un rito católico que extiende elprincipio no solamente a los clérigos católicos,sino que incluso lo aplica a los cismáticos.
Así, las ordenaciones y las consagraciones episcopales recibidas de obispos ortodoxos, de obispos viejo-católicos de Holanda, Alemania o Suiza «deben considerarse válidas, a menos que en un caso particular deba reconocerse un defecto esencial» (33).
Lo que antecede refleja ciertamente la sabiduría de la Iglesia. Ella no nos pide que refutemos acusaciones negativas intrincadas:
«Pruébame positivamente que no omitiste lo que se suponía que tenías que hacer para que el sacramento fuera válido». De lo contrario, habría que capacitar a hordas de testigos especialmente calificados para que comprobaran en forma independiente la validez cada vez que un sacerdote confiere un sacramento.
Por lo tanto, es fácil ver porqué un sacramento administrado según un rito católico debe considerarse válido mientras no se demuestre positivamente lo contrario.


C. Validez
Los requisitos para que una consagración episcopal sea válida son, entonces, mínimos.


30) L. FANFANI, Manuale Theorico-practicum Theologiæ Moralis (Roma, Ferrari 1949), 4, 50: «E contra minister qui leviter tantum aut negative tantum, dubitat, de bona administratione alicuius sacramenti, e.g. non recordatur se verba formae pronuntiasse, nil repetere debet, quinimmo peccat si facit: omne enim factum, supponendum est rite factum, nisi positive constet contrarium». El énfasis es mío.
31) P. GASPARRI, Tractatus de Sacra Ordinatione (París, Delhomme 1893), 1, 970: «...tum quia actus, praesertim adeo solemnis qualis est ordinatio, habendus est ut validus, donec invaliditas non evincatur».
32) B. MERKELBACH, Summa Theologiae Moralis (Brujas, Desclée 1962) 3, 165: «Ubi ergo persona omnino seria, etiam mera obstetrix, quae sit fide digna, circumspecta, et in ritu baptizandi instructa, assereret infantem a se rite baptizatum esse, non esset cur de valore Baptismi serio dubitaretur;.....»
33) U. BESTE, Introductio In Codicem (Collegeville MN: St. John’s 1946), 951: «Hinc ordines collati ab episcopis schismaticis ecclesiae orientalis, iansenistis in Batavia (Hollandia), veterum catholicorum in Germania et Helvetia, validi habendi sunt, nisi in casu particulari vitium essentiale admissum fuerit».


Y cuando se emplea un rito católico para este o para cualquier otro sacramento, la práctica
pastoral ordinaria, los canonistas, el derecho eclesiástico y los moralistas no requieren ninguna
prueba adicional para la validez del sacramento, incluso cuando lo administre una partera o un cismático. La validez más bien debe ser refutada.
Cuando volvemos a considerar las consagraciones de Mons. Guérard y de Mons. Carmona, tres hechos clave son absolutamente ciertos:
1) Mons. Thuc era un obispo válidamente consagrado.
2) Mons. Thuc realizó el rito de consagración episcopal para Mons. Guérard el 7 de mayo de 1981 y para Mons. Carmona el 17 de octubre de 1981.
3) Mons. Thuc empleó el rito católico en ambas consagraciones.
Tenemos un obispo válidamente consagrado, que realiza el rito de consagración episcopal y que utilizó el rito católico. No hacen falta más pruebas.
Por consiguiente, estamos obligados a considerar que las consagraciones episcopales que Mons. P.M. Ngo-dinh-Thuc confirió a M.L.
Guérard des Lauriers y a Moisés Carmona Rivera son válidas.




V. OBJECIONES DUDOSAS


Como señaláramos antes, Monseñor Antonio de Castro Mayer admitió la validez de la
consagración de Mons. Guérard, y el Nuncio Apostólico en Estados Unidos, Mons. Pío Laghi,
también lo consideró así, pues al condenar la consagración de Guérard como «ilícita»,
también reconocía que era «valida» (34). Podemos suponer que si se planteara a cualquiera
de los dos prelados una cuestión sobre la consagración de Mons. Carmona, habrían dado
respuestas similares a aquellas.
Aunque eclesiásticos tan distantes teológicamente como el prelado tradicionalista de Campos y el representante oficial de Juan Pablo II en los EE.UU. puedan coincidir al admitir la validez de las consagraciones, algunos sacerdotes católicos tradicionalistas se han mantenido cautelosos al respecto. Algunos de ellos hallaron honestamente ciertas cuestiones que les desconcertantes. Otros
denunciaron agresivamente como «dudosa» la validez de las consagraciones.
Aquí nos ocuparemos del último grupo. Cada una de sus objeciones se ha basado en una de estas dos cosas: A) Una aseveración gratuita que los teólogos definirían como «duda negativa», que como tal no puede utilizarse para impugnar la validez de un sacramento.
B) Un supuesto «requisito» del derecho eclesiástico o de la teología moral que resultó ser un invento de los objetores.


A. Dudas «negativas»
La única manera de decir verdaderamente que un sacramento es dudoso es presentar una duda positiva (o prudente) sobre su validez.
La duda es positiva cuando tiene un fundamento claramente objetivo y firmemente basado en la realidad. En el caso de un sacramento, debe fundarse en pruebas sólidas de que probablemente se omitió un elemento esencial para la validez.
Por lo tanto, para plantear una duda positiva sobre la validez de las consagraciones Thuc debe demostrarse que cuando se realizó la ceremonia hubo, o probablemente hubo, un defecto sustancial en alguno de los siguientes elementos esenciales:
- La imposición de manos.
- La fórmula esencial de 16 palabras.
- La intención mínima del obispo de «hacer lo que hace la Iglesia».




34) P. Laghi [dirigida a E. Berry], Carta del 28 de septiembre de 1988: «En respuesta a su consulta del 23 de septiembre de 1988, la ordenación episcopal de Guérard des Lauriers, si bien es válida, fue gravemente ilícita».


Ahora bien, nadie entre los presentes en las consagraciones de Mons. Thuc afirmó jamás
que hubieran ocurrido alguno de estos defectos.
Al no haber ningún tipo de prueba sobre defecto semejante, los objetores promueven
especulaciones, cavilaciones, conjeturas, teorías personales y -un recurso favorito- cuestiones
retóricas acerca de lo que puede haber o no puede haber, o de lo que posiblemente podría o no podría haber ocurrido durante los «15 segundos esenciales» de la consagración.
Pero la característica principal de tales objeciones es que son subjetivas, i.e., que no se sustentan en un conocimiento de lo que ocurrió durante el rito, sino de la falta de conocimiento personal en el objetor de lo que ocurrió.
Estas objeciones son lo que los teólogos moralistas denominan dudas negativas (o imprudentes).
Y las dudas negativas no hacen que un sacramento se vuelva «dudoso».
Nos limitaremos a algunas de las dudas negativas más repetidas:
1ª Objeción: ¿Qué pasaría si se hubiera omitido un elemento esencial y no lo sabemos? ¿No
sería terrible? ¿No debemos acaso querer estar bien seguros? ¿No es prudente desear saber?
¿No es prudente dudar? ¿No necesitamos mayores pruebas? etc.
Tenemos aquí toda una manada de dudas negativas atronando a todo galope. Observen cómo funciona el procedimiento: Montonesde dudas. Montones y montones de rastros oscuros. Pero ningún hecho pertinente y verificable.Y ningún principio tomado del derecho canónico o la teología moral.
La respuesta es simple: Los canonistas católicos,los teólogos moralistas y los Papas nos han dicho qué es lo que da la certeza moral de la validez de un sacramento. Estas son las reglas que debemos seguir. Si nos ponemos a inventar nuestra propia religión cuando queramos podemos exigir más y más.
2ª Objeción: Me pregunto si Mons. Thuc «quiso hacer lo que hace la Iglesia», así que las consagraciones deben considerarse dudosas.
- Un sacerdote o un obispo que confiere un sacramento no tiene que «probar» que quiere hacer lo que hace la Iglesia. Se presume automáticamente que tiene la intención implícita en el rito. Esta es doctrina teológica cierta enseñada por la Iglesia. Y negarla es «teológicamente erróneo» (35). León XIII confirmó específicamente el principio con respecto a las Órdenes Sagradas cuando dijo que alguien que aplica seria y correctamente la materia y la forma, «debe juzgarse por esa misma razón que tuvo la intención de hacer lo que hace la Iglesia» (36).
Antes citamos la declaración del canonista Gasparri afirmando que una ordenación debe considerarse válida mientras no se demuestre su invalidez. También dice que nunca debe presumirse que un obispo que confiere Órdenes Sagradas no tiene la intención de ordenar a alguien, mientras no se demuestre lo contrario. Porque no debe presumirse que alguien es malo -agrega- a menos que se pruebe que lo es (37).


35) B. LEEMING, Principles of Sacramental Theology (Westminster md: Newman 1956), 482: «Este principio se afirma como doctrina teológicamente cierta enseñada por la Iglesia, negarla sería teológicamente erróneo... se presume que el ministro tiene la intención implícita en el rito...». Énfasis del autor.
36) Bula Apostolicae Curae, del 13 de septiembre de 1896: «Iamvero quum quis ad sacramentum conficiendum et
conferendum materiam formamque debitam serio ac rite adhibuit, eo ipso censetur id nimirum facere intendisse quod facit Ecclesia».


Por lo tanto, es inadmisible atacar la intención ministerial de Mons. Thuc.
- Además, el solo intento de hacerlo, deja traslucir un aguerrido espíritu de presunción.
La investigación y prueba en casos en los que se impugnan ordenaciones por falta de intención,
era tarea de un tribunal del Vaticano llamado Santo Oficio. Entonces, el Papa mismo confirmaba específicamente la decisión del tribunal.
Un clero tradicionalista «flotante» no tiene, por lo tanto, ni el derecho ni la autoridad de atacar la intención ministerial de un arzobispo católico válidamente consagrado. La sola idea es una necedad.
3ª Objeción: Creo que Mons. Thuc estaba demente o senil, de modo que las consagraciones
deben considerarse dudosas.
Esta es una variante de la 2ª Objeción, ya que ataca la intención ministerial de Mons.
Thuc. Como ya mencionamos, esto es igualmente inadmisible.
Rogamos a los objetores que se den cuenta que, del mismo modo, no han presentado
ningún testigo o documento que apoye el cargo de que Mons. Thuc estaba «demente» o «senil» cuando realizó las consagraciones. Ellos suponen que por el simple hecho de plantear esta cuestión, ella tendría un fundamento real:
Pruebe que él no estaba demente o senil. Es como decir: Pruebe que usted no le pega a su mujer.
- El «nivel» mínimo de intención requerido para conferir un sacramento válidamente es la intención virtual. No podemos extendernos aquí en la exposición de este concepto técnico. Todo lo que necesitamos saber es que la intención virtual garantiza la validez de un sacramento, incluso si el sacerdote o el obispo están interiormente distraídos antes o durante todo el rito sacramental.
La intención virtual, dice el teólogo Coronata, «ciertamente está presente en alguien que realiza habitualmente acciones sacramentales» (38). El solo hecho de revestirse con los ornamentos e ir al altar se considera prueba suficiente de intención virtual.


Mons. Thuc celebró la Misa tradicional regularmente antes y después de las consagraciones,y muy devotamente, dijo uno de mis amigos laicos que una vez dio testimonio de que así lo hacía. Es ridículo pretender que cuando se revestía y celebraba consagraciones episcopales de tres horas de duración, Mons.Thuc repentinamente no podía siquiera lograr el mínimo de intención virtual.
- Por otra parte, quienes lo conocieron realmente descartan esas acusaciones. El Dr. Eberhard Heller, que estuvo presente en las dos consagraciones, atestiguó bajo juramento que Mons. Thuc «confirió las consagraciones en completa posesión de sus facultades mentales» (39). Mons.Guérard declaró asimismo que Mons. Thuc era de «buen juicio», estaba «perfectamente lúcido» (40), y que «tenía la intención de hacer lo que hace la Iglesia» (41). El R.P. Thomas Fouhy, un sacerdote tradicionalista de Nueva Zelanda que pasó dos días con Mons. Thuc en 1983, en Toulon, Francia, relata que el arzobispo «no tenía un pelo de tonto» y que discutió con competencia distintas cuestiones teológicas y canónicas.


37) Tractatus de Sacra Ordinatione, 1, 970: «Proinde numquam praesumitur ministrum talem intentionem non ordinandi habuisse in ordinatione peragenda, donec contrarium non probetur; tum quia nemo praesumitur malus, nisi probetur...».
Énfasis del autor. Los principios anteriores igualmente rebaten los argumentos de quienes creen que el consagrante de Lefebvre, Liénart, era masón (una acusación engañosa) y entonces que las ordenaciones de Lefebvre son «dudosas».
38) M. CONTE A CORONATA, De Sacramentis: Tractatus Canonicus (Turín, Marietti 1943) 1, 56: «Virtualis enim intentio, ut iam vidimus, est intentio ipsa actualis quae cum distractione operatur. Talis intentio certe habetur in eo qui de more ponit actiones sacramentales».
39) «Eidesstattliche Erklärung...,» loc. cit., «Mgr. Ngo-dinh-Thuc spendete die Weihen im Vollbesitz seiner geistigen
Kräfte».
40) Collins, Notas sobre la entrevista a Guérard.
41) Sodalitium nº 4 (mayo, 1987), pág. 24: «Atteso che... Mons. Thuc ed io avevamo l’intenzione di fare ciò che fa
la Chiesa».


Incluso obsequió al Padre Fouhy con detalles de su viaje a Nueva Zelanda en 1963. El Padre Fouhy agregó que no quedaba ninguna duda de que Mons. Thuc era competente (42).
Así también, incluso los enemigos que tenía el arzobispo dentro del movimiento tradicionalista.
Los RR.PP. Noel Barbara y Gustave Dalmasure visitaron a Mons. Thuc por separado en enero de 1982. Ambos se oponían a las consagraciones y todavía son críticos de Mons. Thuc, pero ambos también atestiguan que estaba en perfecta posesión de sus facultades.
El Padre Barbara dice que la validez de las consagraciones está fuera de toda duda. Él cree que la Iglesia Conciliar fue la que inició el rumor contra el discernimiento de Mons. Thuc (43).
- He recibido fotocopias de cuatro documentos escritos por Mons. Thuc, de puño y letra. Todos ellos fueron escritos después de las consagraciones. Su caligrafía es clara, firme y más legible que la mía. Los documentos son indudablemente la obra de un hombre coherente, cuya capacidad para conferir sacramentos válidos es inatacable.


Uno de los documentos es una carta del 30 de julio de 1982 a Mons. Guérard para enviarle cierta correspondencia. Dos son declaraciones; una de ellas, de que rompe relaciones con el grupo del Palmar de Troya (44); en la otra, declara su posición sobre la vacancia
de la Santa Sede (45).
El último documento es una carta de 1982 (en latín) en respuesta a una pregunta de Mons.Guérard. Varios meses después de su consagración,
Mons. Guérard escuchó que Mons.Thuc había concelebrado previamente una vez el Novus Ordo, el Jueves Santo de 1981, con el obispo de Toulon. El arzobispo admite que era verdad, pero cierra con esta conmovedora frase: «Tengo la esperanza de que Dios no me juzgue con tal crueldad, pues erré de buena fe» (46).
Es indudable que un hombre que puede escribir semejante declaración es totalmente dueño de su mente.
- Por consiguiente, extraemos la conclusión correcta: La enseñanza católica prohíbe atacar la intención sacramental de Mons. Thuc y, a la luz de las declaraciones del arzobispo y de quienes lo conocieron, los principios de la moral católica dictaminan que se deje de repetir la calumnia infundada de que él era incapaz de conferir un sacramento válido.
B. «Requisitos» inexistentes Muchas veces mientras realizábamos nuestra investigación, quienes objetaban las consagraciones Thuc nos decían al Padre Sanborn y a mi que «la Iglesia exige» esto o aquello para considerar válida una consagración episcopal,que en las consagraciones no se hallaba el
requisito y que entonces eran «dudosas».La mayoría de estas objeciones estaba de algún modo ligada al hecho de que, además de Mons. Thuc y los futuros obispos, solo estaban presentes dos laicos en las ceremonias.
Casualmente, descubríamos en cada caso que el supuesto «requisito» no provenía de la Iglesia sino únicamente de los objetores. Citamos aquí ejemplos:
1ª Objeción: Si no existe un certificado firmado, la consagración episcopal es dudosa.
- No existe ninguna ley eclesiástica que diga que no emitir un certificado vuelve dudosa automáticamente una consagración episcopal


42) Conferencia, Cincinnati, 13 de diciembre de 1991.
43) JOSEPH COLLINS, Notas sobre la entrevista a Noël Barbara, noviembre de 1989.
44) Declaración del 19 de diciembre de 1981, reimpresa en Einsicht (marzo de 1982).
45) Declaración del 25 de febrero de 1982. El texto fue transcripto y reimpreso en Einsicht (marzo de 1982).
46) Thuc a Guérard, carta no fechada [a comienzos de 1982]: «Excellentissime Domine: Recepi litteras tuas tantum his diebus, quia non sum in urbe Toulon jam ab uno mense. In illa epistola, voluisti cognoscere utrum concelebravi, anno praeterito, in die quinta Sanctae hebdomadae cum Episcopo hujus diocesis. Utique, cum illo Episcopo celebravi, quia illa die non potui celebravi in meo domo secundum legem Ecclesiae. Tu dixisti quod ego commisi peccatum, quia secundum te, Missa illius episcopi erat invalida. Spero quod Deus non me judicavit ita crudeliter, quia erravi in bona fide. † P.M. Ngo-dinh-Thuc».




La certeza moral sobre el hecho de que un sacramento tuvo lugar es todo lo que se requiere para considerarlo válido (véase más arriba II.A, C).
- De todos modos, es el registro diocesano de ordenaciones, y no el certificado del obispo
consagrante, el acta oficial de una consagración episcopal.
2ª Objeción: Las consagraciones fueron un hecho «secreto», más que un hecho «notorio».
La responsabilidad de probar un hecho secreto corresponde a quienes lo sostienen, y dado que
no se han presentado pruebas, las consagraciones son dudosas.
Esta objeción es puro cuento chino.
- El derecho eclesiástico no dice en ninguna parte que una consagración episcopal realizada
con solo dos laicos presentes es un hecho «secreto», o que tal consagración sea dudosa.
Esta norma la inventaron los objetores.
- De todos modos, para el derecho eclesiástico son suficientes dos testigos para que
un acto se convierta legalmente en «público».
El Matrimonio, por su propia naturaleza, por ejemplo, siempre se considera un sacramento
público. Pero puede ser contraído a puertas cerradas (para no escandalizar, por ejemplo),
frente a dos testigos. La presencia de los cuales lo convierte legalmente en «público»,
aunque el hecho de que el sacramento tuvo lugar no se difunda por aquí y por allá.
- Las referencias sobre actos «secretos» y «notorios» se toman de las normas de evidencia
que el derecho canónico aplica solamente cuando dos partes adversarias litigan, al estilo
«Perry Mason», ante un juez eclesiástico en un juicio eclesiástico.
Obviamente, el tribunal no está sesionando. Y no estará sesionando hasta que la jerarquía
de la Iglesia sea restaurada. Mientras tanto,el poder judicial para dictaminar sobre la evidencia no ha pasado, por defecto, a los objetores.
E incluso si el tribunal estuviera sesionando,los objetores serían arrojados fuera del recinto del juzgado, pues según el derecho canónico solo tres clases de personas pueden cuestionar la validez de una ordenación o consagración (47). Ninguna otra persona -dice elcanonista Cappello- tiene derecho a formular acusaciones (48).
3ª Objeción: Una consagración episcopal sin «testigos calificados» es dudosa.
- No existe ninguna ley eclesiástica que prescriba que los testigos -sean calificados o no- deben estar presentes en una consagración episcopal, y menos todavía que una consagración es dudosa sin ellos. Nuevamente, los objetores inventaron un requisito de la nada.
4ª Objeción: Sin la presencia de al menos dos sacerdotes para atestiguar que una consagración
episcopal se realizó válidamente, la consagración es dudosa.
Este «requisito» no existe, y lo contradicen directamente las actas autorizadas por la Santa Sede.
- La función de los sacerdotes asistentes no es -como parecen creer los objetores- atestiguar
la validez de una consagración. El Papa Benedicto XIV dice claramente que la razón de los sacerdotes asistentes es la de agregar solemnidad al acto litúrgico y llevar a cabo las
prescripciones de los ritos (49).
- En los países de misión, las consagraciones episcopales a menudo se efectuaban sin sacerdotes
asistentes (50). La práctica fue sancionada


47) El que recibe el sacramento, su ordinario diocesano y el ordinario de la diócesis donde se confirió el sacramento. Véase el Canon 1994, 1: «Validitatem sacrae ordinationis accusare valet clericus peraeque ac Ordinarius cui clericus subsit vel in cuius diocesi ordinatus sit».
48) Véase Cappello 4, 683: «Aliae personae extraneae procul dubio jure accusandi carent».
49) De Synodo Diocesana 13, 13, 7: «Et utroque casu aliquid desideratur, quod ad ejusdem actus solemnitatem, et
praescriptorum rituum observantiam pertinet; quandoquidem in prima facti specie deest duorum Antistitum praesentia a sacris canonibus statuta; in altera vero desideratur praesentia duorum Sacerdotum, quos Pontifex adhibendos voluit».
50) Z. ZITELLI, Apparatus Juris Ecclesiastici (Roma, 1888), 23: «Siquando necessitas postulet vel impossibilitas adsit tres habendi Episcopos, Romani Pontificis erit indulgere ut consecratio ab uno fiat Episcopo cum assistentia duorum Sacerdotum, qui in dignitate ecclesiastica constituti sint, vel etiam a solo Episcopo absque ulla assistentia, ut saepe usuvenit in locis sacrarum missionum».


por los Papas Alejandro VII (51), Clemente X (52) y Pío VI (53). De hecho, el breve de Pío VI
estaba dirigido a los obispos de lo que era entonces llamado Tonkin y Cochinchina, la parte de Vietnam donde estaba ubicada la diócesis de Mons. Thuc.
- La Iglesia no solamente permite que se realicen consagraciones episcopales sin dos sacerdotes asistentes, sino que en algunos casos específicamente lo ha ordenado así. En un caso, Roma ordenó que una consagración episcopal no solamente se efectuara en secreto y sin asistentes, sino incluso bajo sigilo sacramental(54).
En un caso más reciente, el Papa Pío XI ordenó en 1926 que el Nuncio Apostólico de Alemania efectuara una consagración episcopal secreta sin que hubiera nadie presente. El Nuncio era el Cardenal Eugenio Pacelli, más tarde, por supuesto, el Papa Pío XII. Pacelli solicitó a Roma que se permitiera la presencia de al menos un sacerdote. Por favor, tómese en cuenta que no fue para servir de «testigo», sino que simplemente así el Cardenal podría tener alguien que sostuviera el Misal sobre los hombros del nuevo obispo, como está prescripto efectuar mientras se recita el
Prefacio (55).
- Pío XI envió al obispo que Pacelli había consagrado, Mons. d’Herbigny, a Rusia, para que consagrase obispos en secreto. Realizó la primera de estas consagraciones el 21 de abril de 1926 para un cierto Padre Neveu. La consagración tuvo lugar sin sacerdotes asistentes y con la presencia de dos laicos; circunstancias idénticas a las de las consagraciones Thuc. Mons. d’Herbigny no expidió ningún certificado (56).
Obviamente, la Iglesia no permitiría -y menos aún ordenaría- que un obispo realizase una
consagración episcopal sin sacerdotes asistentes, si esta fuera «dudosa». Por consiguiente,
es imposible sostener que las consagraciones Thuc son «dudosas» fundándose en semejante
cosa.
5ª Objeción: Sin dispensa papal, una consagración episcopal realizada sin dos sacerdotes asistentes es dudosa.
- Una vez más, ninguna ley ni canonista sustenta esta afirmación.
- Las enseñanzas de los canonistas contradicen esto directamente. Bouix dice llanamente:
«Incluso si hubiera una consagración sin ningún asistente y sin una dispensa pontificia, aún sería válida» (57). Regatillo, escribiendo en un trabajo del año 1953, va incluso más allá.
Dice que una consagración realizada sin una dispensa sería válida incluso si el obispo «es la única persona presente en la consagración» (58).


51) S. MANY, Praelectiones de Sacra Ordinatione (París, Letouzey 1905), 519: «Alexander VII, brevi Onerosa, 4 Feb. 1664, concessit ut aliqua episcopalis ordinatio, apud Sinas, fieret ab uno tantum episcopo, cum assistentia duorum presbyterorum, et etiam, si opus esset, sine illorum assistentia».
52) Breve Decet Romanum, del 23 de diciembre de 1673, 3. El Pontífice confirmaba específicamente los privilegios
concedidos por Alejandro VII, entre ellos, realizar la «...munus consecrationis cum assistentia aliorum duorum presbyterorum, etiamsi non essent episcopi, nec in ecclesiastica dignitate constituti, si adessent, sin minus, etiam sine illorum assistentia...».
53) Breve Exigit Pastoralis, del 22 de julio de 1798: «...munus consecrationis cum adsistentia aliorum duorum presbyterorum, etiamsi non sint Episcopi, nec in ecclesiastica dignitate constituti, si adfuerint, sin minus etiam sine illorum assistentia...».
54) J. MCHUGH, The Casuist (New York, Wagner 1917), 5, 24l.
55) P. LESOURDE, Le Jésuite Clandestine: Mgr. Michel d’Herbigny (París, Lethielleux), 70. En la relación sobre su consagración en secreto, Mons. d’Herbigny escribe: «Le Nonce expliqua que Rome lui avait d’abord prescrit d’être seul avec le Père d’Herbigny. Il avait fait valoir que, sans la présence d’au moins un assistant, la céremonie lui semblait irréalisable, ne serait-ce que pour maintenir le Missel sur les épaules du consacré».
56) Véase Lesourde, 76ff.
57) D. BOUIX, Tractatus de Episcopo (París, Ruffet 1873), 1, 243: «Sed etiamsi fiat consecratio absque ullis assistentibus, et absque obtenta Pontificia dispensatione, adhuc valida erit».
58) E. REGATILLO, Interpretatio et Jurisprudentia Codicis J.C. (Santander, Sal Terrae 1953), 465: «Unus episcopus sufficit ad validitatem consecrationis, dummodo ritum essentialem cum debita intentione ponat. Idque etsi sine pontificia dispensatione unicus sit qui consecrationi intersit». El énfasis es mío.
- Los Papas Alejandro VII (59), Clemente XI y Benedicto XIV declararon que las consagraciones
realizadas sin tal dispensa son válidas(60).


CONCLUSIONES
Los católicos tradicionalistas, acostumbrados desde hace mucho a las controversias donde la virtud o la malicia de las personas u organizaciones ocupa el lugar central, pueden hallar todo lo que antecede seco y blando.
No perdimos tiempo en discutir sobre las cualidades personales de las partes involucradas,
si Thuc, Guérard o Carmona eran o no virtuosos, sabios, prudentes, lógicos, coherentes o teológicamente perspicaces.
Tales discusiones no tienen asidero de ninguna manera sobre el tema de si un sacramento
es válido o no. Conciernen a lo que los teólogos llaman probidad del ministro. Y es una verdad de Fe Católica que la válida administración de un sacramento no depende de la probidad del sacerdote o del obispo (61).
Por consiguiente, la cuestión de si las consagraciones Thuc eran válidas hierve hasta quedar unos principios secos y un puñado de hechos:
1) Todo lo que se requiere para realizar una consagración episcopal válidamente es la imposición de manos, la fórmula de 16 palabras y la intención mínima de «hacer lo que hace la Iglesia».
2) Una vez establecido el hecho de que un obispo válidamente consagrado realizó una consagración episcopal siguiendo un rito católico, los elementos esenciales se dan por descontados.
La validez de la consagración no requiere pruebas adicionales, sino que más bien solo puede ser refutada y el peso de la prueba corresponde al acusador. Esto es evidente por
la práctica pastoral ordinaria, los canonistas, el derecho canónico y la teología moral. El principio
se extiende incluso a las consagraciones episcopales efectuadas por cismáticos.
3) Existen tres hechos esenciales que están fuera de toda discusión:
a) Mons. Thuc era un obispo válidamente consagrado.
b) Él realizó el rito de consagración episcopal para Mons. Guérard el 7 de mayo de 1981 y para Mons. Carmona el 17 de octubre de 1981.
c) Mons. Thuc utilizó un rito católico en ambas consagraciones.
Tenemos un obispo válidamente consagrado, que realizó consagraciones episcopales
y que empleó un rito católico. En consecuencia, estamos obligados a considerar que las consagraciones episcopales que Mons. P.M. Ngodinh- Thuc confirió a M.L. Guérard des Lauriers
y a Moisés Carmona Rivera son válidas


[**].


Puesto que estas consagraciones fueron válidas, estamos del mismo modo obligados a considerar a los obispos Thuc de los EE.UU.como obispos válidamente consagrados, que poseen el poder sacramental para confirmar, ordenar y consagrar obispos.








7 de diciembre de 1991
(Sacerdotium nº 3, primavera 1992).
St. Gertrude the Great
Roman Catholic Church
4900 Rialto Road
West Chester, Ohio 45069
513.645.4212
www.sgg.org
www.traditionalmass.org


59) Breve Alias, del 27 de febrero de 1660: «Quantum spectat ad sacramentum et impressionem characteris fuisse validam».
60) De Synodo Diocesana 13, 13, 9-10: «...consecrationem hujusmodi validam, licet illicitam, esse censuerunt... ratam firmamque, sed illicitam Consecrationem pronuntiavit». El énfasis es de Benedicto, citando el decreto de Clemente del 26 de noviembre de 1718.
61) Cappello, 1, 36: «In ministro non requiritur nec status gratiae, nec vitae probitas, imo nec ipsa fides, ad validam
sacramentorum confectionem vel administrationem. Haec est veritas catholica de fide». Énfasis del autor.
[**] Nos ha parecido conveniente agregar aquí las notas 90 y 91 de un trabajo del Padre Francesco Ricossa del año 2003(Sodalitium nº 56, edición italiana; nº 55, edición francesa) en respuesta a objeciones que planteara la Fraternidad San Pío X el mismo año (La Tradizione Cattolica -TC- nº 52) en un «Dossier sobre el Sedevacantismo» (n.d.r.):
Nota 90: «Aunque me salga del tema, me parece oportuno responder de alguna manera, al menos en una nota, a cuanto escribe la TC a propósito de las consagraciones sin mandato romano realizadas por Mons. Thuc. La TC publica en páginas 40-45 una lista no exhaustiva de las consagraciones que tienen origen (en ocasiones bien lejano) en Mons. Thuc, lista que incluye casi 43 mencionados, atribuyendo a Mons. Thuc la consagración directa de 10 obispos. Creo, al respecto, que las consagraciones atribuibles a Mons. Thuc corresponden solo a tres actos efectuados por él: la consagración del 12 de enero de 1976 en el Palmar de Troya (5 obispos), la de Toulon del 7 de mayo de 1981 (Mons. Guérard des Lauriers), y la de Toulon del 17 de octubre de 1981 (Monss. Zamora y Carmona). En cambio,
hay que excluir las supuestas y para nada demostradas de
Laborie y de Datassen (no obstante, aviesamente señalado por la TC en la pág. 47, como jefe de la Unión de las Petites Eglises); Mons. Thuc jamás habría reconocido oficialmente dichas consagraciones, las que, en todo caso, habrían sido solamente consagraciones «sub conditione» de personas ya consagradas, y por lo tanto, que no han recibido verdaderamente el episcopado de él. Si así son las cosas, de la lista publicada por la TC hay que quitar 21 «obispos» que en realidad nunca tuvieron nada que ver con Mons. Thuc.
Ulteriormente, hay que quitar los cinco obispos del Palmar con su dudosa descendencia, ya que nada tienen que ver
con el sedevacantismo: en el Palmar, como en Ecône, se creía en la legitimidad de Pablo VI (y quien convenció a
Mons. Thuc de trasladarse al Palmar fue un profesor de Ecône, el canónigo Rivaz). Las consagraciones de Guérard
des Lauriers, Zamora y Carmona, en cambio, se efectuaron fundadas en la vacancia (por lo menos formal) de la Sede
Apostólica, como se declaró públicamente en 1982, y como lo entendieron perfectamente Juan Pablo II y el card.
Ratzinger, uniendo en actos oficiales dichas consagraciones y la declaración sobre la Sede vacante».


Nota 91: «Sodalitium no niega los defectos de Mons.Thuc y en parte puede compartir el juicio sostenido acerca de él por la TC. No obstante, recordamos a quienes nos refutan la palabra evangélica sobre la paja y la viga. La TC reprocha a Mons. Thuc, entre otras cosas: a) las consagraciones del Palmar de Troya; b) la consagración de dos «viejo-católicos»; c) el hecho de que entre los descendientes de dichos obispos haya incluso gnósticos; d) «la variabilidad de las posturas de Thuc»; e) la «heterogeneidad de los consagrados»; f) las dudas de algunos sobre la validez de sus consagraciones.
Respondemos: medice, cura te ipsum (médico, cúratea ti mismo). Examinemos brevemente los puntos señalados:
A) La consagración episcopal en el Palmar de Troya(con el rito tradicional y para la Misa tradicional) acontece,
por ejemplo, en un contexto «aparicionista», que no puede sino desacreditar la persona de Mons. Thuc: ¿cómo es posible que haya creído en falsos videntes? Sin embargo, esto también le pasó a Mons. Lefebvre, e incluso a Mons. de Castro Mayer. No quiero ciertamente negar la fe y la seriedad de estos dos magníficos prelados, pero también ellos han tenido sus debilidades. Mons. de Castro Mayer, por ejemplo, siguió por muchísimos años al Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, fundador de la T.F.P., hombre de vasta cultura y una profunda preparación doctrinal, pero también idolatrado «gurú» de sus seguidores, en un clima de verdadera «secta», como el mismo prelado más tarde denunció. Mons.Lefebvre, si bien escéptico respecto de las «apariciones», no dejó de confiar en los videntes, incluso para decisiones importantísimas; sobre la influencia de Claire Ferchaud, Marthe Robin y de las «apariciones» de San Damiano, escribe incluso su biógrafo Tissier (B. Tissier de Mallerais, Marcel  Lefebvre, une vie, Clovis, Etampes 2002, págs. 455, 433, 479).
El grupo de los valesanos propietarios de Ecône, sumamente fieles, seguía las apariciones de San Damiano y a la vidente de Friburgo, Eliane Gaille (recientemente, el distrito italiano percibía entre otros, los fondos provenientes de San Damiano). En Italia, la TC y el autor del artículo deberían estar perfectamente enterados de cuanto ocurre con Rímini, donde el priorato de la Fraternidad fue fundado en arreglo con los fieles de la «Mamma Elvira», una falsa vidente a la que, no obstante, Mons. Lefebvre le concedió pleno apoyo.
En este caso, ¿podría afirmarse que el bien llevado a cabo por el priorato de Rímini (incluidas varias vocaciones sacerdotales), no puede venir de Dios porque la mamma Elvira no era una «Mujer de la Providencia»? El aparicionismo en la Fraternidad no pertenece solo a los orígenes: Mons. Fellay, superior general de la Fraternidad San Pío X, ha reconocido en la obra de una vidente, una tal Germaine Rossinière (pseudónimo), «un don del Cielo» y «un tesoro de gracia», que ha presentado oficialmente en el boletín interno de la Fraternidad, Cor Unum (suplemento del nº 60, de junio de 1998). Son algunos de los ejemplos, entre los muchos que
podrían citarse…

B) Se acusa a Mons. Thuc de contactos con los «viejocatólicos»; yo mismo he visto en Ecône a un obispo «viejocatólico


» reaceptado en la Iglesia por Mons. Lefebvre (como a su vez hiciera Mons. Thuc); a un sacerdote y religioso 

que había abandonado el ministerio (a causa de la Action Française), que estaba casado y se había vuelto sacerdote 
griego cismático, para volver al estado laical, que enseñó en 
Ecône, etc.

C) Mons. Thuc no es ciertamente responsable de las consagraciones de algunos guenonianos, que han recibido
el episcopado (?) de los obispos (?) que pretenden haber recibido el episcopado de él. Mons. Lefebvre, en cambio, es
ciertamente responsable de la ordenación de más de un sacerdote guenoniano (por lo tanto, gnóstico), ordenados
directamente por él, después de haber sido puesto en guardia, antes de la ordenación, precisamente sobre el hecho.
Estoy convencido de que Mons. Lefebvre nunca tuvo nada que ver con estas doctrinas, pero ciertamente fue imprudente con estas ordenaciones.

D) En cuanto a la «variabilidad de las posturas de Thuc (oscilantes entre el sedevacantismo y la reconciliación con el
Vaticano)» (TC, pág. 47), se pasan por alto las de Mons. Lefebvre entre un posible sedevacantismo, el tradicionalismo y la reconciliación con el Vaticano: hasta el punto que firmó y 

se retractó del protocolo de acuerdo.

E) Pasemos a la «heterogeneidad de los consagrados» (TC, pág. 47). Mons. Lefebvre ordenó magníficos sacerdotes,
pero desdichadamente también sacerdotes escandalosos; estando al tanto en algunos casos, desgraciadamente, de defectos morales decisivos como para no ordenar a semejantes candidatos. No se podía prever, en cambio, el triste caso de 
un sacerdote que primero atentó contra la vida de Juan Pablo 
II y después abandonó el sacerdocio (para otros detalles 
tristes, véase su autobiografía). Si este pobre sacerdote hubiera 
sido ordenado por Mons. Thuc, ¿qué no habrían escrito 
(o todavía peor, dicho) los sacerdotes de la Fraternidad?
¿No habría constituido la prueba de la insania de Mons.Thuc? Desdichadamente, el Obispo que ordenó a ese pobredesgraciado fue Mons. Lefebvre (y no le hago un cargo porque no podía prever el futuro).
F) En fin, la TC insinúa la duda acerca de la salud  mental de Mons. Thuc y sobre la validez de sus consagraciones.
La «duda fundada» (pág. 47) se basa en las oscilaciones de Mons. Thuc, en la «heterogeneidad» de sus consagraciones,en dudas presentadas por terceras personas… 



Hemos visto que las mismas acusaciones (si bien, en forma distinta)podrían haberse promovido también contra Mons. Lefebvre, y de hecho hay quien ha negado la validez de sus ordenaciones 
y consagraciones. Desde Sodalitium he negado rotundamente esta tesis insostenible. La TC debería negar del mismo modo la tesis insostenible que pretende dudar de la validez de las consagraciones y ordenaciones de Mons. Thuc, al menos por coherencia con lo que la propia Fraternidad ha hecho al aceptar la validez del sacerdocio del abbé Schaeffer, ordenado por Mons. Thuc en 1981. Cuando se trata de tener un sacerdote más, las órdenes de Mons. Thuc son válidas; cuando se trata de disuadir a los fieles de recibir la confirmación de parte de un Obispo que ha recibido el episcopado de 
Mons. Thuc, entonces esas órdenes son inválidas o dudosas…


¿Dónde está la coherencia y la buena fe?
Para terminar. No pretendo ciertamente ser mejor que los demás ni que nuestro Instituto esté inmune de culpas o reproches. Ni siquiera pretendo hacer un parangón entre 
Mons. Lefebvre y Mons. Thuc; es evidente el rol preponderante, la mayor importancia del prelado francés. Sin embargo, 
la Fraternidad no puede sacar a relucir solo lo que honra 
a su fundador y esconder sistemáticamente cuanto puede ser 
de menor dignidad y que podría perjudicar su figura de 
«Hombre de la Providencia». Invitamos a la TC a una mayor 
sinceridad, o bien a renunciar a fundar sus argumentaciones 
sobre la presunta santidad de sus miembros y la presunta o 
cierta indignidad de sus adversarios».



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